Editorial

Uber sí, Uber no

Un diputado de la lista 711, perteneciente al Frente Amplio, presentó esta semana ante la Comisión de Transporte de Diputados, una ley para prohibir la instalación de Uber, el nuevo servicio de coches particulares con chofer, por un año.

Cosa de tener el tiempo suficiente para encontrar la manera de desvirtuarlo completamente y que deje de ser lo que es, entre regulaciones, burocracia, impuestos y demás.

Es una pena que no se le dio por incluir, de paso, la prohibición del uso de los celulares, para que no haya otra forma de hablar por teléfono que por la telefonía fija de Antel. Y por supuesto Internet, Facebook, Twitter, WhatsApp, Instagram y Skype, o la posibilidad de hacer pagos por medio del teléfono.

A nosotros, la prensa escrita, la verdad que no nos vendría nada mal que se impidiera la lectura de los diarios en la web. Ni nacionales ni extranjeros. También debía haberse preocupado de impedir que un restaurante abra sus puertas al lado o enfrente de otro, no sea que le haga competencia al que ya estaba en el barrio desde antes. Sobre todo si el nuevo ofrece un menú mejor o lo decoró más atractivamente.

Y si hubiera sido legislador en aquel tiempo, debía haber vedado la aparición de empresas de pago como Abitab o Red Pagos, que dejaron sin trabajo a los típicos cobradores. Más allá de que gracias a eso hoy la gente pueda pagar sus cuentas en un lugar más cercano y cómodo, y no tenga que hacer colas interminables en el BPS. Así como se perdieron ciertos empleos se crearon, por otra parte, cientos de nuevos puestos de trabajos en los nuevos negocios.

Debería haber incluido que las fotos se vuelvan a llevar a revelar a las consabidas casas de fotografía, en lugar de todo este aquelarre digital que le permite a cualquier amateur ver al instante cómo le quedó su toma y decidir si se la envía a alguien o la guarda en su álbum, la agranda, la oscurece, o le da mayor claridad. Todavía está a tiempo de proscribir la compra de pasajes en línea o recibir su comida haciendo el pedido a través de Pedidos Ya, una aplicación inventada por unos uruguayos que ya está en varios países.

Si la competencia desleal es lo que lo motiva, ¿cómo no le preocupa que una empresa como Antel pretenda quedarse con el negocio de ventas de entradas por Internet, atacando con todo su poderío cuasi monopólico a las firmas ya existentes en plaza?

La aparición de Uber, la genial creación de un joven que se define como enemigo de los monopolios, y que nació simplemente a raíz de las dificultades experimentadas al buscar un taxi, presente hoy en más de 360 ciudades y en más de 64 países, es hija de la revolución tecnológica y de la libertad. Porque en el centro de la discusión están los derechos de las personas individuales, en este caso los usuarios y los intereses de grupos corporativos. Los primeros tienen derecho a poder elegir lo que más les guste, y los otros tienen que asumir que se acabó aquello de que por comprar una chapa de taxi el negocio quedaba asegurado de por vida.

Y qué mejor prueba de lo saludable que es la competencia, el que haya vuelto al debate la eliminación de las incómodas mamparas. Una discusión que tiene años, en la cual la opinión del cliente jamás se tuvo en cuenta. La mayor seguridad para el conductor frente a la delincuencia es un argumento que se cae por su falta de peso, mientras la forma más eficaz de protegerlo, el no llevar plata encima, año tras año no pasó de las discusiones.

Ahora nuevamente han comenzado a hablar de encontrar la manera de eliminar el efectivo después de la aparición de Uber, que justamente terminó con ese peligro. El cliente paga por adelantado el costo del viaje previamente acordado, que puede ser igual al del taxi o más barato, por medio de tarjeta. Al automovilista luego le reembolsan el 80% y el usuario a su vez, ve de antemano la foto y datos del conductor, puede elegir el tipo de auto que prefiere y tiene como calificar luego, el servicio recibido.

En la capacidad de reinventarse está la supervivencia, y no se puede ir en contra del tiempo en que se vive. Por eso hay empresas que se mantienen a flote y otras que se hunden. La tecnología está cambiando la forma de hacer negocios, la manera de trabajar y de relacionarse. Quien no asuma esta realidad está estancado y no debería empujar al resto hacia atrás.

Es un conflicto de intereses que se decantará o a favor de la gente y la libertad de comercio, o por las economías rígidas, controladas por el poder y sus acólitos. Los dados están echados.

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