EDITORIAL

¿Cómo rompe la ola progresista?

Esta década ha tenido en muchos de los países sudamericanos a gobiernos que se autodefinieron de izquierda o progresistas. Tanto es así, que se ha llegado a hablar de una ola progresista en el continente. Sin embargo, distintos episodios de este último año dan cuenta de que ella ha perdido fuerza.

La mentada ola progresista se caracterizó por algo que, paradójicamente, no tuvo origen en el continente. Se trató de una coyuntura internacional comercial, económica y financiera muy beneficiosa para la estructura productiva de todos los países sudamericanos.

Comercial primero, porque desde su entrada en la Organización Mundial del Comercio en 2001, China apostó a crecer sobre la base de su comercio exterior. Se transformó así en gran importador de materias primas, esas que, justamente, produce en gran cantidad todo nuestro continente.

Económica luego, porque ese dinamismo comercial tonificó los precios de los productos de exportación sudamericanos: desde el cobre a la carne, pasando por la soja o el petróleo, todas nuestras materias primas se vendieron más caras, y así los países del continente recibieron mucho más dinero por los mismos productos que siempre habían exportado antes. La riqueza acumulada en estos años permitió altos crecimientos de todas las economías, mayor recaudación estatal, y como consecuencia de todo eso, mayor capacidad de los gobiernos de disponer de dineros para poder gastar en políticas sociales.

Fue una coyuntura financiera también excepcional, porque en toda esta década las tasas de interés en Estados Unidos permanecieron muy bajas y por tanto, miles de millones de dólares estuvieron prestos a ser invertidos fuera de los centros económicos mundiales más importantes. Los capitales fluyeron hacia nuestro continente y hubo entonces altos niveles de inversiones extranjeras directas que apuntalaron el dinamismo comercial y la riqueza económica de esta década. Así las cosas, a pesar de la disparidad de políticas aplicadas en los distintos países del continente, todos ellos crecieron económicamente y bajaron sus índices de pobreza.

Esta ola que benefició a todos está llegando a su fin. Primero, porque China cambió su objetivo de desarrollo sustentada en sus mayores exportaciones, y hace ya un par de años que apuesta a un crecimiento más moderado de su economía. Segundo, porque las tasas de interés en Estados Unidos cambiaron de signo. Y tercero, y como consecuencia también de todo lo anterior, porque se verifica un menor nivel de inversiones extranjeras en Sudamérica a la vez que un menor precio de nuestros productos exportables.

La consecuencia más notoria para nuestros vecinos ha sido un estancamiento o un retroceso económico que conocemos bien. En Argentina, el fin de la ola trajo consigo además un tiempo político nuevo, con el triunfo de Macri; y en Brasil, la depresión económica más importante desde la década de 1930 ha sido el contexto en el que se verifica su crisis política más aguda de los últimos 20 años. El chavismo en Venezuela, que ya no cuenta con un barril de petróleo a 120 dólares, vio cambiar totalmente el signo de su mayoría parlamentaria, y la crispación política con Maduro inició por estos días un proceso de referéndum revocatorio para acortar su período de mandato.

Pero el fin de la ola también va alcanzando a otros países. En Perú, es favorita a ocupar la Presidencia la hija de Fujimori, el neoliberal presidente de los años 90; en Bolivia, el planteo del presidente Morales de reformar la Constitución para permanecer en el poder fue rechazado por el pueblo; en Ecuador, las críticas a Correa ganan terreno; y en Chile, el gobierno de Bachelet recibe una aprobación de opinión pública bajísima, y su coalición gobernante está valorando la posibilidad de llevar de candidato para 2017 al expresidente Ricardo Lagos que, con 78 años de edad, parecería ser su mejor carta de triunfo electoral para intentar conservar el poder.

La ola progresista se va retirando del continente, pero cada país termina este ciclo de distinta forma. Las democracias consolidadas como la uruguaya y la chilena conservan fortalezas institucionales que admiten sin problemas alternancias en el poder, y ese camino parece querer tomar también la actual Argentina. Pero en el resto del continente el final de esta ola trae consigo un desafío político muy importante que pasa por saber si sus jóvenes y frágiles democracias serán capaces de consolidarse luego de esta década de gobiernos progresistas. ¿Se podrá ser optimista?

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