EDITORIAL

El test de Chile

Un TLC con Chile significaría entreabrir una puerta a todo ese positivo proceso de la Alianza del Pacífico, a la vez que permitiría mostrarle a la izquierda frenteamplista más reaccionaria y conservadora, que la apertura comercial beneficia nuestra economía.

Hoy se reúne el canciller con las autoridades del Frente Amplio para tratar temas de la agenda internacional. Entre ellos se destaca el tratado de libre comercio (TLC) firmado con Chile en 2016 y cuya ratificación está demorada en el Parlamento.

La situación se describe fácilmente. Luego de una negociación estudiada y bien llevada, el presidente y su canciller cerraron con Chile un acuerdo importante en varias dimensiones. Primero, porque abre bilateralmente un mercado cercano y logra así eludir el encierro en el que hemos quedado en estos años por la conjunción de intereses de Buenos Aires y Brasilia. En efecto, cada vez que Uruguay ha planteado una apertura comercial amplia a terceros mercados, como fue el caso con Estados Unidos en la primera administración Vázquez, o como el de China en este período, al menos uno de nuestros potentes vecinos se opuso férreamente. Desde el Frente Amplio tampoco hubo voluntad de contradecirlos.

Segundo, porque la evolución económica, comercial y social de Chile ha ido de la mano de una apertura comercial formidable propiciada, las más de las veces, por sus gobiernos de izquierda. Chile cuenta así con TLC con las principales zonas económicas del mundo y con las potencias de los continentes más pujantes: Unión Europea, Estados Unidos, Canadá, China, Japón o Corea del Sur, entre otros muchos países. Y esos TLC fueron los que permitieron al país transandino un desarrollo económico formidable en este siglo XXI, con mejoras sustanciales en sus índices sociales.

Tercero, porque Chile también participa con otros países socios fundadores —México, Colombia y Perú— de la Alianza del Pacífico, un proceso de liberalización comercial y de integración económica realmente envidiable. En efecto, esa Alianza ha evitado las aspiraciones de unidad política en las que infelizmente cayó el Mercosur con su parlamento, su inútil burocracia y la importancia dada a la afinidad ideológica de sus gobiernos por encima de las certezas jurídicas de la integración regional. Sobre todo, esa Alianza promueve efectivamente el comercio en la región del Pacífico, como por ejemplo a partir de la reciente simplificación de trámites aduaneros en la frontera Arica-Tacna entre Chile y Perú, o a través de mayores vínculos económicos entre empresas de los países-socios.

Un TLC con Chile significaría entre-abrir una puerta a todo ese positivo proceso de la Alianza del Pacífico a la vez que permitiría mostrarle a la izquierda frenteamplista más reaccionaria y conservadora, que la apertura comercial beneficia a nuestra economía. Y aquí es donde se plantea de alguna forma lo que podemos llamar el test de Chile de este gobierno frenteamplista.

En efecto, la novedad política de estos días es que el Partido Nacional ya definió su apoyo en el Parlamento a la ratificación del TLC con Chile. Habiendo ya firmado el TLC, el Poder Ejecutivo atraviesa así una particular coyuntura política: haga lo que haga la izquierda reaccionaria del Frente Amplio, formada sobre todo por el Partido Comunista, parte del Partido Socialista, el grupo de Constanza Moreira y al menos una buena parte del sector del expresidente Mujica, la relación de fuerzas es tal que el anunciado apoyo nacionalista permitiría una rápida ratificación parlamentaria de ese TLC.

Quien tiene que decidir qué hacer es la izquierda que se conoce como moderada: la del Frente Líber Seregni, por ejemplo. Si está dispuesta a apoyar la política exterior de Vázquez y de su canciller Nin, pues entonces no debiera de demorar mucho más el voto en el Parlamento de forma de unir su voluntad a la de los blancos y ratificar el TLC con Chile por amplia y plural mayoría.

Empero, sus antecedentes no permiten ser optimista. Como con el caso del proyectado TLC con Estados Unidos o el del avance que se intentó con China el año pasado, la izquierda moderada siempre ha privilegiado, antes que cualquier otra cosa, los acuerdos internos en el Frente Amplio. Nunca le ha importado saber que podía contar con los votos de la oposición para terminar de aprobar tratados beneficiosos para el país. Seguramente, el caso de Chile no será una excepción.

Así las cosas, en el test de Chile el país terminará siendo rehén de la izquierda reaccionaria que por razones ideologizadas se niega a apoyar cualquier TLC. Pero su responsabilidad, en realidad, será compartida por la izquierda moderada del Frente Amplio. Porque en vez de privilegiar los intereses nacionales, ella prioriza la unidad frenteamplista y acepta el veto de esa izquierda radical.

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