Editorial

Patente de corso

Todos sabemos y aceptamos, con mayor o menor resignación, que existe un doble estándar moral para medir a los intelectuales uruguayos. Aquellos que pertenecen al Frente Amplio pueden convivir, anfibiamente, sin ninguna consecuencia negativa, en centros académicos, en general oficiales o que reciben fondos del Estado y militar más o menos explícitamente, para su "fuerza política".

En cambio, para quienes no comulgan con la izquierda todo se vuelve cuesta arriba, son mirados como bichos raros si integran algún instituto estatal y suelen ser marginados a centros privados o a vivir de otras tareas. Cuando los primeros opinan desde su cátedra sobre algún tema de actualidad, en pose de próceres de la Patria, nadie les cuestiona si sus opiniones como "expertos" están viciadas por su ideología política. Cuando los segundos opinan se da por descontado que lo hacen enfervorizados por su afán opositor y haciéndole los mandados a las multinacionales y al capitalismo salvaje.

Ni siquiera las relaciones carnales de Mujica y su gobierno con George Soros y las nuevas fuentes de financiamiento de la izquierda para sus campañas, otrora demonizadas y hoy santificadas, han cambiado esta realidad. Para un intelectual uruguayo ser de izquierda da patente de corso para expresar cualquier opinión seudocientífica con carácter respetable, mientras que quienes no lo son siempre están bajo sospecha. Y si están marcados como blancos o colorados, que Dios los ayude.

Sobran los ejemplos para dar cuenta de esta hemipléjica realidad. En el rubro de los politólogos podemos recordar a Constanza Moreira cuando opinaba "objetivamente" como directora del Instituto de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Sociales. O también en transmisiones electorales o artículos de opinión, los comentarios "neutrales" de Buquet, Chasquetti y Caetano, sólo para mencionar los más chocantes. Ni siquiera se le ocurre a algún programa de televisión o de radio invitar a cumplir el mismo rol a los politólogos con simpatía por los partidos tradicionales o en la sospechosa actitud de verdadera neutralidad profesional.

En la góndola de los economistas sucede lo mismo. Desde el Instituto de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas se defienden las tesis más generosas para la actual conducción macroeconómica, muchas veces incluso más oficialistas que las del propio gobierno, a contrapelo de la opinión mayoritaria de los analistas. Pero en los medios de comunicación vemos sin que nadie se ruborice, los ditirambos más exaltados por parte de la directora del Instituto y otros "investigadores".

Estas reflexiones vienen a cuento de la carta dada a conocer por estos días por parte de 24 "intelectuales de izquierda" en contra del Trade and Services Agreement (TISA). Firman la misiva personajes como Marcelo Abdala, Rodrigo Arocena, Gerardo Caetano, Roberto Conde, Alberto Couriel, Roberto Kreimerman, Daniel Olesker y Joselo López, entre otros. Veintidós hombres y dos mujeres, que no cumplen la cuota pero les permite autodenominarse "ciudadanos y ciudadanas"

Basta leer unas líneas de la breve epístola para comprobar que no se trata de un análisis sesudo sino de un panfleto. Amén de la supina ignorancia que trasuntan las afirmaciones temerarias que conforman el libelo, queda explícita una contradicción que lo destruye. Por un lado se acusa de "práctica antidemocrática" la "naturaleza secreta de las negociaciones" y por otro se sostiene que "Uruguay tiene poco para ganar en este acuerdo y mucho para perder". ¿En qué quedamos? ¿Es un acuerdo secreto del que no se conoce nada o que ya sabemos que es pésimo? Una de dos, pero este grupo de "intelectuales de izquierda" se llevan lógica a marzo.

Entre lugares comunes y bombas asustaviejas la carta es un deplorable ejemplo de lo que señalábamos al comienzo: querer pasar como análisis intelectual lo que es ideología panfletaria en estado puro. Algo que deteriora la calidad del debate sobre un tema relevante para el país y que nos aleja de las verdaderas oportunidades de crecimiento y desarrollo que tenemos por delante. La mezcla de ideología dogmática con defensa de intereses corporativos como los de COFE, junto al conservadurismo más esclerosante, son una muestra inmejorable de lo peor de nuestra intelectualidad, si es que puede llamarse así.

Estos ciudadanos y ciudadanas tienen todo el derecho del mundo a expresarse sobre este y cualquier asunto como les plazca, pero no a pretender que tomemos su lastimoso panfleto como insumo para el estudio del TISA.

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