EDITORIAL

Mujica y el proceso colombiano

En el encomiable afán por desparramar su sabiduría total por el mundo, el ex presidente Mujica ha tomado particular interés por el proceso de paz colombiano. Pero tanta pasión no ha estado exenta de problemas y de generar algunas interrogantes en el testigo distraído.

Para empezar, es claro que este proceso de diálogo, que está poniendo fin a uno de los conflictos más antiguos, anacrónicos y sangrientos que haya vivido nuestro continente, es una excelente noticia. No solo significará el fin del derroche de vidas y recursos materiales absurdo, sino que también será quitar un peso enorme de encima al desarrollo de unos de los países más pujantes de la región. Todas las naciones de América del Sur nos beneficiaremos del impulso que tomará Colombia una vez extirpado el tumor de la violencia fratricida.

Ahora bien, la genuina preocupación y alegría de todos por este proceso, con sus luces y sombras, en el caso de Mujica ha sido llevada a extremos que no parecen acordes al equilibrio que merecen estos temas.

Por un lado han sido varias las oportunidades en las que el ex presidente se ha auto proclamado mediador en el conflicto. Han sido numerosas las notas de prensa en Uruguay y en el extranjero en las que nuestro ex candidato al Nobel de la Paz ha hablado del tema desde esa postura. Particularmente hubo una declaración emitida el pasado abril a la BBC en la que Mujica decía que "ahora tengo que ir por un pedido del presidente de Colombia a discutir algo con la dirección de las FARC. Desde el punto de vista personal yo no voy a nada, pero contribuir a la paz de Colombia ayuda".

Propio de los problemas de comunicación de estas épocas, se ve que hubo algún malentendido, ya que al día siguiente el propio presidente colombiano Juan Manuel Santos debió salir a corregir el error y aclarar que "bienvenidos los buenos oficios de Mujica que como muchos quiere apoyar la paz. Sin embargo no lo he nombrado mediador".

Pero hay algunos otros "errores" conceptuales que ha cometido nuestro ex mandatario respecto a este tema que son más delicados y merecen comentario. Por ejemplo, el pasado martes fue consultado por un "notero" de canal 12 en el informativo central para que hablara de este tema, y Mujica dijo que "es importante el final de este conflicto, porque es una guerra que lleva 50 años trancada y que no va a ningún lado".

Esto, realmente, no es así. El conflicto colombiano entendido como una guerrilla comunista insurgente tal y como nació, se terminó hace muchos años. Fue cuando esa guerrilla se vació de contenido político tras el derrumbe del socialismo real, y se convirtió en un grupo criminal que operó como brazo armado de narcotraficantes e impulsor de una industria del secuestro extorsivo.

Así sobrevivió unos años más con cierto "esplendor" económico, que no moral, hasta que la llegada del presidente Uribe, y su decidida política militar puso definitivamente en decadencia a estos grupos terroristas. Una política donde hubo también, según las versiones más confiables, abusos y violaciones a derechos humanos.

Ahora bien, afirmar que esto que impulsa ahora el presidente Santos, en un gesto de grandeza y concordia meritorio, es una especie de diálogo de iguales, no parece ni inocente ni apegado a la realidad. Se trata de una rama de olivo ofrecida por un presidente democrático y legítimo a un grupo de ex guerrilleros devenidos criminales y en decadencia, con el fin de darles una puerta de salida elegante que no eternice un conflicto antihistórico y absurdo. Lo que se discute hoy en Colombia es si esta oferta es demasiado generosa, si el plan de amnistía no es una afrenta innecesaria al sentimiento de justicia, ya que más tarde o más temprano, la guerrilla está condenada a desaparecer.

En un país con una tradición histórica de amnistías como Uruguay, es claro que la mayoría de la población apoya la postura de Santos.

Lo que es difícil de comprender es la inquietud de Mujica por opinar día tras día sobre un tema ajeno y delicado, en algo que ya empieza a sonar muy parecido a la injerencia. Y que choca más cuando se lo compara con el silencio absoluto que emite nuestro paladín internacional en referencia a otros flagrantesconflictos como el que está ocurriendo en Venezuela, donde la represión, la existencia de presos políticos, el avasallamiento a la justicia y a las reglas republicanas más elementales, parecen resbalarle de forma llamativa.

De seguro, sus sabios consejos dialoguistas, son hoy bastante más necesarios allí que en Colombia.

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