Editorial

Truculento comienzo del 2015

Si hay algo en lo que todos estaremos de acuerdo, es en lo mal que ha comenzado este 2015. Podemos empezar con la barbarie y el fanatismo cruel y descontrolado que mata, degüella, secuestra, viola y amedrenta en los países del medio oriente, llegando hasta París en pos de sus negros designios, sembrando la muerte entre los periodistas de un semanario satírico y los clientes de un comercio judío.

Espanto que se multiplica con otras noticias aterradoras de los sangrientos maniáticos que componen el autodenominado Estado Islámico (EI), como la de quemar vivo a un prisionero jordano o la decapitación de dos japoneses, al no lograr su extorsión. Y ni que hablar de los masivos secuestros de niñas en el noroeste de Nigeria —ya van más de 500— por los desalmados de Boko Haram.

Pero los múltiples horrores que ocurren a miles de kilómetros de nuestra tierra, no deberían ser un hipnótico que nos haga perder de vista nuestra inmediata realidad. También en nuestro territorio abundan las tristes nuevas. Desde el asesinato de la quinceañera argentina, Lola Chomnalez, en la costa de Rocha, que continúa impune por la falta de resultados en la investigación, hasta datos como los conocidos ayer, respecto de los asesinatos en lo poco que va del año.

Aquella creencia de que el Uruguay, tras las cruentas luchas de los comienzos de nuestra historia como nación, se había convertido en un país pacífico, con una sociedad que contaba con un buen y parejo nivel en lo educativo, lo social y lo económico, "ya fue" como dicen hoy.

En los últimos cuatro días, ocho personas fueron asesinadas. El jueves un joven de 24 años murió de un disparo en el pecho. Según los testigos, el desenlace fue provocado por la rivalidad entre dos hombres, por una mujer. Mientras en la ciudad de Minas, murió otra mujer por violencia doméstica, a manos de su marido, de profesión policía, una persona conocida como violenta que inclusive estaba siendo tratada por un siquiatra, y que sin embargo seguía teniendo un revólver en su poder. Esto a pesar de que según se supo, había intentado devolverlo, pero por un motivo ridículo no se lo aceptaron.

De acuerdo a cifras oficiales del miércoles 4, durante el mes de enero se cometieron 29 crímenes y 6 en los dos primeros días de febrero.

Dentro de este clima de violencia desatada, otro asesinato que indigna por la injusticia que significa —aunque todas las muertes son inaceptables— fue el de Pedro, un comerciante que hacía cuatro años trabajaba en el almacén que había instalado, junto con su mujer, en uno de esos barrios donde la delincuencia campea. No solo le robaron, sino que uno de los muchachones volvió y fríamente lo liquidó de dos balazos.

O sea que un hombre, que trabajaba honestamente para vivir él y su familia, perdió la vida, de repente, porque a uno de estos forajidos se le antojó matarlo. Algo muy parecido a lo ocurrido con un esforzado repartidor, que hace poco también murió, indefenso, ante la locura asesina de unos criminales.

A todas estos insucesos se les puede clasificar, en tres categorías. Por un lado, los ocasionados por violencia doméstica, que terminan con la vida de decenas de mujeres al año. Por otro, los provocados por el accionar de los delincuentes sobre los ciudadanos de ley y en el tercer estamento, los que se producen en el hampa, por ajustes de cuentas, como gusta de especificarlos la policía. Tal como el sucedido en Salto el miércoles pasado. Mataron salvajemente a golpes a un narcotraficante y tiraron luego su cuerpo a un aljibe.

Las autoridades, el gobierno, el Ministerio del Interior, la Justicia y también los legisladores, son responsables en mayor o menor grado y deben enfrentar a las tres clases de crímenes con más eficacia. Porque a la violencia doméstica con buenas y enérgicas medidas se la puede controlar. Los delincuentes no andarían robando y matando con total desaprensión, si supieran que van a ser apresados y castigados. No puede ser que tenga que salir en la prensa lo que acontece en cierto lugar con los chorros o los "dealers", para que recién ahí, la policía haga algo, como se ha visto.

Ni tampoco deben las autoridades hacer una especie de descarte con lo que se considera ajuste de cuentas. Porque se trata del peor síntoma de una enfermedad letal. El avance del crimen organizado, que va extendiendo sus tentáculos como un pulpo y cuando quieres acordar, ha corrompido, atemorizado y controlado a todas las instituciones. A los políticos, a la justicia, al gobierno, a la policía, como está pasando en Argentina, particularmente en Rosario, que ya demasiado se parece a México.

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