EDITORIAL

El problema cultural

Solo en un país sin cultura y sin una vanguardia intelectual que lo desafíe a superar la mediocridad se pueden ver espectáculos políticos como los que vemos hoy en Uruguay.

El deterioro cultural que viene experimentando el Uruguay en las últimas décadas es un tema alarmante. La semana pasada fue una entrevista de la revista Domingo de El País con el crítico Elvio Gandolfo la que puso el tema sobre la mesa. Según Gandolfo, "veo un deterioro muy grande en lo cultural, en el sentido de ignorar hasta las cosas más básicas".

Este tema ya había sido centro de polémica durante la semana anterior en nuestro país, a raíz del fallecimiento del músico Daniel Viglietti, y la muy pueblerina discusión sobre declaraciones de la escritora Mercedes Vigil. El tono, las formas y los protagonistas de esta polémica dejaron otra vez en evidencia la chatura, ya ni levemente ondulada, que padece nuestra cultura actual.

Otra entrevista publicada por El País hace unos días, con el periodista y escritor Valentín Trujillo permitía valorar la magnitud de esta crisis cultural. Trujillo acaba de publicar un muy interesante libro sobre Carlos Real de Azúa, una de las figuras más brillantes de la cultura nacional del siglo pasado, cuya aparición debería haber generado mucho más movimiento y discusión que la muerte de Viglietti. Pero ni cerca.

En la entrevista Trujillo también dice algo doloroso. Menciona algunas personalidades legendarias como Emir Rodríguez Monegal, como Arturo Ardao, como Pedro Figari, como nada menos que Enrique Rodó, que no sólo carecen de cualquier tipo de análisis valioso contemporáneo, sino que ya son directamente olvidados por la sociedad uruguaya. Hay que destacar en este sentido la obra de la Sociedad Rodoniana, que viene intentando reflotar el pensamiento del autor compatriota. Un esfuerzo aislado y en general poco comprendido.

Lejos esto de ser un típico reclamo de quien cree que todo tiempo pasado fue mejor, resulta desolador ver el estado actual del arte en el país, de la literatura, de la pintura, de casi todas las expresiones culturales, que en otros tiempos supieron estar despegadas en la vanguardia al menos a nivel regional, y hoy languidecen en una existencia casi testimonial. Tal vez sea en la música donde se mantiene un poco ese liderazgo, aunque si vemos que en los últimos años la gran carta de presentación de la música nacional a nivel continental es la llamada "cumbia cheta", tampoco es para dormir tranquilo.

¿Por qué pasa esto? ¿Cuál es la raíz de esta crisis cultural que nos azota? Hay muchas explicaciones posibles.

Se puede hablar de carencias económicas, aunque por lo general es justamente en los momentos de mayor privación cuando la cultura tiende a florecer. Se puede hablar de la crisis educativa feroz que atraviesa el país. Se puede hablar de la falta de espacios propios donde brillar, en una sociedad avasallada por la invasión de productos culturales de países vecinos.

Pero, volviendo a la polémica de la semana pasada, se puede también mencionar un aspecto que fuera destacado por la escritora Vigil. Y es la cooptación que ha hecho cierta visión de izquierda retrógrada en el Uruguay, del mundo cultural nacional.

Esta cooptación se ha visto potenciada con la llegada del Frente Amplio al poder, quien ha repartido cargos, premios, posibilidades, entre los estamentos más adictos, funcionales y acríticos de la cultura nacional. Segregando y discriminando a cualquiera que no sea un entusiasta "aplaudidor" del grupúsculo dominante. Pocas cosas hay más letales para la cultura que esta forma de manejar sus estamentos. Especialmente en un país como el nuestro, donde el Estado tiene un papel tan relevante, y donde las leyes tributarias parecen hechas para liquidar cualquier impulso privado como los que nutren el mundo cultural en otras sociedades más avanzadas.

Algún lector ya afectado por esta deficiencia que denunciamos, podrá decir qué importa la cultura en un país con 250 mil personas que viven en asentamientos, donde el 30% termina el liceo, y donde la delincuencia en algunos barrios compite con la de El Salvador.

Solo en un país sin cultura y sin una vanguardia intelectual que lo desafíe a superar la mediocridad se pueden ver espectáculos políticos como los que vemos hoy en Uruguay. Con dirigentes que relativizan impunemente la corrupción, que denigran a las instituciones, como se vio hace apenas horas en el Parlamento, donde lo político está sobre lo jurídico, y para el partido que gobierna hace tres períodos la "carrera electoral" comienza tres años antes de las elecciones y es protagonizada por dos personas de 80 años. Un país sin cultura, sin mirada crítica, es un país en manos de la ignorancia y la demagogia.

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