EDITORIAL

El precio de la libertad

En esta parte del mundo donde lo militar tiene tanta mala publicidad, seguramente llame la atención el último saludo de fin de año del presidente Obama al pueblo estadounidense. Allí tuvo una deferencia especial hacia las fuerzas armadas de su país, y hacia cada uno de esos servidores públicos que dentro y fuera de fronteras batallan por defender y conservar la Libertad.

Siempre se puede encontrar errores y desvíos en esa defensa de la Libertad de parte de Estados Unidos. El más grave en los últimos años quizá sea la permanencia de la base de Guantánamo para disponer arbitrariamente allí de detenidos de guerra, violando todo principio de derecho internacional en la materia. Uno de los más publicitados en este 2015 que pasó, fue el bombardeo de su fuerza aérea en el norte de Afganistán, que tuvo como consecuencia decenas de muertos inocentes en un hospital administrado por la ONG Médicos Sin Fronteras. Finalmente, los menos conocidos por la opinión pública quizá sean los ataques discrecionales en Yemen, Pakistán, Afganistán, Siria e Irak, entre otros, de drones militares que han matado ya a miles de "terroristas" y otros "blancos civiles" en función del criterio exclusivo y arbitrario de Washington.

A pesar de todo eso, la simbología política y ciudadana de Estados Unidos tiene claro que defender la Libertad implica nobles sacrificios. En Washington está el Muro de la Libertad que soporta más de 4.000 estrellas doradas. Cada una de ellas representa cien estadounidenses muertos o desaparecidos en servicio en guerra. Allí están representados pues, los más de 400.000 que perdieron la vida desde la Segunda Guerra Mundial.

Importa todo esto porque los conflictos internacionales que serán protagonistas en este 2016 seguirán involucrando militarmente a las principales potencias. Rusia, Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, por ejemplo, participan activamente en la crisis siria; Rusia y la Unión Europea se enfrentan en la crisis de Ucrania; y en el mar de China, por poner un ejemplo más lejano, las apetencias de Pekín generan desconfianza y una mayor carrera armamentista en toda la región de Asia Pacífico.

Mientras todo esto ocurre, en esta parte del mundo hay cierta opinión pública que, con el viejo argumento pacifista, se deja convencer de que no se debe participar de ninguna guerra. Es un razonamiento descrito ya por Max Weber hace más de un siglo, y que refiere a la ética de la convicción: convencido de que las guerras son nefastas, alcanza con oponerse a ellas a todo precio para tener un mundo en paz. Fue lo que movió a la opinión pública europea frente al avance nazi alemán de los años 30; y fue lo que movilizó también en Europa a miles de jóvenes en los años 70 contra el peligro de la guerra nuclear en ese continente, que por entonces oponía a Estados Unidos y la Unión Soviética.

Frente a esa ética de la convicción se erige la ética de la responsabilidad. Es ella la que deja en claro, como Obama en su agradecimiento de fin de año, que la Libertad no es gratis y que precisa por tanto de sacrificios materiales y humanos. Si se quiere defender la paz y la Libertad, hay que estar preparado para hacer la guerra. Como Churchill en 1940, hay que estar pronto para proponer "sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor". O como Estados Unidos en los años 80, hay que hacer todo para ganar la Guerra Fría. Porque en definitiva, el orden liberal moderno ha definido con claridad que con las ideas ha de tenerse la mayor de las tolerancias, pero que con las conductas que buscan liquidar las garantías democráticas que nos hemos dado, hay que tener las mayores de las intransigencias.

Cuando iniciamos dos años de protagonismo clave en la mayor escena internacional como es la integración del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, debemos tener claro esta ética de la responsabilidad. Nuestra diplomacia no puede ceder al argumento propio de la ética de la convicción, que tan fácil es de decir y que tanto daño hace cuando se trata de enfrentar con decisión a los enemigos de la Libertad en el mundo.

Nuestro norte debe ser el derecho internacional, a la vez que ser conscientes de que la Libertad no es gratis. No para ganar protagonismo militar, que no nos cabe ese lugar en la escena internacional. Pero sí para ser dignos defensores de nuestros valores democráticos. No debemos ceder pues a un relativismo político muy extendido en la izquierda que se disfraza de pacifismo antiestadounidense, pero que en realidad desprecia los valores de la democracia.

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