EDITORIAL

De los peores de la historia

Las noticias que han puesto más movido de lo habitual el fin de año y el comienzo del 2016 han arrojado más luz sobre la presidencia de José Mujica. Cuantos más números e información se conocen, peor luce su gestión y más dañada queda la imagen del "presidente más pobre del mundo".

Quizá más rápido de lo que muchos presagiaban, la verdad está alcanzando al mito y Mujica empieza a verse como lo que realmente fue: uno de los peores presidentes de la historia del Uruguay.

La imagen de pop star que ha desparramado por el mundo y una interesada mirada sobre el expresidente, contrasta nítidamente con la visión que tienen los uruguayos, que día a día van enterándose de más y más sucesos que los decepcionan. Muchas personas que no votaron a Mujica pensaron que el viejo exguerrillero podía ser el hombre que encarara los cambios que el Uruguay requería, y que la maquinaria sindical, esencialmente la estatal, junto a nuestra cultura batllista, vienen trancando desde hace décadas. La realidad no pudo ser más decepcionante.

Mujica durante los cinco años que duró su gobierno siguió siendo un folclórico analista radial de la realidad, de la que opinaba como un orejano siendo el presidente de la República. Sus insólitas intervenciones comentando lo que debería hacerse cuando él tenía el poder para hacerlo, resultaban patéticamente irresponsables y frívolas. Más aún si recordamos que tenía mayoría parlamentaria propia para impulsar proyectos y una bonanza económica que le permitió derrochar recursos en forma lastimosa en vez de utilizarlos razonablemente para avanzar en las soluciones de los grandes temas del país.

Los pocos temas en que puede exhibir algún logro provinieron de sectores minoritarios del Frente Amplio, del exterior como el Sr. Soros, o desde grupos de presión locales, y sus méritos son dudosos. La mal llamada "agenda de nuevos derechos" como la legalización de la comercio de la marihuana con monopolio y nueva agencia estatal incluida, la despenalización del aborto y el matrimonio igualitario, claramente no fueron impulsados por Mujica sino por el Parlamento ante la indiferencia del expresidente. Solo cuando su curiosa imagen de profeta tercermundista empezó a calar en el mundo es que empezó a aprovecharse de esos "logros", en particular de la reglamentación sobre la marihuana que, como bien sabemos los uruguayos, terminó siendo —valga la metáfora— una cortina de humo intoxicante.

En los asuntos de fondo como la educación, la salud o la seguridad su legado es inexistente o de franco retroceso. Nunca el país atravesó un período de tamaña prosperidad económica mientras sufríamos una degradación social de la magnitud que experimentamos en los pasados cinco años.

Esa es la verdad de la milanesa que comienzan a reconocer connotados frenteamplistas en diversos medios de comunicación, periodistas afines al oficialismo e independientes, y los uruguayos azorados ante las "explicaciones" de Mujica sobre la fundición de Pluna y Ancap.

Mientras tanto hoy Mujica elude el debate público, huyendo vergonzosamente del Senado cuando se discuten los temas que duelen, mientras se pasea por el mundo dando charlas que van del lugar común al ridículo. Allá él y ese personaje absurdo y falso que inventó como luchador de la democracia y gran presidente cuando la realidad, todos lo sabemos, es exactamente la inversa. Lo que sí importa ahora es comprender el daño inmenso que le hizo al Uruguay su discurso desintegrador, su falta de contracción al trabajo, su descalificación de los profesionales y la gente que se esfuerza, sus mensajes vacíos de contenido pero insultantes y divisionistas, entre otros dislates.

Tan mala fue su gestión como la degradación cultural que le infligió al país y que hoy sufre el propio Frente Amplio y especialmente el presidente Vázquez que notoriamente no comprende las nuevas reglas del Estado de cabotaje que le legó su predecesor.

Ha pasado menos de un año de que José Mujica dejara el gobierno y ya la realidad rompe los ojos. No fue necesario el juicio de la historia para verificar que podrá ser un personaje fascinante para Kusturica o algunos turistas suecos, pero para el Uruguay fue una realidad nefasta con consecuencias de largo plazo. Pudo ser el gran presidente que necesitábamos, pero prefirió ser un diletante rencoroso que se preocupó más por su vanidad que por el interés nacional. Que al menos nos sirva de lección, ya que no para otra cosa.

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