EDITORIAL

La salud de la era socialista

Llamaron la atención las declaraciones del Ministro de Salud Pública al concurrir al Senado a explicar temas económicos del sector, posibilidades de mejor gestión, ahorros globales, etc.

En efecto las mismas evidenciaron un enfoque absolutamente inaceptable a partir de una visión de un estatismo que trasciende largamente la visión presupuestal, o simplemente sanitaria.

Empezó señalando el Dr. Basso que "entre un 10% y un 30% de los gastos en salud son innecesarios y corresponden a lógicas que no tienen nada que ver con lo sanitario". Esta afirmación sugiere que se gasta de más; pero esto es así solo en un enfoque ideologizado del ministro y que confirma —además— que los médicos administrando son un peligro. Veamos por qué. Hay una afirmación del ministro valiosa, que es que los pases a especialista son excesivos, ya que la mayoría de las dolencias se deberían resolver en la atención primaria. Hasta ahí todo bien. Pero el desmadre conceptual es enorme cuando también afirma que tres mutualistas de un mismo pueblo chico poseen las tres un mamógrafo, o un tomógrafo, lo que a él le sugiere ineficiencia. Este modo de analizar sería correcto si hubiera una sola entidad prestadora de salud —el estado— y si hubiera una sola opción de atención para la gente, que debe tener derecho a elegir. Este modo de razonar es el de una cabeza socialista que imagina la salud —la educación, la producción industrial o agropecuaria— como partiendo de una sola institución, una sola decisión centralizada, un nulo derecho de la gente de optar entre un prestador de salud u otro, entre una educación u otra, entre una forma de asignar recursos o la opuesta. Tener tres tomógrafos en una ciudad puede verse como que sobran dos: es la forma socialista de verlo, a partir de un enfoque de sistema único de salud. Pero puede verse también como la legítima competencia entre prestadores para dar un servicio mejor, a los que libremente puedan elegir por calidad, por precio, por trato personal, por proximidad geográfica, etc. Verlo de otra forma es condenar todo intento de progreso, de superación, de libertad de elección.

La extensión de este pensamiento a otras áreas lo hace más burdo. Por ejemplo puede parece absurdo que haya 5 mil tambos: es obvio que la misma cantidad de vacas se podrían ordeñar en la mitad de salas de ordeñe y sería menos costoso. Por otra parte para qué tener tantas mangas de ganado, que la mayor parte de los días están vacías; por qué no conformarse con la mitad. Y para qué queremos tantas canchas de fútbol si el estadio Centenario se la pasa vacío. O por qué no se juntan —para achicar costos— todas las aulas de derecho de las facultades públicas y privadas que hay por ejemplo en Salto. Y para qué queremos tantas radios o diarios, si sería mucho menos costoso y más eficiente en términos de escala tener tres radios y un solo diario, como el Granma por ejemplo…

La verdad que la preocupación por la eficiencia en costos u otras áreas en las empresas o simples entidades privadas no puede ser objeto de la opinión, mucho menos de la intervención, de los gobernantes. Mejor deberían guardar esa inquietud por las entidades públicas que manejan, por ejemplo ASSE, la Universidad de la República, Ancap, y en general todo lo que se atiende con recursos públicos, tarifas, etc.

La política actual en materia de salud tiene tantas intervenciones en absolutamente todo lo que una mutualista puede hacer, que no es raro que el ministro las vea como si todas fueran unidades, sucursales, de una única entidad de salud, el estado. La distancia entre el sistema actual y un modelo totalmente estatal, es casi nula. Y lo es especialmente en la cabeza de los últimos ministros de salud pública. En efecto cuando piensan en una localidad analizan que allí la cobertura existe porque está tal o cual mutualista y no es así. Si las mutualistas dispusieran de un mínimo de autonomía probablemente hubiera mayor eficacia en la asignación de recursos, como producto de su competencia, de la evaluación que cada uno hiciera de sus mejores opciones. Y el estado debería en ese caso estar atento a cubrir deficiencias de cobertura geográficas, de nivel de ingresos, etc.

Finalmente la inquietud no es solo si sobran mamógrafos. La pregunta es cuál es el nivel de calidad asistencial, pero además, cuál es el espacio de optar libremente por lo mejor que le queda no solo a cada mutualista, sino en especial a cada ciudadano. Ese esfuerzo de coordinación de lo mejor y más eficiente desde el estado es de un socialismo que no ha sido exitoso en ningún área, en ningún lado; tampoco en Uruguay.

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