Editorial

Mal tiempo para los museos

Un año atrás, el entonces ministro de Educación y Cultura, Ricardo Ehrlich, presentó con pompa y circunstancia un video del proyectado Museo del Tiempo a montarse en la rambla Sur en el predio de la vieja Compañía de Gas.

Como adelanto, el ministro anunció la colocación de placas en la acera de la rambla desde el arroyo Carrasco hasta el museo ubicado en la Ciudad Vieja en lo que denominó la "Tira de la Vida", "un paseo por la evolución del universo". Hoy las placas están, pero del museo no hay señales.

Peor aún, María Julia Muñoz, sucesora de Ehrlich, acaba de declarar que ese proyecto "no está entre las prioridades" del ministerio con lo cual pareció firmar su partida de defunción pese a que hay rubros previstos en el presupuesto para iniciar las obras. Esta posición de la ministra desespera a los promotores del proyecto que no entienden cómo es posible que entre ministros de un mismo partido exista tan poca sintonía. Excita además las críticas a la política —o mejor dicho a la ausencia de una política— del Frente Amplio en materia de museos.

Esto ocurre después que la coalición gobernante aprobó hace tres años una ambiciosa Ley de Museos aunque sin aportar recursos para sostenerla. Hoy, aparte del naufragio del Museo del Tiempo, la mayoría de los establecimientos dependientes del Estado vaga entre el abandono y la inopia sin que en el presupuesto actualmente en discusión se les proporcionen los medios adecuados para cumplir sus funciones con un mínimo decoro.

En las páginas de este diario se informó hace poco que en nuestro país funcionan 231 museos de los cuales el 65% está bajo administración estatal, el 30% son de gestión privada y hay un 5% de participación mixta. Funcionan es un decir por cuanto en su mayor parte afrontan dificultades que les impiden cumplir bien sus cometidos. Ejemplo de esa decadencia son los cuatro museos dependientes del ministerio de Educación y Cultura, que tienen carácter nacional. Dos de ellos, el de Historia Natural y el de Antropología están cerrados al público y aceptan visitas grupales. En tanto, el emblemático Museo Histórico apenas logra abrir algunas de sus ocho casas con horarios restringidos y problemas de todo tipo.

A la falta de dinero se agregan otras carencias, entre ellas la escasez de personal, y sobre todo, de personal capacitado, lo cual contrasta con el rigor con que la ley de 2012 fijó los deberes de estas instituciones "que cuentan con colecciones conformadas por bienes culturales y naturales sujetos a procesos de musealización", según reza —con dudoso ejercicio del idioma castellano— su artículo primero. La ley dispuso la creación de un Consejo de Museos y de un Registro Nacional de Museos así como de un Sistema Nacional con su correspondiente Comité Coordinador. Pese a esta maraña burocrática tachonada con pomposos títulos —típico sello de la legislación frenteamplista— en la práctica el sistema hace agua.

Uno de los grandes culpables del atraso es el ministerio de Educación y Cultura el cual, junto a las intendencias departamentales, tiene la responsabilidad del tema, promover su desarrollo y velar por la marcha de tales instituciones, según los artículos 6 y 7 de la ley. En los hechos incumple estas normas aunque está claro que mal puede hacer algo por el conjunto del sistema cuando ni siquiera es capaz de gerenciar con eficacia los museos que están a su cargo.

Por si fuera poco, ahí están las palabras de la ministra lapidando el Museo del Tiempo sin explicaciones y sin siquiera una muestra de respeto por los anuncios de su antecesor en un proyecto en el que también estaban involucrados la Universidad de la República y la Intendencia de Montevideo. Todo lo cual demuestra una alarmante ignorancia sobre el carácter pedagógico de estas entidades destinadas entre otras cosas a exponer y preservar colecciones artísticas o de incuestionable valor científico.

Este último era el caso del Museo del Tiempo cuya preparación se publicitó bajo la anterior administración como un ejemplo de la importancia otorgada a la formación científica de las nuevas generaciones y a la trasmisión de conocimientos a la ciudadanía.

De confirmarse el hundimiento del proyecto, en la rambla montevideana quedarán esas placas que, marcando hitos de la evolución del universo, pretendían culminar su misión didáctica en la puerta de un museo que no existirá. Una obra inconclusa ante las aguas del Plata, otra frustración que dejará sus huellas vergonzantes al estilo de las torres de aquel aerocarril de Malvín que jamás funcionó.

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