Editorial

Y se viene el Presupuesto

El Frente Amplio siempre hizo un culto de la unidad, era consciente de que allí estaba su gran fuerza. Podrían existir problemas, enfoques distintos y opuestos entre los numerosos sectores que lo componen, discrepancias personales, luchas por perfilismos, aspiraciones postergadas, cualquier cosa que separe al ser humano, pero todo ello se escondía bajo la alfombra a la hora de actuar en público. 

La bandera de la unidad postergaba al resto y se conducían conforme a ella. Aunque hubiera que tragarse algún sapo.

Así llegaron al gobierno y se han mantenido por tres períodos consecutivos, con el agregado de las mayorías parlamentarias que han funcionado con escasas fisuras bajo la sagrada premisa unitaria. Pero el poder desgasta y lo que parecía monolítico, da la impresión de que empezó a resquebrajarse. Adentro del FA hay dos corrientes claramente definidas, que se tienen muy poco cariño y casi ni se preocupan ya de ocultar esa antipatía. Más allá de pensamientos diferentes en diversos temas, el choque viene de la mano de las principales figuras que han sido factor de los triunfos hasta el momento, como integrantes de una generación que difícilmente lograrán repetir.

El presidente Vázquez y su actual ministro de Economía, Danilo Astori por un lado; el expresidente José Mujica y su poderosa bancada de legisladores por el otro. Los primeros representan a una izquierda culta, "con chapa", que cree en la planificación, piensan y luego actúan bajo un pensamiento de ademán socialdemócrata. La segunda es una izquierda con veta populista, donde la improvisación es reina y se maneja a base de consignas sobre un mundo que ya no existe ni es opción, que apuesta a la confrontación (aún cree en la lucha de clases), que actúa y después piensa o decora lo que dijo o hizo.

La primera señal de ruptura fue cuando Vázquez, electo candidato a la Presidencia, designó rápidamente como compañero de fórmula a Raúl Sendic, postergando las aspiraciones vicepresidenciales de Lucía Topolansky. La victoria electoral no borró el pasado ni retempló el ánimo unitario. La sed de revancha fue más fuerte.

Este gobierno en disputa es muy grave para el país, impone un camino —o una sensación, que es aún peor— de incertidumbres donde no está claro si el Presidente podrá mandar, porque la bancada de legisladores puede hacer otra cosa, incluso no acompañar en nada o cotizar su voto como elemento de intercambio. Los choques han sido permanentes y han alcanzado no solo el ámbito nacional, sino incluso las conducciones departamentales.

Allí esta Montevideo, donde el intendente socialista electo Daniel Martínez ha prescindido del mujiquismo en su gabinete, pero necesitará sus votos en la Junta departamental. Y la respuesta de Canelones, donde el mujiquista Yamandú Orsi designó su gabinete sin incluir a ningún socialista. Se estima que Martínez cobró una vieja deuda al MPP por el veto a su candidatura en las elecciones pasadas que llevaron a Ana Olivera como intendenta. Y lo de Orsi fue una respuesta, que se supone sugerida, aunque amenace también su mayoría en la Junta.

El problema mayor es que las hostilidades surgieron apenas asumió Vázquez en prácticamente todos los temas que fueron planteados por el Poder Ejecutivo. El Presidente vio perder a muchas de sus iniciativas y solo algunas salieron ilesas. Pero aún no ha comenzado la gran batalla, que será nada más y nada menos, que cuando el gobierno eleve su proyecto de Presupuesto Nacional para los cinco años de su mandato, y las asignaciones de recursos y todo el andamiaje político y económico que se proyecta deba pasar por el cernidor de Mujica, Topolansky y sus legisladores. Ya no se tratará del Fondes, ni del Plan para la Granja, ni de las Zonas Francas, ni del Antel Arena, ni de la marihuana, ni de la política exterior. Será la ley madre, la que permite a un gobierno gobernar y la que proyecta cómo será el país en los próximos cinco años.

Vázquez ha intentado reforzar su posición con nuevos viejos aliados. Así fue a visitar al Pit-Cnt, el gran elemento de movilización y presión a la hora del Presupuesto. Pero, como Presidente, está en desventaja: solo puede ofrecer lo que tiene y la generosidad con los recursos públicos no parece que pueda ser empleada. Sí en cambio agitada por otros, que no tienen la obligación de cautela que el cargo impone y muchos menos su responsabilidad. Y esos son sus compañeros de Partido: el MPP y su camarada el PCU que hoy parecen alineados en la vereda de enfrente y, si la situación de tirantez se mantiene, dispuestos a hacerle la vida lo más difícil que puedan.

En la duda, el Presidente debería ir pensando en un Plan B, por lo menos para la hora del Presupuesto.

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