EDITORIAL

A prohibir se ha dicho

Prohibir por las dudas, no ya el fracking sino la misma prospección de petróleo en el subsuelo nacional, sin evidencia técnica que fundamente en profundidad la medida, es desacertado y contrario al estado de derecho.

Aunque la noticia no es muy importante, la misma permite pensar un poco sobre el miedo a lo desconocido, sobre la desconfianza en la tecnología y en la inteligencia de los uruguayos, y sobre el afán de prohibirlo todo. Lo que se ha comunicado es que un grupo de diputados estaría promoviendo una ley para prohibir, no ya el fracking sino la misma prospección de petróleo en el subsuelo nacional... No se les conoce a estos diputados, no solo especialidad en el tema que no sería imprescindible, sino que se desconoce también —no lo han difundido en caso de existir— la evidencia técnica que fundamentara semejante medida —la prohibición de una actividad lícita— que solo puede establecerse en nuestro derecho en base a pruebas que hubiera de afectación al bien común. En otras palabras, prohibir por las dudas no solo es un dislate sino que no se puede, dentro de nuestro abollado estado de derecho.

La verdad es que prohibir el fracking sin mediar evidencia empírica indudable, contraria al mismo, se parece a todos los intentos que conocemos del pasado, por detener el progreso. Solo por mencionar algunos recuérdese —varios western lo retrataron— el afán de prohibir el lanar, todos los intentos de prohibir la agricultura, los afanes de perseguir a la soja, o al glifosato o a los transgénicos o, más cerca en el tiempo a los mismísimos eucaliptos, y toda la forestación artificial. Y permanecen todavía las discusiones en favor de una reforma constitucional para prohibir Aratirí y de paso toda la minería a cielo abierto. Todos estos movimientos evidencian el reflejo de la ignorancia, de la apuesta a cerrarse a investigar, a analizar, a correr el riesgo de promover el uso libre y responsable de todos los recursos conforme al derecho, y sin desmedro del bien común.

Debería considerarse por prudencia, que países como Estados Unidos, Canadá, China y más cerca Argentina, aprueban esta técnica. Y que habiendo otros que no, la verdad es que para prohibir la actividad debería hacerse con una ciencia, al menos del porte de la que existe en EE.UU. y Canadá. Mala cosa es cerrarse de antemano y por las dudas, como si el tema estuviera laudado. Es otra expresión de un enfoque en materia comercial y aplicable aquí, que es el principio precautorio que establece nada menos que la inversión de la carga de la prueba de inocuidad, trasladándola a otros, aun no teniendo pruebas indudables en contra de estos procesos. Esta postura que un país exportador no puede sensatamente suscribir es la que se lleva al paroxismo con la prohibición de marras. Del mismo tono de la que se aplica para frenar los transgénicos o para amenazar con el cuco en el etiquetado de alimentos.

Por cierto, si bien no compartimos en principio la prohibición del fracking, la podemos entender como una discusión posible. La otra, la censura lisa y llana de toda prospección petrolera, resulta excesivamente radical. Pensar que el país no cuenta con inteligencia suficiente como para regular la prospección de modo de armonizar legítimos intereses privados con el uso responsable de los recursos, es una agravio a los uruguayos y puede pecar a la vez de ignorancia.

El país ya legisló hace años una prohibición sobre energía atómica, que tiene mucho de disparate y habrá que rever en algún momento, dado que encierra la contradicción de que al mismo tiempo se compra energía a Argentina y parte de ella es de origen nuclear.

Cuando un legislador en tema tan delicado en lo científico, en lo ambiental, en lo económico, se siente con fuerza como para impulsar nada menos que una prohibición total para cuidarnos, hay que reaccionar a tiempo para bloquear este intento de detener lo que, bien administrado, puede representar un foco de progreso: como lo fueron el lanar, la soja, los eucaliptos, el glifosato o los plaguicidas y vacunas.

Un legislador entrevistado señaló: "Si me pregunta si es bueno, prefiero quedarme con lo que tenemos y que esta gente no esté acá". Y también: "No sé qué tanto le va a servir tener petróleo a Uruguay". Prohibir por las dudas, sin miedo a que su error pueda generar pérdida de oportunidades, sin suficiente fundamento detrás, no parece razonable. De fondo subyace una desconfianza en la capacidad del hombre de modificar en su beneficio el medio ambiente, aun corriendo el riesgo de deteriorarlo, a pesar de que de esa forma es como ha progresado la humanidad. En el fondo aún más importante que las napas y los suelos, el recurso natural más necesario y deteriorado es la libertad responsable y práctica. La libertad a secas.

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