EDITORIAL

La sordera del necio

La decisión de Brasil de trabar la importación de lácteos desde nuestro país, no hace más que dejar en evidencia la necedad del gobierno y del Frente Amplio que siguen atados al Mercosur como su única plataforma comercial externa.

La noticia cayó como una bomba. Es que la decisión del gobierno de Brasil de imponer trabas a la exportación de productos lácteos desde Uruguay puede llegar a ser el golpe de gracia para un sector que viene atravesando una crisis histórica, afectado por la caída de los precios internacionales y por el alza de los costos de producción locales. Principalmente el combustible, que sigue siendo el más caro de la región para tapar el agujero dejado por Raúl Sendic. Un "subsidio" de US$ 1.800 millones.

Vale señalar que el ministro de Agricultura brasileño y las gremiales que impulsaron esta medida no se conforman con esto, y ya anuncian que su intención de fondo es establecer cuotas para la exportación uruguaya de lácteos. Algo que se da de frente con la razón de ser del Mercosur, y que contrasta con el optimismo algo infantil que ha mostrado el canciller Nin al comentar el asunto.

Recordemos que el sector lácteo emplea hoy a unas 5.000 personas y ha perdido recientemente 1.500 empleos como consecuencia del cierre de las empresas Schreiber Foods y Ecolat.

Se trata, además, de un sector que dinamiza en forma única al sector rural, que afianza y da trabajo a la gente en el campo, y que pese a su mal momento, en 2016 ocupó el cuarto lugar del ranking de exportaciones por sector, con US$ 563 millones vendidos, el 7% del total de las exportaciones el año pasado.

Hay dos cosas que duelen particularmente de esta medida arbitraria de Brasil. La primera, que está basada en una mentira fácilmente comprobable. Según los productores norteños, existe sospecha de que Uruguay hace "dumping", o sea que vende por debajo de los costos de producción, y que triangula producción que importaría desde otros países, para luego empaquetarla como propia para exportarla a Brasil. Resulta obvio que con los precios de los fletes y del combustible, en ningún caso sería económicamente viable hacer semejante tramoya, y que la misma sería sencillamente descubierta observando los flujos de comercio exterior.

La segunda, es que no hay alternativas. Por un tema de costos de transporte, Brasil es el mercado más accesible para la producción uruguaya. Pero además es el único país comprador importante con el que Uruguay tiene algún acuerdo de preferencia comercial. Por lo tanto, es casi imposible salir de apuro ahora a buscar dónde colocar el producto, sin tener que competir de manera desventajosa con otros países que sí tienen preferencias arancelarias. Por decir algo, si quisiéramos vender lácteos a China o a Corea del Sur, esos países tienen acuerdos de libre comercio con Australia y Nueva Zelanda, con lo cual su producción es mucho más barata.

Y acá entramos al gran tema. Desde hace años y años que se le reclama al gobierno del Frente Amplio que desarrolle una política comercial externa más agresiva, menos dependiente de la región, que se juegue a fondo, porque de ello de depende el futuro de la producción nacional. La respuesta es siempre la misma sanata ideologizada, el mismo discurso timorato, el eslogan infantil y vacuo de "más y mejor Mercosur". Primero dependiendo de un mercado artificial y esquizofrénico como el venezolano, y ahora quedando en manos de un socio hipernacionalista como Brasil.

¿Cuántos años hace que se da esta discusión dialéctica en el sistema político uruguayo? ¿Cuántos años hace que se le advierte al gobierno que esto iba a pasar? ¿Que no se podían poner todos los huevos en la misma canasta apolillada y llena de agujeros?

Y si esto podía ocurrir en un momento malo, ocurre en el peor. Justo cuando parecía haber alguna señal de que la dilatada negociación con la Unión Europea podía llegar a algún lugar positivo. Imagínense cuál será la lectura que hacen los negociadores europeos de un bloque comercial que mientras le exige libertad de entrada para sus productos más sensibles, a la interna no respeta ni sus pactos más elementales.

La realidad está clara para cualquiera que lea noticias o esté al tanto de lo que pasa en el mundo. Un país chico como Uruguay no puede atar su futuro a los caprichos o la ciclotimia de los países de su entorno. Menos cuando son este tipo de países. Se necesita una política comercial exterior profesional, seria, ambiciosa y audaz. Se necesita salir al mundo y abrir mercados. No esperar que nos vengan a comprar ni que los vecinos nos tiren unas monedas. No encarar este desafío como corresponde, no patear el tablero de una buena vez, no solo es una estafa al ciudadano que contribuye a mantener esta estructura estatal, es atar un yunque a la pata del futuro de los uruguayos, y tirarlo al mar.

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