EDITORIAL

Ante el juicio político

El juicio político de destitución que comienza en el senado brasileño es un evento serio que afecta a nuestro vecino y tiene repercusiones todavía difíciles de medir, no solo en su país, sino también en la región.

A Dilma Rousseff se le acusará de hacer y dejar hacer. No cierra el alegato de sus partidarios, de que ella no se enriqueció, que no sabía de la tremenda corrupción que cundía especialmente en Petrobras, en la contratación de obra pública, máxime cuando era tildada de "control friek". Expresión norteamericana para aquellos que gustan de controlar todo y sabido era que a Dilma no le gustaba delegar y sí participar. Ni tampoco que anteriores presidentes hayan hecho trampa en las cuentas públicas parece que la pueda salvar de ser destituida, teniendo en cuenta la magnitud de los votos a favor de juzgarla.

Debería, como Collor o como Nixon en EE.UU. renunciar y evitar mayores daños a Brasil. En Estados Unidos, el presidente Nixon tuvo consciencia de que su prestigio se había desmoronado y no fueron las escuchas que organizó en la Casa Blanca, con aquella peregrina idea de dejar un legado que permitiera a las generaciones futuras conocer más de adentro lo que es la política y el gobierno. Ni tan siquiera el esquema orquestado para conseguir datos internos sobre el Partido Demócrata y lo que ocurría en su Convención, con aquellos seudoplomeros que hicieron la especial instalación. Lo que más le hizo daño ante la opinión pública fue que al escucharse sus conversaciones llenas de insultos y palabrotas se destruyó la imagen de hombre respetable de la que gozaba.

La declaración del abogado general patrocinante de Rousseff, José Eduardo Cardoso, diciendo que juzgar a la presidenta convertiría a su país en una república bananera, sugiere una falsa opción. Dejar que siga la impunidad de los responsables políticos, ya que a empresarios se ha metido preso a más de uno, no es aceptable para una gran parte de la población. Por otra parte, la justicia brasilera ha dado muestras de una saludable independencia y por el banquillo han pasado y han sido condenadas figuras que parecían intocables del ámbito privado, como el poderoso Oderbrecht y también ministros de Lula, como Dirceu y políticos menores.

Cómo podrá el sistema político brasilero absorber todos estos escándalos y terminar de autopurgarse, es tanto una gran incógnita como un gran desafío.

Aunque hasta abandonar el Planalto, Dilma Rousseff haya seguido en pie de guerra defendiendo su posición con acusaciones de ser víctima de un golpe, a pesar de que se han seguido las normas legales que prevé la Constitución, su defensa tiene problemas varios. En las elecciones pasadas le ganó a Aécio Neves por escaso margen. Las trampas en la contabilidad estatal escondiendo el déficit fiscal, maquillando las cuentas con sustanciales transferencias al tesoro por parte de los bancos estatales de manera de financiar su campaña y respaldar su prédica a fin de no dejar el poder, no son "peccata minuta".

Dilma Rousseff, hija de una familia acomodada de clase media, aparte de ser guerrillera y haber pasado varios años presa, cursó las materias requeridas para obtener un doctorado en Teoría Económica y Derecho, si bien no llegó a presentar la tesis al envolverse en una fulgurante carrera política. Su primer cargo de relevancia fue el de secretaria de Hacienda de Porto Alegre. Después de múltiples y relevantes pasos intermedios, fue nombrada por Lula, ministra de Minería y Energía, cargo que ejerció durante varios años antes de terminar —previo a su elección— con el segundo cargo más alto en Brasil, el de jefe de Gabinete. Por ello es difícil aducir que volaban las coimas de un lado para otro sin que ella se diera cuenta, sin sospecha alguna. Mientras nada se hacía para frenar la tremenda corrupción que más allá de que siempre haya existido, nunca alcanzó la megaescala que tomó, primero en el gobierno de Lula y luego en el suyo. Siendo una persona de mucho carácter, inteligente y ejecutiva, el argumento de la negligencia, de hacer la vista gorda o de estar en la periferia, no convence nada más que a sus seguidores a ultranza. Algunos crédulos de buena fe tal vez, y los otros que no quieren perder "el palenque ande rascarse", diría Martín Fierro. El descalabro moral y económico del mayor país de América del Sur le hace mal de distinta índole a toda la zona, además de a los propios brasileros. El presidente interino Temer, sabe que tiene un país en terapia intensiva, con un crecimiento negativo que se arrastra. Es un político experiente pero cuestionado, que se enfrenta a la historia y a una tarea ciclópea.

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