EDITORIAL

¿En qué siglo vivimos?

Uruguay, no queda más remedio que aceptarlo, es un milagro. Que teniendo a dirigentes como estos sigamos siendo un país medianamente viable, es solo atribuible a la genialidad de las generaciones que desarrollaron una institucionalidad a prueba de balas.

En Uruguay existe una brecha cada vez más grande en el debate público. Por un lado hay gente que está hablando del futuro del trabajo, de los avances tecnológicos, de vehículos sin conductor o de drones y satélites en la agricultura. Por otro, tenemos un coro con mentalidad geriátrica que insiste en sumirnos en discusiones que el mundo sepultó hace un siglo. Y, lo más dramático, estos últimos están en posiciones de gran influencia política.

Esta semana tuvimos algunos ejemplos explícitos de este problema. Tal vez el más chocante fue el del diputado del MPP Jorge Meroni, quien, en declaraciones al programa Suena Tremendo de El Espectador, además de defender a un gobierno como el de Maduro, cuyo mayor éxito ha sido reducir en seis kilos el peso promedio de los venezolanos, reivindicó el carácter democrático del régimen de Corea del Norte. Sí, así como lo escucha. Según el legislador compatriota, "se podrá compartir o no el régimen norcoreano, pero es el que han elegido sus ciudadanos".

La verdad que el MPP no termina de sorprendernos. Uno escucha a algunos de sus dirigentes como Agazzi, Caggiani, Sabini, y cree que no se puede caer mucho más abajo. Pero viene este señor Meroni y nos muestra que siempre hay un peldaño para descender. ¡Corea del Norte! Un régimen genocida, mesiánico, una dictadura familiar que lleva 60 o 70 años hambreando a su pueblo y haciendo el ridículo ante la comunidad global, y que por supuesto no ha visto nunca una elección, y para Meroni, es un sistema respetable. Y no se crea que el diputado es un loquito que incomoda a sus colegas. Es un dirigente "orgánico", como les gusta decir a ellos. O sea, que no abre la boca si no es para decir algo que tiene consenso en su grupo, por lo que las convicciones democráticas de ese sector quedan bien en evidencia.

Como si esto fuera poco, otra que nos deleitó la semana con sus salidas neolíticas fue la ministra Marina Arismendi. Para justificar su apoyo al llamado "decreto antipiquetes", Arismendi dijo que era para enfrentar el afán de lucro de los transportistas, cuyos reclamos le hacían acordar a la época de Allende en Chile, y que ella como "comunista", siempre estaba del lado de la mayoría del pueblo.

Notoriamente Arismendi vive en un tupper desde 1989. ¿Por qué no va a preguntar en Polonia, en Hungría, en Rumania, en Ucrania, lo que opinan sobre el comunismo, que algo de experiencia tienen con eso? ¿O incluso a su viejo país de alojamiento, Alemania del Este? Bueno, ahí no puede, porque ya no existe más, cosa que tal vez nadie le informó para no darle un disgusto, como a la viejita de la película Good Bye Lenin.

Ahora, hay que ser muy retrógrado para en el Uruguay del año 2017 venir a poner de ejemplo al Chile de Allende, un país asolado por la miseria y la conflictividad impulsada por la gente que también se definía "comunista" cuando eso quería decir algo. Y todo para justificar un decreto innecesario, y que solo buscaba defender un derecho constitucional básico como el de la libertad de circulación. ¡Y esa persona ocupa un cargo nada menos que de ministro!

Para cerrar este tour por el museo de cera de la política uruguaya, tenemos al inefable diputado/dirigente sindical/estrella de TV/obrero de la construcción, Óscar Andrade, que en una polémica radial no tuvo mejor idea que defender la revolución rusa de la cual se cumple un siglo. Uno de los procesos políticos más criminales de la historia de la humanidad, que generó un genocidio que deja al nazismo como un ensayo amateur, que sumió en el hambre, el atraso y la miseria a una de las naciones más grandes y poderosas de la historia, un régimen que implosionó por su propia incompatibilidad con la naturaleza humana, y nuestro diputado/dirigente sindical/estrella de TV/obrero de la construcción, le da la cara para defenderlo públicamente.

Uruguay, no queda más remedio que aceptarlo, es un milagro. Que teniendo a figuras como estas en cargos de tanta relevancia, sigamos siendo un país medianamente viable, es solo atribuible a la genialidad de las generaciones que desarrollaron una institucionalidad a prueba de balas. Pero, sobre todo, a prueba de la irresponsabilidad y desidia de buena parte de sus ciudadanos. Esta gente está en esos cargos porque la ciudadanía no ha sido lo suficientemente crítica y responsable a la hora de votar. No a ellos en sí, que tienen muy poco apoyo, sino a los que los han encaramado en sus cargos actuales. Ahora, si la sociedad no se despierta a tiempo y empieza a pasar factura a los líderes que nos entregan a esta colección de fósiles del siglo XIX, en algún momento, como sociedad, vamos a tener un serio arrepentimiento.

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