EDITORIAL

Cuál universidad pública

Cuando se promueve o se tolera el apoyo a Maduro o cualquier otra posición política, se abandona el pluralismo, y la universidad se hace responsable de estafar el fundamento de su autonomía.

Hemos contemplado impávidos la declaración de la FEUU en la que casi simultáneamente recuerda la lamentable muerte de un estudiante hace 45 años, en tanto respalda al gobierno de Maduro condenado en todo el planeta especialmente por la muerte de 28 ciudadanos, incluyendo estudiantes.

Se trata de un gobierno que según Almagro ha convertido al pueblo en patética marioneta del juego del poder, que habla de instintos criminales en la Guardia Nacional Bolivariana, que encarcela opositores y un largo etcétera que se recoge en videos del Secretario de la OEA que circulan por las redes sociales.

Verificando esta contradicción que no es nueva, uno aprovecha la ocasión para preguntarse cómo es posible que, violentando toda neutralidad política, los estudiantes incurran en semejante violación de una supuesta laicidad, y —más aún— cómo es posible que con este nivel de discurso cogobiernen la universidad pública que financiamos todos los uruguayos. La respuesta tiene que ver con la rediscusión de las dos vacas sagradas sobre las que se apoya la estructura universitaria: el cogobierno estudiantil y la autonomía, que responden a un modelo de la década del 50 y que no dan más. Su fundamento se ha entendido como la construcción de una isla protegida de cualquier injerencia, de cualquier juicio de valor acerca del cumplimiento de los fines que la sociedad le confía.

Pero no es así; la autonomía universitaria fue concebida como un medio pa-ra asegurar la libertad de cátedra, parte integrante de la libertad de expresión y en última instancia de la libertad de pensamiento. Por tanto si la autonomía universitaria supusiera un cálido cobijo de sesgadas posiciones políticas, estaría estafando la esencia misma de la razón de ser de esa autonomía. Por eso cuando se promueve o se tolera el apoyo a Maduro o cualquier otra posición política, se abandona así el pluralismo, y la universidad se hace responsable de estafar el fundamento de su autonomía. Este no nace de la protección de una posición oficial, sino del amparo de absolutamente todas. Utilizarla en cambio como instrumento de una posición po-lítica, en una universidad que finan- ciamos todos, constituye lisa y llanamente una estafa. Por eso la negativa de la Udelar a dar cuentas a nadie es inaceptable. Peor aún, es más objetable en una universidad que utiliza fondos públicos que en una que usa recursos de sus dueños.

La sociedad tiene derecho a que se conozca siempre cómo se usan los fondos y, mucho más importante, la universidad le debe a la gente explicaciones acerca de la calidad de lo que enseña, de cómo prepara a nuestros hijos, qué ciudadanos forma, cómo salen pertrechados para enfrentar la vida profesional. Y todavía con más precisión: cuál es la calidad de sus docentes, cuál su dedicación, cuál su retribución, cuál su formación, cuánto publica, enseña e investiga, en definitiva, cómo cumple la función para la cual se le dio la autonomía.

La Udelar no solo se niega a ser evaluada por representantes de los contribuyentes sino que, en delicado agravio a la libertad de enseñanza, pretende erigirse en máximo censor de la calidad y pertinencia de las privadas, que están sometidas en primer lugar al riguroso control que supone la cantidad de gente que logran atraer. Esta reacción también constituye una derivación de una mal entendida autonomía, convertida en este caso en una conducta con ribetes de soberbia epistemológica carente de fundamento.

Lo mismo pasa con el cogobierno, un invento de esta zona del mundo que no se reproduce en ninguna universidad seria, y que es desconocido en el mundo socialista. Los estudiantes tienen que disponer de medios para hacer saber sus inquietudes; pero cogobernar es algo muy diferente. Y por cierto, hace tiempo que no se escuchan reclamos de la FEUU sobre temas académicos, sobre mejoras en el nivel de excelencia, y sobre todo de competencia con otras universidades del mundo. Es más, en lugar de opinar sobre Maduro, deberían los estudiantes exigir evaluaciones de desempeño, las que se vinculan con su futura inserción laboral.

Cada vez que la FEUU o la universidad como un todo se expiden sobre temas políticos nacionales o internacionales para los que no tienen ni formación ni título habilitante, no solo cometen una torpeza porque en realidad a nadie le importa mucho su opinión, sino que incurren en un agravio a la neutralidad, un atropello al pluralismo.

Pero de modo especial recuerdan que la autonomía y en especial el cogobierno no deberían seguir como están.

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