EDITORIAL

No perdamos el tren otra vez

El sector productivo del Uruguay solo podrá insertarse en el mercado externo si hace la diferencia en calidad, precio y continuidad de su oferta, y para eso necesita mano de obra calificada, empresarios con sentido del riesgo y reglas de juego estables que atraigan a las cadenas de producción a nuestro mercado nacional.

La realidad muestra que casi los dos tercios del comercio mundial se realiza entre empresas y que el 60% de los bienes que se comercializan son semiterminados; las relaciones comerciales han pasado a ser transnacionales y, actualmente, las cadenas de producción se complementan en diversos mercados tomando de ellos los bienes o servicios que mejoren su productividad y su competitividad internacional.

En consecuencia, el camino elegido por actores de diferente potencialidad económica es la celebración de acuerdos preferenciales ya sean bilaterales, regionales o plurilaterales, por lo que aquellos bloques o países que se mantengan al margen se verán perjudicados directa o indirectamente.

China es el actor principal en el comercio internacional sin necesidad de acuerdos preferenciales, y se ha convertido en el primer exportador de bienes del mundo y el tercero de servicios. Y por si eso fuera poco, dispone de una alta tasa de ahorro doméstico al tiempo que en el mercado de capitales es el mayor acreedor del mundo (en particular de los Estados Unidos).

Por otra parte, su rol de financista se ha fortalecido compitiendo institucionalmente con los organismos de Bretton Woods inyectando miles de millones de dólares en proyectos de infraestructura y servicios, tanto en su cercanía geográfica como en América Latina y el África.

A pesar del enlentecimiento de su crecimiento, en el 2016 continúa siendo el primer socio comercial de Brasil, Chile y Uruguay, al tiempo que se ha erigido en inversor importante en infraestructura y comunicaciones en la región. Su estrategia globalizadora, aunque más lenta por la necesidad de invertir más en su mercado interno, muestra una presencia relevante en América Latina, sobre todo porque Brasil (el país continente) atraviesa una preocupante crisis económica.

No puede ignorarse que las decisiones de la economía china pueden incidir en todas las variables que hacen a la agenda global. Y menos aún que el grado de apertura de su cuenta de capital, la variación del tipo de cambio y su expansión comercial requieren de respuestas y alianzas destinadas a nivelar el campo de juego.

Los nuevos acuerdos comerciales integran la estrategia que han definido las economías desarrolladas de la mano de otras en vías de desarrollo, ya que han tenido un aumento casi exponencial y, a diferencia de los 40 que se registraban al concluir la Ronda Uruguay, actualmente superan largamente los 250.

Por otro lado, esos acuerdos muestran un cambio cualitativo, porque si bien se siguen llamando regionales, ya no se celebran entre vecinos geográficos sino entre socios de cadenas de valor, actuales o futuras.

Cabe preguntar, por ejemplo, por qué los países como Chile querrían entrar en un acuerdo como el TPP si no obtienen mayores beneficios por un acceso arancelario preferencial. La respuesta es que, una vez eliminados los aranceles, lo importante es lograr una "convergencia regulatoria" entre los socios que suprima o armonice las normas que afectan el comercio e inciden negativamente en los costos de las transacciones comerciales. En otras palabras, está probado que hoy en día las medidas no arancelarias tienen más importancia que los aranceles.

Basta comprobar como Vietnam, gobernado por un único partido comunista, está dispuesto a ser más aperturista que Uruguay y se "arriesga" a negociar agricultura, manufacturas, servicios y, sobre todo, a modificar las normas que hacen al funcionamiento de sus empresas estatales.

Por tales motivos, el Uruguay no tiene otro camino que potenciar su inserción externa incorporando los nuevos temas que puedan facilitar su mayor acceso a otros mercados, ya sea negociando unilateralmente con Chile o la propia China.

No se trata de romper el Mercosur sino de adoptar una posición más flexible que le permita al sector productivo nacional diversificar el destino de su producción más allá de la natural relación con Brasil y la Argentina.

El tren que ya dejamos pasar una vez vuelve a darnos otra oportunidad. Si el Pit-Cnt o un superado proteccionismo vinculado a ineficientes monopolios estatales prevalecen por sobre el interés nacional, se corre el riesgo de quedar literalmente en la "vía".

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