EDITORIAL

La Pax Americana

La gran mayoría de los socios de EE.UU. en la OTAN no estaban haciendo los aportes comprometidos (2% del PBI) en gastos de defensa, a excepción de cuatro de ellos. Fiel a su estilo, Trump larga una primera bomba: sugiere que EE.UU. podría no sentirse obligado.

Hoy, la gran pregunta en las más altas esferas del poder en la mayoría de los países del mundo, es si la garantía norteamericana de defender la paz en Europa ha llegado a su fin. No es una preocupación vacua, ya que el solo cambio de percepción puede traer aparejadas consecuencias muy serias. Después de la Segunda Guerra Mundial, una vez terminados los últimos ajustes en cuanto a las esferas de influencia y derrotada la guerrilla comunista en Grecia e Italia, Europa comenzó a vivir en paz. Truman, seguido por Eisenhower, a través de una explícita política disuadía cualquier tipo de aventura militar que fuera a cruzar fronteras entre los países y bloques que se habían formado en Europa. Había certeza de que si los soviets se propasaban la respuesta era Armagedón (Massive Retaliation), y por lo tanto no ocurrió nada así y pasaron 70 años en los que Europa se reconstruyó y progresó, no en forma pareja pero sí en calma, durante un período inusualmente largo para ese continente con semejante tradición de sangrientas luchas e invasiones.

Hubo conflictos en otros lados en los cuales intervinieron algunas potencias europeas, pero en el continente se evitó la guerra entre naciones. No fue que faltaran ocasiones de choque, como cuando la URSS bloqueó el acceso de camiones y trenes con aprovisionamiento a la zona aliada de Berlín; el debate sobre Trieste que finalmente quedó en 1954 para Italia, o la invasión turca a Chipre, entonces griega. Y en distintas épocas los levantamientos en Berlín, Budapest, Praga y Poznan, y los consecuentes a raíz de la disolución de Yugoslavia, donde los que eran sometidos clamaban pidiendo ayuda. La aversión a una guerra —el riesgo de desencadenarla— primó por sobre las simpatías. Hubo sí represión y las cosas siguieron como antes.

Este era el escenario hasta la implosión y el desmembramiento de la Unión Soviética ocurrida a principios de la última década del siglo pasado. Los llamados países satélites y varias repúblicas de la ex URSS renacieron y se independizaron. Entre ellas Ucrania con la península de Crimea —la joya del imperio—, la cual fue añadida por los soviets años atrás por conveniencias administrativas.

Vladimir Putin, un carismático autócrata, invadió Crimea y la incorporó a Rusia. Y no solo eso, porque además sigue promoviendo la rebelión en el este de Ucrania, suministrando armas, apoyo, e inclusive empleando tropas propias sin distintivos de identificación, llamadas en la jerga bélica little green men. Obama, entonces Presidente de Estados Unidos, logró imponer importantes sanciones cuyos efectos se magnifican por causa de la caída del precio del petróleo coincidente.

Es en esta situación que aparece el fenómeno Trump. El norteamericano expresó públicamente su interés por mejorar las relaciones de su país con Rusia. El deseo es mutuo. Coincide en esta coyuntura la guerra contra el fundamentalismo islámico, y el hecho de que Rusia puede ser un aliado efectivo y de peso, si bien a veces resulta incómodo.

Otro tema urticante lanzado por Trump es que la gran mayoría de los socios de EE.UU. en la OTAN no estaban haciendo los aportes comprometidos (2% del PBI) en gastos de defensa, a excepción de cuatro de ellos. Fiel a su estilo, el nuevo Presidente larga una primera bomba: sugiere que EE.UU. podría no sentirse obligado a defender a países que no son capaces de invertir en su propia seguridad. Gran conmoción. Segunda bomba: elípticamente insinúa que algunos países (se refería a Alemania, Corea del Sur y Japón) podrían contemplar la adquisición de un arsenal nuclear, contraviniendo una larga, aunque algo fallida, política de no proliferación (Corea del Norte, Paquistán, India, Israel) pero implícitamente desligando a los EE.UU., dando a entender que son ellos los que tienen la responsabilidad de salir en defensa o en castigo de algún acto de guerra. Otra bomba Trump: que la OTAN y su misión están obsoletas.

Después de este cóctel todo el mundo se ha inquietado, porque el freno que se pensaba existía, resulta por lo menos dudoso, impredecible. Después de Stalin, cuando la URSS era gobernada por prudentes gerontes (con la excepción de Kruschev-Cuba-misiles) no habían mayores dudas, pero hoy con Putin es diferente. Para frenarlo se necesita una sólida estrategia, y, para el bien de todos, esta debe presentar una creíble amenaza que evite aventuras tipo Crimea en, por ejemplo, los pequeños países del Báltico. El nuevo zar ruso podría verse tentado por la desunión de criterios del otro lado, a la vez que empujado por sus circunstancias políticas, dado el difícil clima económico en su país.

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