Editorial

Nuestra comunidad espiritual

De acuerdo a la conocida y acertada definición de Wilson Ferreira, el Uruguay es y solo puede ser una comunidad espiritual. A nuestro país, a diferencia de otros, no lo define una religión, un accidente geográfico, una raza o un idioma que nos distinga de nuestros vecinos, por lo tanto, lo que une a los uruguayos es la lucha por tener el destino común que finalmente tuvimos.

Esa fuente de nuestra unidad nacional nos obliga a ser celosos custodios de nuestra construcción social, política y cultural, porque en ella se juega la suerte de nuestro país en una dimensión ciertamente más profunda que en los aciertos o desaciertos de la política económica.

Nuestra comunidad espiritual se forjó con la determinación de miles de personas que dieron su vida primero para que existiéramos como país y luego para mantener esa independencia frente a las apetencias de nuestros vecinos. Esta preocupación por nuestra independencia efectiva, inequívocamente hunde sus raíces en la etapa colonial y hace eclosión bajo el liderazgo carismático de José Artigas.

Luego la gesta de Lavalleja nos conduciría a la independencia política formal que no fue, como no podía ser por entonces, la real independencia a la que ya aspiraba la Nación Oriental. Pero un aspecto clave quedó claro a partir del proceso que se inicia con la cruzada libertadora en 1825 y culmina con la jura de la Constitución en 1830: el Uruguay nació con la inquebrantable voluntad de no perecer jamás. Como expresó Luis Alberto de Herrera, muchas cosas pudimos haber sido, españoles, ingleses, portugueses, brasileros o argentinos, pero una sola quisimos ser y fuimos: orientales.

La forja del siglo XIX encuentra mojones principales en el gobierno de Manuel Oribe en el Cerrito en la colosal lucha frente a los imperios de la época y prosigue con el valiente y lúcido (así como mal comprendido) gobierno de Juan Francisco Giró al finalizar la Guerra Grande.

Más tarde le correspondería a Bernardo Berro la conceptualización intelectual y la acción política del drama de su tiempo: la nacionalización de nuestro destino. El gobierno de Atanasio Aguirre y la defensa de Paysandú de Leandro Gómez son otros hitos de altivez patriótica incuestionable, y la derrota ante la invasión de Flores, de consecuencias nefastas, no logró su principal objetivo. El Uruguay resistió, como siempre lo ha hecho.

Saravia, en la bisagra entre los siglos XIX y XX, fue clave para incorporar los valores de la democracia representativa, el derecho de las minorías y la pureza del sufragio ante los exclusivismos de entonces.

Este aspecto que distingue al pueblo uruguayo hasta nuestros días es medular a la hora de entender nuestra comunidad espiritual. Los orientales no aceptamos otra cosa que un sistema democrático con elecciones limpias donde todos estén representados y puedan dialogar sobre los grandes temas en común. No fue poca cosa en su momento y no lo es ahora.

En el siglo XX, mientras el aluvión inmigratorio de comienzos de siglo se incorporaba al talante abierto de esta tierra donde nadie es más que nadie, nuestro ethos colectivo siguió tomando su color distintivo en el orbe. Blancos y colorados trabajaron juntos para la alcanzar la normalización de la vida institucional, luego del extraordinario episodio de la elección de la Asamblea Constituyente de 1916. La aparición del Frente Amplio en la elección de 1971 y su largo camino de ascenso al poder culminaría por demostrar que en el Uruguay el único camino al gobierno legítimo es el de las urnas.

Los uruguayos de hoy, todos más allá de diferencias políticas, somos los responsables de sostener esa comunidad espiritual que heredamos y que si hacemos las cosas bien nos sobrevirá. Pero su supervivencia se pone bajo cuestión cuando no somos capaces de acordar políticas de Estado en los pocos temas en que se nos va la vida, como la educación o la inserción internacional. Nos estamos cocinando a fuego lento entre las llamas de un sistema educativo que condena a nuestros niños y adolescentes y una política exterior pasiva que nos deja vegetando en la mediocridad mientras el resto del mundo avanza. Rechazando ese legado de construcción colectiva a pesar de las diferencias, estamos destruyendo los cimientos de nuestra comunidad espiritual, vale decir al propio país. Es un buen momento para recapacitar, dejar de lado la calculadora electoral por unos años y poner el foco en lo que importa, sencillamente porque el costo de no hacerlo va a ser demasiado alto.

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