Editorial

La inseguridad y los "ingenuos"

Era hora. Por fin la izquierda asumió oficialmente que atacar las causas del delito no es la mejor ni la única manera de resolver el problema de la delincuencia.

De ese modo, el ministro del Interior, Eduardo Bonomi, hoy puede calificar de "ingenuos" a aquellos de sus correligionarios que siguen pensando que el problema de la inseguridad pública se arregla con buenas políticas sociales.

Esa calificación de Bonomi marca una ruptura con el pensamiento tradicional del Frente Amplio que, desde su llegada al gobierno en 2005, predicó que aplicando "políticas inclusivas" y luchando "contra las llagas del capitalismo" decrecerían los crímenes en Uruguay. Con esa teoría el país padeció de entrada al ministro José Díaz, un socialista ortodoxo que aplicó la cartilla de las causas sociales al pie de la letra y que siempre se mostró más preocupado por los victimarios que por las víctimas del delito. Aparte de abrir los portones de las cárceles a centenares de reclusos en una suerte de jubileo celebratorio del triunfo frentista y de exhibir una flagrante debilidad ante los criminales, Díaz se hizo célebre cuando terminó sugiriendo que la gente saliera a la calle con un silbato para hacerlo sonar en caso de sufrir una rapiña.

Su reemplazante, Daisy Tourné, si bien marcó un cambio de paso al poner más énfasis en la represión, hipotecó su gestión con salidas de tono que incluyeron exhibiciones públicas de sus pobres dotes de amazona, "selfies" que registró cuando estaba bajo la ducha y, por último, una propensión a proferir palabrotas en público que rondó lo escatológico. En sus dos años en la conducción del ministerio se popularizó la expresión "sensación térmica", según la cual había en el público una percepción exagerada del problema de la seguridad que no condecía con las estadísticas oficiales del delito. Esa expresión terminó por transformarse en un difundido sarcasmo sobre la ineficacia en la materia de los gobiernos frentistas.

En tales circunstancias, al terminar el primer gobierno de Tabaré Vázquez un folleto propagandístico de la campaña electoral de José Mujica reconoció que la inseguridad era "una asignatura pendiente" del Frente Amplio. En el mismo folleto se anunciaba que "el ministro del Interior será Eduardo Bonomi, quizás el dirigente más allegado a José Mujica en los últimos diez años, a quien se suelen asignar las misiones en donde no está permitido fracasar". Una fantástica y marketinera frase que suscitaba la interrogante de saber cuáles fueron las otras misiones peliagudas que se le asignaron a Bonomi en el pasado sin conocer el fracaso...

Con esos antecedentes, seis años atrás asumió Bonomi como ministro. Su primer choque lo tuvo no con un opositor sino con uno de sus funcionarios, el director del Observatorio de Violencia y Criminalidad, Rafael Paternain. Motivo del desencuentro fueron las discrepancias de Paternain, un experto en el tema, con la manera en que Bonomi presentaba las estadísticas del delito. Acto seguido el director renunció a su cargo dejándole al ministro el campo libre para que —tal vez contagiado por la moda kirch-nerista de manipular las cifras oficiales— manejara las estadísticas a su antojo. Los resultados de ese desencuentro se padecen hasta hoy con un ministro del Interior que expone mañosamente sus cifras tratando de probar que su actuación supera a la de sus colegas de los partidos tradicionales (lo que le importa un bledo a la gente) o realzando datos que lo favorecen.

En esta última tarea recayó últimamente, cuando se proclamó vencedor de la lucha contra la "epidemia" delictiva sin reparar en sus malos números en dos rubros capitales: el total de homicidios y rapiñas cometidos en 2015. En el primer caso, el ministro alcanzó el poco glorioso récord del año con mayor cantidad de asesinatos (casi 300) en la historia del país. En el segundo, con la sideral cifra de alrededor de 21.000 rapiñas denunciadas, consiguió triplicar las que se perpetraban en 2004, es decir, en vísperas del arribo del Frente Amplio al gobierno.

Sin embargo, no todas son malas notas para el ministro puesto que, como se dijo al principio, al menos puede anotarse el mérito de abrirles los ojos a sus correligionarios más ortodoxos expli-cándoles que las políticas sociales no bastan para dar seguridad y que es preciso aplicar mejores métodos de prevención y represión.

Se dirá que eso es poco, pero no es una fruslería tratar de enmendar los prejuicios acuñados por la izquierda sobre la criminalidad. Después de errar durante once años, al menos eso ya va siendo un logro.

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