EDITORIAL

El Mercosur nunca nació

Nunca fue lo que firmaron sus primeros padres. Aquel espacio aduanero único, presentado como una oportunidad de quebrar muchos paradigmas, suponía un desafío moderado a la excelencia, que implicaba competir en un espacio aduanero único, pero haciéndolo con jugadores no tan exigentes para un país que venía del encierro.

Más allá de tener un pasado con tantos elementos en común, incluidas nuestras disputas, al unirnos la cultura, la lengua, y tantas tradiciones —culturales, religiosas— todos estos elementos determinaban una chance interesante de integración. Y así lo vivía la gente, lo que se expresó en la votación parlamentaria unánime (solo el diputado Sarthou no la votó). Pero esta ilusión duró muy poco, todos ayudaron a matarla.

Lo real es que desde el principio aparecieron diferencias de enfoque. Para Brasil el tema era político, no comercial, para mejorar su liderazgo continental. En lo comercial nunca aceptó la libre circulación. En efecto, cuando el ingreso de productos sensibles ayudaba a reducir sus precios internos —leche, arroz— propició toda clase de dificultades. Y desde siempre entendió el comercio intrazona como una oportunidad para complementar su oferta interna, en una lógica de autoabastecimiento, por ejemplo de alimentos, lo que nada tiene que ver con la libre circulación. Por cierto, jamás aceptó entendimientos macroeconómicos y devaluó contra el bloque, al revés de lo que hacían los débiles de Europa que devaluaban contra el líder, Alemania. Nunca al revés. Y su apoteosis antiintegracionista llegó con el tema de las papeleras. En efecto, allí se puso en evidencia que no iba a aceptar inversiones de porte en un país chico; así pues, cuando sobrevino el corte de puentes, resolvió que ese era un problema entre Argentina y Uruguay y no un tema de la libre circulación del Mercosur…

Argentina en aquel momento hacía punta en materia de apertura, de desregulación, pero muchos de sus sectores sensibles ya afilaban sus garras. Y en Uruguay, desde el principio alentamos excepciones: primero a la vista y luego a escondidas. Así empezamos a discutir estatutos especiales para el vino, para el azúcar y para el mundo automotriz; siempre para restringir comercio. Y recuerdo el sin fin de excepcionalidades que hubo que introducir en Ouro Preto a pedido del Dr. Sanguinetti, que había ganado la elección pero aún no había asumido. Así fue que nos excepcionamos de cumplimiento del arancel externo común, que es la expresión comercial del affectio societatis —la preferencia que le damos en lo económico al socio— para casi todo el universo arancelario relevante. Con todo, nuestro fenomenal régimen de excepción era transitorio, como lo era el arancel intra Mercosur (!) de Paraguay, y los múltiples regímenes especiales de todos. Luego vinieron nuestras indefendibles zonas francas para querer vender a los socios, y toda la ristra de restricciones o excepciones para grandes sectores económicos como la granja, los oleaginosos, la hotelería y tantos otros. La pregunta que cabe pues, es cómo pudieron tener un proyecto común seres culturalmente tan diferentes como un gallego y un bávaro, un tano y un inglés, un francés y un griego, un hispanoparlante católico con un alemán protestante. Cuesta comprenderlo, y menos todavía en la lógica de un país cada vez más pequeño como el nuestro, que jamás justificó su encierro pero menos aún ahora. Europa tuvo dos factores que la unían: una posguerra de singular dolor, y algunos líderes de talla continental. Ninguna de las dos cosas tiene el Mercosur, y menos aún cuando, privilegiando lo político sobre lo jurídico y el cortoplacismo frente a la visión de estadistas, se le dio ingreso a una Venezuela que ante todo es un papelón mundial.

Hemos asistido así a muchos relanzamientos del Mercosur, y ahora a uno más. El tiempo transcurrido y la permanente asimetría de ciclos políticos, junto a la ausencia de liderazgos, vuelve necesario mirar la apertura al mundo, incluida la región. O sea, intentar un camino a la chilena, ya que con el barrio la voluntad por ahora no está. Otra vez, el ciclo político está desalineado: Macri parece, aunque no de modo muy enfático, querer abrir su economía y vincularse al mundo; Brasil es el de siempre o peor; Paraguay mejora, y Venezuela no sabe lo que es el comercio y menos libre.

Así pues, por más brindis y sandwichitos que se ofrezcan, por más que hagan hablar a Enrique Iglesias, está por verse la voluntad uruguaya de integración si supusiera desarmar privilegios. Y por si fuera poco, cabe esperar pocos cambios en tanto la próxima presidencia pro témpore la tiene Venezuela, lugar que al parecer tiene menos oferta de bienes de primera necesidad que Zambia…

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