EDITORIAL

El fin del populismo

La salida de escena de Dilma Rousseff en Brasil es una herida mortal para el populismo bolivariano que tuvo su apogeo en vida de Hugo Chávez, propulsor de la nebulosa idea de propagar el "socialismo del siglo XXI".

Aunque Brasil jugó siempre su propio partido en el plano de la política internacional, el Partido de los Trabajadores (Pt) liderado por Lula fue funcional a las ideas chavistas plasmadas en el bloque regional conocido como Alba. Ahora, sin el respaldo directo o indirecto de Brasil en nombre de la invocada hermandad de las izquierdas, el grupo bolivariano aparece más solo y debilitado que nunca en una situación de fragilidad causada ante todo por sus propios errores.

Venezuela, con su inflación galopante y su déficit abrumador, es el mejor ejemplo del fracaso de las ideas populistas que en las dos últimas décadas parecieron imponerse en buena parte de América Latina. Un fracaso que se hace más patente cuando se compara la situación venezolana con la de dos países andinos, Colombia y Perú, que le dieron la espalda a la prédica chavista y optaron por recorrer un camino con menos cantos a la épica revolucionaria pero con mayor sustento en la realidad. Mientras Venezuela está completamente arruinada y la crisis en los precios de las materias primas daña a la región, Colombia mantiene un crecimiento aceptable del PBI del 2,5% para este año en tanto Perú logrará un 3,7%. Ambos países no solo desdeñaron al grupo del ALBA sino que formaron la prometedora Alianza del Pacífico junto con México y Chile.

La demagogia, estatismo, despilfarro y asistencialismo que caracterizaron al régimen chavista tuvieron su punto de contagio a otros países que hoy pagan caros sus errores. El hasta hace poco invencible Evo Morales debió soportar que los bolivianos le negaran una nueva reelección al tiempo que su imagen política sufre una fuerte erosión. Algo similar ocurre con Rafael Correa, que si bien no aspiraba a ser reelecto, esperaba terminar su mandato con mejores índices de los que hoy presenta Ecuador, un aliado del populismo chavista de otros tiempos.

Ante la crisis política en Brasil el grupo del ALBA dirigido desde Caracas y La Habana denunció un complot del "neoliberalismo" inspirado, faltaba más, por el imperialismo estadounidense para "acabar con las fuerzas progresistas de la región", al decir del presidente venezolano, Nicolás Maduro. Es probable que los acuerdos comerciales entre Brasil y Venezuela sean revisados por el sucesor de Dilma, Michel Temer, y que los generosos créditos a Cuba acordados por los gobiernos del PT sean suspen-didos. De ahí la inquietud y las reacciones virulentas suscitadas en esos países por el desenlace del proceso de "impeachment" registrado en Brasilia. Unas reacciones que recibieron de entrada un rechazo frontal de parte de la cancillería brasileña, cuyo nuevo titular, José Serra, se muestra poco dispuesto a tolerar críticas del ALBA e incluso de Unasur.

Este cambio en las tornas en América Latina confirma la decadencia de las ideas de los gobiernos populistas con tendencias autoritarias y continuistas, así como su propensión a las administraciones signadas por la irresponsabilidad fiscal, caso este último el de Dilma Rousseff, quien sigue gritando a los cuatro vientos que no cometió "ningún crimen". Quizás sea cierto lo que dice en cuanto al Código Penal se refiere, pero sablear a los bancos estatales para financiar el déficit de su gobierno fue una demostración de esa irresponsabilidad fiscal de la cual el chavismo ha sido un paradigma.

Para quienes en Uruguay se embelesaron con los cantos de sirena de Caracas, el nuevo panorama latinoamericano debe hacerlos reflexionar y, sobre todo, abandonar la ridícula teoría de que todo nace en una conjura organizada desde Washington por las fuerzas de derecha y los medios de comunicación. Teoría que acaba de reiterar el inefable Evo Morales desde La Habana, quien opina que sus amigos políticos son víctimas de una "guerra mediática".

Sin embargo, es claro que no hubo ninguna conjura sino la mezcla del final de la bonanza y de políticas económicas erradas con una fuerte dosis de corrupción. Hoy, con Argentina y Brasil en una nueva senda, lo mejor que puede hacer Uruguay en el plano internacional es moverse con cautela, lejos de los eslóganes fáciles como las muletillas sobre la "patria grande" y las hipócritas apelaciones a la solidaridad en la familia de la izquierda. Ese tiempo pasó en una América Latina en donde las ideas políticas liberales y el sentimiento democrático vuelven, felizmente, a predominar.

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