Editorial

Silbando en chancletas

Las pautas fijadas por la Suprema Corte de Justicia sobre la vestimenta y forma de conducta para el público que concurre a los juzgados generaron debate. Muchos las criticaron por ser demasiado precisas y por ser casi que autoritarias. La silbatina general del estadio lleno de uruguayos contra el Himno argentino en la previa a la final del Sudamericano Sub-20 no mereció, empero, crítica alguna.

Nadie puede pretender que al juzgado se vaya de bastón y galera. Todo el mundo sabe que la vestimenta refiere a modas que son pasajeras y que lo que hoy se considera formal mañana quizá ya no lo sea. No está en el espíritu de lo fijado por la Suprema Corte limitar libertades o imponer cierta estética. El asunto es más sencillo y nos enfrenta a nuestra verdadera imagen como sociedad.

La autoridad máxima de uno de los poderes del Estado se vio obligada a señalar algo que no debiera de ser tan extraño para cualquiera que cultive un mínimo sentido de urbanidad y buenos modales.

En el caso concreto, evitar ir de chancletas, bermudas o remeras con inscripciones groseras a la Justicia del país no parece que sea un pedido ofensivo para nadie. Al contrario, es un signo de educación social elemental. Porque hoy en día, esas vestimentas son consideradas por la sociedad como informales. Y lo que pide el Poder Judicial es que a sus sedes se asista respetando cierto código social que dé señales de formalidad para todos. Se trata de presentarse de manera decorosa. Porque no se está yendo al supermercado, a pasear por la rambla o a comer un choripán en un carrito, sino que se está entrando a uno de los poderes del Estado.

Quienes se quejan del planteo de la Suprema Corte parecen olvidar que hay formalidades que cumplir en cualquier sociedad civilizada. La libertad de poder vestirse como uno quiera tiene que congeniar con convenciones sociales que no son accesorias, sino que conforman un conjunto de signos y rituales que hacen que las sociedades funcionen.

En ninguna sociedad prima la lógica adolescente de hacer lo que uno quiere sin importar más nada. En todas hay autoridades que respetar, convenciones que cumplir y signos que dar. Y en todas hay previstas sanciones sociales, civiles o penales incluso, para quien no las respete, las cumpla o los dé.

Alguien podrá argumentar que es caro vestirse bien. Pero nadie exige ropas de marca. Simplemente, la Justicia pide pantalón, camisa y zapatos para los hombres que van al mostrador para ver expedientes. O pide evitar tutear al Juez, para así tener presente que es un funcionario público que merece respeto y distancia en el trato. No es un mozo; ni un amigo; ni un mecánico. Es el que tiene la importante tarea de impartir Justicia.

En el mundo del Pepe todo esto parece ridículo. Siempre podrá haber alguno que diga que si el Presidente insulta o se viste mal, entonces nadie está obligado a cumplir con las normas de urbanidad y buena educación. Efectivamente, el presidente Mujica ha incumplido demasiadas veces con el mínimo de respeto que se exige a su investidura en cualquier país del mundo.

Pero, seguramente, incluso entre los muchos que lo votaron, esa actitud no sea motivo de orgullo. Y cuando la situación lo requirió, Mujica se avino a mínimos protocolares: no fue de chancletas a ver a Obama, por ejemplo.

¿Cómo es posible que más de 50.000 personas silben el Himno argentino sin que nadie haya puesto el grito en el cielo por esa falta de respeto elemental al símbolo patrio de un país hermano? De vuelta, alguien podrá decir que luego de los insultos soeces de Mujica a la FIFA, nada se puede esperar del común de los uruguayos. Pero, de vuelta, nada de esto puede ser motivo de orgullo, sino constatación de una decadencia que nos avergüenza.

Los países educados y civilizados, respetan a sus ocasionales oponentes deportivos. Los países educados y civilizados, respetan códigos de urbanidad que hacen que se vaya a la Justicia con vestimenta decorosa. No hay berrinches ni argumentos sobre una extrema libertad individual que valgan. Se trata, simplemente, de un sentido de respeto por el otro que hace a la convivencia mejor. Son esos valores que hacen a las sociedades integrar el círculo de países de primera. Y son justamente esos valores que estamos mostrando ser incapaces de conjugar.

Bienvenida la disposición de la Justicia sobre el decoro que se precisa para estar en su recinto. Ojalá esa exigencia de urbanidad se extienda, para que nunca más se silben Himnos extranjeros en el estadio.

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