EDITORIAL

Venezuela, la izquierda y la historia

Cuando se repasa la historia, resulta evidente que a nuestra izquierda siempre le gustaron los hombres fuertes y los regímenes enemigos de la libertad.

Cuando murió José Stalin, en marzo de 1953, el Partido Comunista Uruguayo lo homenajeó llamándolo "abanderado de la paz y de la independencia de los pueblos, gran estratega que salvara al mundo de la amenaza fascista, sabio maestro de los trabajadores, constructor de la sociedad socialista en la Unión Soviética, ya en marcha hacia su fase superior, el comunismo, el más alto ideal de dicha social y de grandeza humana".

Para el PCU no importaba que Stalin hubiera sido aliado de Hitler hasta que éste lo traicionó, ni que fuera el gobernante que había matado más gente en la historia humana (solo Mao lo superaría más tarde). Ni siquiera importaba que a esa fecha fuera el gobernante que había matado más comunistas en el mundo entero (un título que también le quitaría Mao). Por razones políticas e ideológicas, había que tratarlo como a un héroe. O al menos así fue hasta que Khrushchev lo bajó del pedestal. Pero el ocultamiento de la realidad continuó.

La Unión Soviética invadió Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1968, para ahogar grandes levantamientos populares. El 21 de agosto de ese último año, el diario El Popular, vocero del Partido Comunista, justificaba la invasión y posterior matanza: "Tropas del Tratado de Varsovia, de la URSS, la RDA, Polonia, Hungría y Bulgaria han entrado en Checoslovaquia. Lo han hecho para enfrentar los actos agresivos del imperialismo norteamericano y de los neonazis y revanchistas de Bonn (…). ¿Los países del Tratado de Varsovia debían dejar que la CIA diera un nuevo golpe, como los que han dado en tantos lugares del mundo? En defensa de la paz y también de las legítimas conquistas del pueblo checoslovaco, en una actitud de firmeza internacionalista, los cinco países han hecho entrar sus tropas en territorio de Checoslovaquia. Estamos plenamente seguros de que ello no significará ninguna injerencia en la vida de dicho país, sino que, como ocurrió en Hungría, salvará a Checoslovaquia de la restauración capitalista y del fascismo, y asegurará la paz mundial".

Los comunistas locales apoyaron cada crimen cometido por la URSS, hasta la invasión a Afganistán de 1979 y el golpe de Estado polaco en 1981. Lo mismo hizo el Partido Socialista, que todavía en 1989 enviaba un telegrama de felicitación al dictador rumano Nicolae Ceausescu, apenas días antes de que lo tumbara una insurrección popular. Así actuó también la izquierda radical revolucionaria, que criticó a Stalin sólo para adorar a Mao. Y así actuó la intelectualidad de izquierda, que, con pocas excepciones, apoyó desde el primer día la deriva totalitaria de Fidel Castro.

En 1971, el régimen de Castro encarceló al escritor Heberto Padilla bajo el impreciso cargo de "atentar contra los poderes del Estado". Luego lo obligó a hacer una confesión pública que escandalizó a muchos intelectuales que hasta entonces habían simpatizado con la revolución. Entre ellos estaban Sartre, Pasolini, Alain Resnais, Carlos Fuentes, Juan Rulfo y Mario Vargas Llosa.

Pero los intelectuales "progres" del Uruguay no se inmutaron ante esa mascarada de puro cuño estalinista. En una carta denunciaron una "feroz campaña" internacional, afirmaron su compromiso incondicional con el régimen y reivindicaron "el derecho revolucionario que ha ejercido y ejerce Cuba para defenderse de toda infiltración enemiga". Entre los firmantes estaban Benedetti, Hugo Achúgar, Coriún Aharonian, María Ester Gilio, Daniel Viglietti e Idea Vilariño.

Cuando se repasa la historia, resulta evidente que a nuestra izquierda siempre le gustaron los hombres fuertes y los regímenes enemigos de la libertad. Trátese de Stalin en la URSS, de Mao en China, de los Castro en Cuba, de Jaruselski en Polonia, de Velazco Alvarado en Perú, de Chávez en Venezuela o de Ortega en Nicaragua, siempre simpatizó con ellos y los defendió con los mismos viejos argumentos que denuncian supuestas campañas internacionales, rechazan "hacerle el juego a la derecha" y prometen futuros idílicos que nunca llegan.

Las dificultades que el gobierno nacional y el Frente Amplio han tenido en estos días para condenar el golpe de Estado de Nicolás Maduro están perfectamente alineadas con la peor historia de nuestra izquierda. También lo estaban las declaraciones del presidente Vázquez cuando sostuvo que en Venezuela hay democracia. Las desesperadas maniobras de Cancillería para no terminar apoyando una dictadura al mismo tiempo que evitaba ataques desde el Frente Amplio, fueron todo un espectáculo.

En esto, como en tantas cosas, importa mucho el camino recorrido por cada uno y los aliados que haya elegido para llegar al gobierno.

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