EDITORIAL

El policía y la panadera

Este incidente nos recordó que los procederes policiales deben cumplirse con respeto. Dejó en claro que hay un difuso enojo contra la tarea policial y un fuerte involucramiento social en la denuncia de excesos de funcionarios públicos.

El incidente entre el policía y la panadera en el barrio La Mondiola causó un revuelo bárbaro en las redes sociales, sobre todo a partir de un video que se difundió por doquier. El episodio en sí puede ser considerado anecdótico y no merecer la atención de un editorial, pero resulta útil porque permite reflexionar sobre varios temas de convivencia ciudadana.

En primer lugar, lo más evidente: el mayor protagonismo del ciudadano común y corriente que gracias a los adelantos tecnológicos y a las redes sociales logra difundir situaciones que antes eran mucho más discretas. El asunto no es nuevo y pone en el escrutinio potencial permanente a todas las autoridades públicas. Hoy fueron estos policías, mañana podrá ser cualquier otro funcionario en una oficina o en la calle. Es una realidad que llegó para quedarse y que permite a todos ser más exigentes con las formas en las que se conducen los servidores públicos.

En segundo lugar, fue unánime el rechazo a la actuación policial, tanto entre los vecinos que presenciaron el incidente como luego entre quienes vieron el video. Incluso desde el Ministerio del Interior se emitió rápidamente un comunicado en el que se dejó en claro que "no se comparte la conducta policial de los involucrados tal cual y como se observa en el video difundido". La reacción de las autoridades dio lugar a una posición muy clara: esa no es la policía que queremos. Se llamó además a que la ciudadanía esté atenta a este tipo de episodios para hacer las denuncias que correspondan cuando no se cumplan con los protocolos de actuación policial como, se señaló, ocurrió en este caso.

En tercer lugar, el incidente da cuenta de un malestar extendido con la policía que va mucho más allá de lo ocurrido frente a esa panadería. Hubo enojo porque llegaron seis patrulleros como refuerzo policial, cuando en realidad no se los ve tan rápidos y numerosos si la situación de seguridad es realmente grave. En efecto, más de un vecino en el video difundido se quejó de que mientras se montaba tan importante operativo por una trabajadora de buenas costumbres, resulta que la policía no logra "agarrar a los chorros". Y esos sí que hacen invivible el día a día en la ciudad, con sus decenas de rapiñas y robos cotidianos, y la policía "no hace nada".

Sin embargo, sobre lo que no se reflexionó tanto fue sobre lo que generó el incidente. Tomemos por buena la versión de la panadera que ocupó el lugar de víctima en el relato: "yo venía cruzando la calle y el policía venía pasando lentamente con el patrullero, mirando a una chica que estaba parada. Me di cuenta porque yo estaba detrás de ella (en la esquina), y le grité: ¡dejate de mirar mujeres y dejame pasar que quiero ir a trabajar! El policía me escuchó, frenó y cuando fue a retroceder yo ya estaba detrás del auto y entonces puse la mano para que no me llegara a pegar. Crucé la calle y el tipo me gritaba de adentro del auto: ¡andá a vender bizcochos!".

Si bien el "andá a vender bizcochos" forma parte de los errores del proceder policial, hay una pregunta elemental y anterior que nadie se ha planteado. Supongamos que es verdad que el policía estuviera mirando a una chica en una esquina mientras conducía, ¿es correcto que una persona lo increpe a los gritos en la vía pública porque, a su entender, ese mirar estaba fuera de lugar y porque el automóvil policial iba demasiado lento y le molestaba? En el mismo sentido, quien grabó el video, desafiante, dice al policía: "me encantaría que me llevara presa por filmar", y agregó, "vivimos en un país donde los policías son mediocres".

Aquí hay un problema grave que se dejó de lado porque toda la atención estuvo puesta en los errores policiales. El asunto radica en que para ejercer correctamente su tarea, la policía debe ser respetada. En cualquier democracia del mundo, llámese Alemania, Canadá, Francia o aquí en nuestra región, por ejemplo en Chile, increpar así a la policía implica terminar detenido. Ni que hablar si además se la insulta, como muestra desde su inicio el video.

Este incidente nos recordó que los procederes policiales deben cumplirse con respeto. Dejó en claro que hay un difuso enojo contra la tarea policial y un fuerte involucramiento social en la denuncia de excesos de funcionarios públicos. Finalmente, hizo evidente una extendida insolencia hacia la autoridad policial de la cual nadie habló. Ese enorme silencio muestra que infelizmente esa insolencia está completamente naturalizada, a pesar del muchísimo daño que hace a la convivencia social. Aunque a su vez provenga de la propia mala preparación y calidad de nuestra policía.

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