EDITORIAL

"El padre de la novia"

En el comienzo de la investigación judicial sobre la bancarrota de Ancap, la glamorosa inauguración de una planta industrial con la presencia de Cristina Kirchner puede apreciarse como el primer acto de campaña electoral de Sendic.

Aunque la fiesta inaugural de la planta desulfurizadora de Ancap es asunto menor en la investigación judicial sobre las colosales pérdidas de esa empresa estatal, no hay duda que aquel ágape pantagruélico es un símbolo del desquicio consumado por sus jerarcas de entonces. El "tirá que se derrame" como lema para organizar los actos, la preeminencia inexplicable otorgada a una agencia publicitaria y la falta de sentido del ridículo de sus responsables, tal vez no se tipifiquen como delitos penales, pero representan fielmente la actitud con la que se perpetraron abusos y errores en el ente petrolero en los gobiernos del Frente Amplio, en especial en el de José Mujica.

La evocación de aquella jornada bochornosa de agosto de 2013 empieza con el show de la estrella invitada, Cristina Kirchner, quien en un gazapo histórico presentó a la planta como el resultado de una inversión argentina (cuando en realidad fue pagada por todos los uruguayos) sin que nadie se atreviera a corregir sus palabras. Peor aún, entre el atronar de los bombos de la pandilla de "La Cámpora" que vino con ella cual guardia de corps, fue abrumada por los elogios de sus anfitriones, a los que se agregó el colmo de una zalamera alabanza a sus encantos femeninos prodigada por Marcelo Abdala a nombre del Pit-Cnt. Daba vergüenza ajena.

La homenajeada (que retribuyó el piropo con un emocionado "¡Gracias, Turco!") era la gobernante que hostigaba a nuestro país por todos los medios. La de los proyectos grandiosos bajo patronazgo argentino como "el tren de los pueblos libres" que nunca llegó a unir las capitales del Plata y que hoy se investiga por corrupción en Argentina. La misma señora que en esa jornada glamorosa —concebida por el "licenciado" quizás como lanzamiento de la campaña electoral que lo llevaría a la vicepresidencia— dijo que "podemos ayudar a Uruguay a tener hidrocarburos" y osó ensalzar a los trabajadores de Pluna por su empeño en recuperar la compañía aérea. Fue, sin duda, la reina de la fiesta.

Toda aquella fanfarria de música, alcohol y canapés que deslumbró a más de uno sirvió para ocultar los aspectos más inquietantes del emprendimiento que se estrenaba. Uno, que el costo de la construcción de la planta que se estimó inicialmente en unos 90 millones de dólares se elevó a la postre a 400 millones, un error de cálculo descomunal sobre el cual será interesante escuchar las explicaciones ante la justicia de Sendic y su elenco. Otro detalle ignorado es que apenas once días después de aquella espectacular inauguración, la planta dejó de funcionar porque "el sector gasoil está paralizado y permanecerá inactivo por lo menos un mes y medio por la rotura de un intercambiador", según explicó un comunicado filtrado días después. Luces y sombras de una fiesta inolvidable.

Que aquella verbena haya costado cerca de 400.000 dólares y que se gastara otro tanto en la propaganda de la inauguración es poca cosa en comparación con la seguidilla de desaguisados cometidos en otros terrenos por los conductores de Ancap y que serán tratados en próximas audiencias ante la justicia. Por eso, es apenas una formalidad indagar el pasamanos de culpas sobre la decisión del gasto para saber si el derroche fue resuelto por los mandos medios de Ancap o de La Diez, una agencia publicitaria desconocida hasta que ganó primero la cuenta de ALUR (otra inagotable fuente de pérdidas) y después la cuenta entera y verdadera del ente, una adjudicación que fue protestada en bloque por todas las agencias participantes en la licitación de la que era por entonces la mayor cuenta publicitaria del país.

Vista la catástrofe de Ancap y su docena de empresas satélites, tampoco es trascendente confirmar si Sendic intervino directamente en la preparación de aquel sarao, si eligió personalmente cada saladito o si dispuso qué lugar ocuparían invitados de la talla de Cristina y Mujica, nada menos que dos Jefes de Estado acompañándolo en su epifanía. Al parecer sí lo hizo según declaró un gerente de Ancap en el juzgado al asegurar que en la organización de la fiesta Sendic actuó como si fuera "el padre de la novia... decidía si el plato era caliente o no...". Si así fue, más le hubiera valido usar su tiempo en tapar los agujeros de una empresa que hacía agua mientras él preparaba su gran salto a la política con su bien financiada lista 711 y aquel eslogan que le robaría al ente ruinoso que dejaría de presidir: "El Uruguay que queremos".

Un Uruguay que, a la luz de tanto despropósito, vivirá mejor cuanto más lejos esté de lo que quieren Sendic y los suyos.

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