Editorial

Las propuestas de Astori

Si no hubiera sido responsable —directo o indirecto— de la conducción económica del país y figura prominente del gobierno en los últimos 11 años, las recientes declaraciones de Danilo Astori podrían sonar convincentes.

El problema es que quien ahora reclama profundos cambios en la enseñanza, la apertura comercial al mundo y más eficiencia de las empresas públicas contó con influencia y tiempo sobrado como para lograr que el gobernante Frente Amplio pusiera en práctica esas y otras iniciativas que él promueve.

La última entrevista que Astori concedió a un diario montevideano parece hecha a un gobernante en ciernes, que expone ante la gente sus recetas para el Uruguay.

Para empezar, sus propuestas para la enseñanza son tan cándidas como las de un recién llegado al comando del país. Veámoslas. "Sin cambios profundos en diversos frentes y en todos los niveles de la educación no lograremos el salto necesario en el desarrollo", pontificó Astori. Esa canción la venimos oyendo hace más de una década sin que se verifiquen esas transformaciones en todos los niveles. Por el contrario, última ley de educación mediante, el poder sindical —entronizado en la enseñanza gracias a la fuerza política que integra el declarante— sigue paralizando cualquier intento de progreso. ¿Qué hicieron Astori y su grupo para modificar esa situación en los dos últimos períodos de gobierno? Nada.

Algo similar pasa con la "imprescindible apertura al mundo" que el actual ministro de Economía postula porque no hay "ninguna posibilidad de seguir creciendo en base al mercado interno o exclusivamente recostado en la región". Cabe preguntarse si quien pronuncia esas palabras pertenece al Frente Amplio en cuyas filas se cantaba al unísono aquello de "Más y mejor Mercosur" o si el entrevistado participó o no en un gobierno cuyo titular repetía el sonsonete de que debíamos salir al exterior "en el estribo de Brasil".

Hay 11 años en los cuales Uruguay desechó posibles aperturas, desde la posibilidad de firmar un Tlc con Estados Unidos hasta el reciente abandono de las conversaciones sobre el Tisa, sin que Astori lograra evitar tales contramarchas.

También impacta la contundente opinión del ministro sobre lo que deben hacer —pero no hicieron desde el 2005 a la fecha— las empresas públicas. Según él, deben "rentabilizar las inversiones, racionalizar sus costos y consolidarlas como proveedoras de bienes y servicios de calidad".

La sola lectura de estos postulados resulta una amarga ironía a la luz de las pésimas inversiones realizadas por Ancap o los costos derivados de caprichos como construir el Antel Arena o la escasa calidad de servicios monopólicos que se brindan a la población, como el agua suministrada por Ose. Ni la rentabilidad, ni la racionalización ni la calidad signaron la gestión de las empresas públicas en estos 11 años sin que se viera al ministro —o al vicepresidente— Astori, desgarrarse las vestiduras e incidir en el gobierno para enderezar la marcha de los entes estatales.

Más allá de las contradicciones entre palabras y hechos que con sus respuestas produce el entrevistado, del contexto de su discurso se desprende una crítica implacable a la actuación del Frente Amplio en el gobierno en materia de educación, apertura al exterior y manejo de las empresas públicas. Es como si en los dos últimos períodos de gobierno el timón del país hubiera estado en otras manos y recién ahora, de golpe, Astori se asomara a la realidad, tomara conciencia de lo que debe hacerse y así se lo predica a sus correligionarios. ¿Por qué?

La respuesta es evidente: porque las circunstancias cambiaron, porque se acabó la bonanza que permitió el de- rroche en las empresas públicas, el asistencialismo sin coto del Mides, el ingreso de 60.000 nuevos funcionarios públicos y un aumento en el peso del Estado en la economía nacional como nunca se ha-bía visto en el país. Astori, como otros dirigentes de la izquierda nacional, enfrentan ahora la etapa más temida, la de la escasez de recursos, la de poner cara fea y decir que no a quienes piden sin cesar, la de ajustarse los cinturones y ordenar las cuentas. En suma, la de gobernar en serio.

Algunos dirán que es un mérito de Astori formular en público esta suerte de autocrítica que hace a través de sus propuestas en tres áreas bien definidas. Es posible, pero estarán también los que piensan, no sin razón, que el hoy ministro de Economía abrió los ojos demasiado tarde y que en modo alguno podrá enmendar en los próximos cuatro años los errores y omisiones de una década perdida.

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