editorial

La pérfida derecha

A medida que avanza la campaña electoral para el balotaje en Argentina, el campo kirchnerista recurre a duros recursos de comunicación para atacar al candidato que según todas las encuestas es favorito: Mauricio Macri. Pero lo que allí se ve no es algo fuera de lo común dentro del bloque autodenominado progresista de la región. Su idea de que tiene un enemigo conformado por fuerzas de la derecha, a veces conservadoras, otras veces neoliberales, y otras veces reaccionarias, se extiende incluso en nuestro país.

En efecto, en las últimas semanas distintas figuras del FA quieren hacer creer que existe una campaña feroz contra su gobierno armada por esa mentada derecha. El argumento es sencillo: las denuncias de corrupción que involucran a sindicatos aliados al Frente Amplio o a jerarcas del gobierno, las noticias de las malas gestiones en los entes públicos, y la crítica hacia las ineficientes políticas públicas en sectores fundamentales como seguridad y educación, deben leerse como un ataque de la derecha.

Esta derecha nuestra, según estos dirigentes frenteamplistas, participa de una lógica regional que procura echar por tierra los avances progresistas de estos años en Sudamérica. Según ellos, la derecha tiene un discurso antidemocrático, ya que, por ejemplo, pone en tela de juicio en el caso de Brasil la continuidad de Rousseff en la Presidencia. Así las cosas, el relato de estos dirigentes alinea fácilmente a esta pérfida derecha con las simpatías golpistas del pasado de cierta vieja oligarquía antidemocrática sudamericana, propia de mediados del siglo XX. Incluso más: parte de la defensa del gobierno de Maduro que ensaya el Frente Amplio, por ejemplo, pasa por deslegitimar, por golpista, a la actual oposición venezolana.

El problema de todo este argumento que quiere integrar al Uruguay en una lógica regional de enfrentamiento de bloque progresista por un lado, contra pérfida derecha por el otro, es que es completamente ridículo.

Para empezar, porque ninguno de nuestros partidos políticos opositores tienen identidades que puedan formar parte de esa categoría de derecha sudamericana conservadora, golpista, oligarca o lo que fuere. Como ya explicara hace tantos años Carlos Real de Azúa, entre otros, nuestra mediana sociedad, con sus medianas aspiraciones, es una sociedad amortiguada en la que se verifica, desde siempre, la debilidad de sus clases económicas más altas. Nuestros partidos opositores son todos policlasistas, y todos, invariablemente, adhieren a las instituciones democráticas que nos rigen. Además, no es verdad que haya un arreglo entre las clases económicamente altas y los partidos tradicionales, por ejemplo, para ir contra el gobierno.

Aquí ya es hora de que el Frente Amplio se sincere en su diagnóstico: buena parte de esas clases económicamente acomodadas adhieren, en realidad, a la izquierda.

Para seguir, porque ningún partido presenta hoy programas alternativos al Frente Amplio que traigan consigo medidas liberalizadoras, privatizadoras, neoliberales y propias de una pérfida derecha insensible a la igualdad social. Revísense las propuestas electorales del año pasado y se verá que, en realidad, todas plantearon matices diferentes sí, pero bajo un amplio consenso en mantener un Estado benefactor, con un fuerte papel en apuntalar políticas sociales y en fijar líneas relevantes del rumbo económico del país desde un sector público activo. Para decirlo sencillo: aquí nadie plantea desandar el rumbo de la economía social de mercado que nos ha marcado por décadas.

Para terminar, porque los problemas de la izquierda en el poder no son la consecuencia de un accionar meticuloso de una pérfida derecha presta a pegar un zarpazo conservador apenas pueda. Cuando se deja de lado esta explicación internacionalista teórica, irreal y torpe, se podrá ver fácilmente que los principales problemas del gobierno del Frente Amplio vienen de sus propias contradicciones internas. Hay pujas de liderazgos con graves consecuencias que llegan ya a provocar, incluso, algunos nervios en los mercados. Y a ellas se suman las promesas que en 2014 el Frente Amplio hizo a la ciudadanía y que, notoriamente, no está cumpliendo. Porque no trajo consigo las certezas que decía tener.

Eso de que hay una derecha intrigante que está perjudicando al Frente Amplio se parece más a uno de esos cuentos ideológicos que entretienen con historias de aventuras a los aguerridos integrantes del comité de base, que a una interpretación seria de la realidad política del país.

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