EDITORIAL

El planteo del Ejército

El planteo del comandante en jefe del Ejército Nacional seguramente no pasó desapercibido para nadie. Importa entenderlo cabalmente y apoyar lo que de bueno tiene como iniciativa.

Manini Ríos señaló que en el marco de las reuniones que se están teniendo en el diálogo social, el Ejército propondrá que los jóvenes que ni estudian ni trabajan tengan la posibilidad de incorporarse a la fuerza militar. No está pensando en algo obligatorio, sino que se ofrezca como una opción posible para esas nuevas generaciones que tienen dificultades para insertarse en la sociedad. Tampoco es que puedan tomar a todos los que están en esa situación, que según el Instituto Nacional de la Juventud (INJU) son más de 130.000 en total, sino que en un inicio podrán ser cerca de 1.000 los que se integren al Ejército. Finalmente, no se trata de que se haga gratis, sino que la idea inicial es que los jóvenes reciban un viático de alrededor del 50% de la remuneración de un soldado.

El objetivo general es que lo militar permita a esos jóvenes recibir dos tipos de beneficios. Por un lado, en un contexto de desarticulación social y falta de incentivos, el Ejército puede formarlos en algo muy importante que es necesario para todo en la vida: la disciplina. Por otro lado, a través de la enseñanza de oficios y de reglas de convivencia en su pasaje por el Ejército, los jóvenes llamados "ni-ni" podrán hacerse de herramientas para desenvolverse en la vida con un trabajo propio. Por tanto, tendrán una luz de esperanza para su futuro laboral y familiar.

Lo que expresa el comandante en jefe no es raro ni excepcional. Sabido es que en la formación de los Estados-nación hacia finales del siglo XIX por ejemplo, el enrolamiento militar permitía una uniformización de las nuevas generaciones en cuestiones básicas como la disciplina, la socialización y hasta el uso de un lenguaje en común. En esta dimensión de la formación social, los jóvenes complementaban de esta manera la primera uniformización que consistía en su pasaje por la escuela. Así ocurrió en varios países europeos que, además, hicieron del servicio militar un requisito obligatorio durante la mayor parte del siglo XX para todos los integrantes de cada nueva generación.

Esta propuesta se plantea en un contexto en el que se hace absolutamente urgente mejorar la situación de estos integrantes de nuestras nuevas generaciones que, por cierto, no son pocos proporcionalmente: representan a cerca de uno cada cinco del total de los jóvenes del país según el INJU. Hemos pasado por una década de bonanza. Pero lejos de mejorar la situación gracias a contar con más recursos para ello, lo que ha ocurrido es que se ha asentado esta marginación social juvenil.

Por un lado, todos sabemos que los resultados educativos son una catástrofe, sobre todo para los hijos de las clases populares. Hace algunos días se conoció que somos el peor país del mundo en lo que refiere a la desigualdad de conocimientos adquiridos en función del nivel socioeconómico que se tenga. Por otro lado, es evidente que la marginación social es caldo de cultivo para actividades delictivas protagonizadas por jóvenes, sobre todo hurtos y rapiñas, las que ya nos sitúan como el país con mayor índice de población carcelaria cada 100.000 habitantes en toda la región. Las cárceles están llenas de jóvenes de origen socio- económico desfavorable que han perdido la batalla de la inclusión social.

Seguramente, no tardarán en llover las críticas que manejarán los argumentos izquierdistas de siempre: que estaremos militarizando a la sociedad; que el Ejército no es un lugar de estudio ni le corresponde cumplir esa función; o cualquier otro argumento parecido que incluya alguna referencia a la última dictadura de la cual salimos hace más de 30 años. Mientras tanto, en todos estos años, nada sustancial se ha hecho para cambiar esta realidad terrible que sufren los que menos tienen. Mientras tanto, todo sigue como está, es decir, cada vez peor.

Es de esperar que la miopía ideológica no le gane al sentido común. Seguramente, la propuesta del comandante en jefe del Ejército Nacional precise ser afinada, discutida y mejorada. Y seguramente su implementación también precise de recursos económicos, de nuevos marcos legales y, sobre todo, de una evaluación real y pública que permita a todos medir la eficiencia del nuevo instrumento.

Pero lo que está claro es que es una iniciativa muy bienvenida que no puede ser rechazada por prejuicios ideológicos. Se precisa una acción urgente y decidida. Es lo que plantea el Ejército.

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