Editorial

El polvorín del Oriente Medio

El Estado Islámico (EI) ejecutó a principios de enero, quemándolo vivo encerrado en una jaula, al piloto de la Real Fuerza Aérea de Jordania que había sido capturado en diciembre. Las circunstancias de la ejecución y la forma en que el EI manejó ese crimen con fines de propaganda (difundió un video mostrando la ejecución esta semana) son terribles, aún para una guerra que se ha caracterizado por actos de crueldad y barbarie.

En represalia, el gobierno jordano ejecutó las condenas a muerte de dos terroristas que habían sido juzgados hace un tiempo, incluyendo a una mujer que había participado en un atentado con bombas que tuvo lugar en la capital de aquel país, Aman, en 2005, y en el que murieron sesenta personas.

El rey de Jordania denunció el asesinato como un cobarde acto terrorista por un grupo criminal que no tiene relación con el Islam y afirmó que el deber de todos los ciudadanos de su país era estar unidos contra esa amenaza.

El padre del piloto le exigió al gobierno que hiciera algo más que ejecutar prisioneros para eliminar completamente el EI. El presidente Obama afirmó que lo sucedido redoblaría la determinación de la coalición liderada por los Estados Unidos de luchar contra esa organización terrorista en Siria e Irak.

La caída del avión F16 jordano en el territorio controlado por el EI y la suerte corrida por su piloto, han tenido un impacto en el seno de la alianza militar liderada por los Estados Unidos y cuyo elemento central es la campaña aérea con la organización terrorista. La alianza incluye cuatro países árabes: Arabia Saudita, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos y Jordania.

Los Emiratos acaban de anunciar que suspenderán los vuelos de sus aviones hasta que no se mejoren los sistemas de búsqueda y rescate de los pilotos derribados.

El EI cuenta con 25.000 soldados veteranos. Buena parte de su armamento fue conseguido durante su ofensiva en Irak, cuando divisiones enteras del ejército de ese país, organizado y equipado por los Estados Unidos, se dispersaron y huyeron. Hasta el momento, el EI habría sufrido unas cuatro mil bajas, la mayoría de ellas durante el asedio de la ciudad de Kobani.

Esta ha sido la principal derrota sufrida por el EI hasta ahora. Las tropas kurdas, con el decisivo apoyo de la aviación de la alianza, contuvieron la ofensiva de la organización terrorista y recuperaron la ciudad.

El EI es una síntesis virulenta de las diversas corrientes que agitan la estratégica región. Por una parte, hace un hábil manejo de las modernas comunicaciones electrónicas con fines de propaganda para llegar a una amplia audiencia en los países islámicos y en las comunidades de inmigrantes en Europa diseminar su mensaje, ganar adherentes y conseguir reclutas.

Por la otra, predica una interpretación arcaica, fundamentalista y extrema del Islam y considera que aquellos fieles del Islam que no están de acuerdo con ella son apóstatas. En sus avances, el EI ha llevado una campaña de conversiones forzadas, o de exterminio, contra los chiítas, kurdos, cristianos y otras minorías religiosas.

El EI ha establecido una administración que domina un amplio territorio donde puede moverse con relativa libertad. Y quiere más. Para el EI los países que surgieron de la disolución del Imperio Otomano son ilegítimos.

El año pasado, el líder del movimiento fue proclamado por los suyos como califa de todos los musulmanes y el nombre del movimiento fue cambiado de Estado Islámico de Irak y el Levante a Estado Islámico, para indicar sin margen de dudas su vocación de expandirse al resto del mundo árabe.

Ello le ha ganado enemigos poderosos. En su contra se consolida una amplia alianza que incluye a países que hace poco eran rivales, como Irán (con su mayoría chiíta), Arabia Saudita y los Estados Unidos.

Pero, la principal fortaleza del EI se encuentra en las fallas de las sociedades en Siria, Irak y otros países del Oriente Medio. Esas fallas incluyen el resentimiento causado por la situación con Israel, la hostilidad entre las grandes corrientes del Islam (el EI tiene su fundamento en la corriente sunita oprimida en muchos lugares por la mayoría chiíta), las tensiones generadas por el desarrollo económico y cultural en sociedades tradicionales, la marginación de sectores amplios de las sociedades, especialmente entre los jóvenes, y las fuerzas del conservadurismo religioso y en las costumbres que se resisten a abandonar su predominio milenario.

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