EDITORIAL

Miserias humanas

Incidentes donde el más fuerte se aprovecha del más desvalido, obligándole a someterse a un juego en el que el primero se divierte, se satisface con su omnipotencia o simplemente da rienda suelta a su perversa compulsión. Pero la omertà se ha ido fracturando.

La cantidad de miserias humanas que existen es amplia y variada, lamentablemente. En estos días, algunos de estos arquetipos han hecho eclosión en la prensa, en los medios audiovisuales y en las redes sociales al tratarse de personas de gran exposición mediática, famosas en el mundo del cine.

Han sido acusados y expuestos ante la opinión pública, por acoso sexual y hasta violación, distintos personajes de la industria del entretenimiento, como el poderoso productor Harvey Weinstein. Con ello se ha removido el vergonzoso statu quo y la complicidad reinante en el ambiente de Hollywood. Más allá de que se trate de un flagelo que en realidad existe urbi et orbi desde tiempo inmemorial.

Tras haberse levantado la tapa de la olla podrida, los fétidos olores de la inmoralidad y el abuso, empezaron a expandirse alrededor de otros astros de la pantalla. Primero fue Kevin Spacey y a renglón seguido Dustin Hoffman. Pero debe ser tan larga la lista de circunstancias parecidas, que necesariamente esta habrá de cortarse sin que se complete una merecida justicia. La resonancia del episodio de Spacey se potenció porque el denunciante es otro actor conocido, Anthony Rapp, quien contó cómo de chico fue acosado, cuando estaba borracho y recostado en un sillón mientras miraba la televisión en el departamento de Spacey, donde había una fiesta.

Luego le llegó el turno a Dustin Hoffman, tras ser acusado por la escritora Anna Graham Hunter de haber sido acorralada por el actor cuando tenía solo 17 años. Ella trabajaba en esa época como asistente de producción en la película inspirada en el libro de Arthur Miller, La Muerte de un Viajante. En una columna en el Hollywood Reporter, la autora replicó las cartas que en aquel momento le mandara a su hermana, contándole lo que ocurría y su desazón. Hoy a sus 49 años, Hunter ha declarado que la reprobable actitud de Hoffman "encaja en el gran patrón de lo que las mujeres experimentan en ese mundo y en todas partes". Y no solo ellas, sino también los jóvenes, tal como ha salido a la luz con la reciente historia del protagonista de House o Cards, quien de paso, decidió revelar públicamente su condición de homosexual.

Hunter no ha sido la única en hacer conocer su experiencia, sino que varias otras mujeres han reportado haber sufrido estas violencias, aunque por ahora, la palma se la lleva el magnate Weinstein, con más de 90 denuncias, y entre ellas varias de artistas consagradas.

Las tardías disculpas de los imputados han sido recibidas con frialdad y escepticismo, por la gente en general y en los distintos sectores, lo que deja en evidencia que en la sociedad ya no se estila como antes la vista gorda frente a esa clase de acciones.

El hasta hace poco intocable productor de exitosos films, ha tenido que de-jar su lugar en la empresa y hoy es una especie de paria. A Spacey, por otra parte, ya se le retiró un premio honorífico que le habían adjudicado y lo que es más determinante es el anuncio de la suspensión del rodaje de la taquillera serie House of Cards, en la que ha sido personaje central.

Solo en algunas ocasiones, cuando se da una especial conjunción de factores, sobrevienen consecuencias sobre los infractores, aunque según el incidente bien se les pueda tildar de delincuentes. Por ejemplo, a los responsables de la pedofilia desenmascarada al menos en buena parte, en el ámbito de las instituciones católicas.

Para que estos sórdidos sucesos salgan de la obscuridad y produzcan impacto, incluso global, hay dos ingredientes fundamentales. Por un lado, que la o las víctimas se atrevan a denunciar y por otro, que el sujeto acusado sea conocido e importante. Es lo que sucedió con el otrora presidente del Fondo Monetario, que sonaba como candidato a la presidencia de Francia, Strauss Kahn, al cual se le evaporó rápidamente dicha opción. Además de perder su cargo, fue puesto entre rejas y finalmente, aunque no menos importante, su mujer lo dejó. Y Bill Clinton, el popular presidente de los Estados Unidos, incriminado por una joven becaria en un deplorable episodio, llegó al borde de la destitución.

Esta clase de desvíos, de prepotencias han estado siempre a la orden del día, desgraciadamente. Por lo general, incidentes donde el más fuerte se aprovecha del más desvalido, obligándole a someterse a un juego en el que el primero se divierte, se satisface con su omnipotencia o simplemente da rienda suelta a su perversa compulsión. Sin embargo, cada vez más, la omertà que rodea estas ocurrencias se ha ido fracturando a medida que los damnificados sienten que pueden hacerse oír y ser escuchados.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos