editorial

Los sirios que no vendrán

Darle refugio a familias sirias desplazadas por la guerra desatada en su país fue una iniciativa de José Mujica aplaudida en su momento y publicitada a rabiar en época preelectoral. Los 42 refugiados iniciales que tanta atención concitaron a fines de 2014 eran la avanzada de nuevos contingentes de sirios a instalarse en Uruguay de acuerdo al compromiso contraído por nuestro gobierno con varios organismos internacionales.

Fue así que tras el arribo de los primeros, funcionarios uruguayos viajaron a Beirut para entrevistar a otros 70 candidatos a engrosar la colonia siria a insertarse entre nosotros. Antes de asumir, a comienzos de 2015, el gobierno de Tabaré Vázquez confirmó que, por razones humanitarias se seguiría fomentando esa corriente migratoria y que pronto llegaría el segundo grupo de sirios. Se dijo incluso que estarían en Montevideo antes que terminara el 2015, pero nada de eso ocurrió. Por el contrario, hoy todo indica que no vendrán y que Uruguay incumplirá los acuerdos iniciales concretados con Acnur (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) y la Oficina Internacional para las Migraciones. Un papelón.

Datos de último momento sobre los candidatos a venir indicaron que su adaptación al Uruguay sería tanto o más difícil que la de sus predecesores, lo que ya es decir. Porque el primer contingente, aquel que recibió el propio Mujica en el aeropuerto, continúa penando en nuestro suelo después de protagonizar escenas tan deplorables como aquella acampada en la plaza Independencia para exigir un mejor trato del país anfitrión. Sus problemas persisten hasta hoy dado que en su mayoría no logran aprender el idioma ni acceder a un trabajo. Por lo demás hay pocos empleadores dispuestos a proporcionar un empleo a personas que carecen de cultura de trabajo y que han declarado públicamente que en Uruguay "se vive mal, se pasa hambre, falta seguridad y no hay futuro".

Con tales antecedentes es difícil pensar que gente de la misma procedencia y con similares características pueda integrarse sin dificultades a la sociedad uruguaya. Todo ello revela que los criterios empleados por el gobierno uruguayo para seleccionar a los refugiados sirios no fueron los mejores. Se ha dicho con razón que para facilitar su adaptación hubiera sido mejor elegir a sirios cristianos, que también padecen en los campamentos de desplazados, en vez de islamistas, pero en la burocracia estatal nadie pareció interesarse en esa sugerencia. Es probable que estos otros siros se hubieran adaptado mejor a los hábitos del país. Sin embargo, la máquina publicitaria del gobierno puesta en marcha a fines de 2014 estaba tan interesada en mostrar a mujeres portando el velo islámico que todo intento de crítica quedó ahogado.

Eran tiempos de campaña electoral en donde el Frente Amplio, y en particular el entonces presidente Mujica, enarbolaban las banderas solidarias con los perseguidos del mundo y recordaban la generosa tradición nacional en materia de asilo tildando de "alma podridas" a cualquiera que pusiera una objeción. Hoy se ve más claro que todo aquel show montado en torno a la llegada de los sirios —¿recuerdan a Mujica llevándoles zapallos de su chacra a los recién llegados?— tenía un evidente propósito electoral sin que existiera detrás el respaldo de un plan serio y bien pensado para generar una corriente migratoria con buenas perspectivas de implantación en nuestro país.

Pasadas las elecciones, asumido el gobierno de Tabaré Vázquez, la atención sobre los refugiados sirios se fue apagando hasta que llegaron las primeras noticias desagradables. Un día se denunció que los jefes de familia no respetaban a las mujeres, que las golpeaban y que alguna de ellas incluso había intentado suicidarse. Alguien dijo que esas eran sus costumbres y hasta se recordó —por increíble que parezca— que en los tiempos de nuestros abuelos uruguayos tales prácticas eran normales por lo que no había que preocuparse ni alarmarse tanto. Luego sobrevino la acampada ante la Torre Ejecutiva y la exigencia de un mejor trato por parte de los refugiados que al parecer recibieron finalmente lo que querían.

De haberse planteado el tema con seriedad y no en medio de una coyuntura electoral protagonizada por un adicto a la fama universal, la venida de los sirios pudo haber resultado exitosa y capaz de inaugurar una corriente migratoria de signo positivo.

No fue así por lo que el segundo contingente de 70 sirios que alguna vez soñó con venir al Uruguay deberá seguir esperando. Una espera que probablemente se prolongue de manera indefinida.

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