EDITORIAL

Una inaceptable incontinencia verbal

Pero la culpa también es nuestra, porque no hay gobierno ni una abstracción de “Estado” que nos haga ciudadanos. Tenemos que ser y ejercer esa calidad decidiendo, exigiendo y asumiendo nuestras obligaciones antes de caer en la categoría de súbditos.

Muchos jerarcas políticos sufren de una asombrosa incontinencia verbal. Sobre todo cuando opinan sobre la situación económica del país con una ligereza capaz de irritar.

El Sr. Vicepresidente es un lamentable ejemplo. Mientras nuestra economía arroja un preocupante déficit fiscal de un 4% en el 2016, el Sr. Sendic declara en el exterior, muy suelto de cuerpo, que este déficit no debería preocupar porque la prioridad de su gobierno es que la gente viva mejor.

Dichas expresiones responden a una irresponsabilidad política difícil de admitir. Y que ni siquiera son una excepción, porque el ministro de Economía también actúa como si no recordara que antes y después de las elecciones asumió el compromiso ante la ciudadanía de no aumentar los impuestos, y últimamente con más énfasis, a no utilizar las tarifas públicas como variable de ajuste para enjugar el déficit del gran gasto público.

A eso debe sumarse, aunque ya no extraña, el apoyo que recibieron las expresiones de Sendic por parte del Pit-Cnt que se suma a la demagogia de no poner límite a los recursos que se le extraen a la gente. Es de no creer que quienes deben defender las fuentes de trabajo se identifiquen con las afirmaciones del vicepresidente que insiste en sostener "que si tuviéramos cuentas más ajustadas tendríamos mucha gente viviendo en la calle y muchos viejitos y ancianos tirados, como ocurre en otros países de América". Seguramente ni Sendic ni tan destacados respaldos han reparado en los resultados de otros países de la región, que como en el caso de Venezuela, para citar solo un ejemplo, muestran una lamentable debacle en sus economías que derivan en movilizaciones y protestas populares por el desabastecimiento de alimentos básicos imprescindibles para el bienestar y la salud de sus habitantes.

Frente a este escenario, es de destacar que nuestra Justicia mantiene su independencia en temas que confirman que la democracia republicana requiere una clara separación de poderes.

Mientras el Sr. Sendic no ha asumido la magnitud de la herencia que ha dejado desde su presidencia en Ancap, la jueza de Crimen Organizado que investiga las denuncias sobre irregularidades cometidas durante su gestión, decidió citar a todos los funcionarios involucrados en calidad de indagados y no como simples testigos, resolución que obviamente incluye al vicepresidente y a los jerarcas del ente que pudieron tener alguna participación en estos y en otros hechos que recién comienzan a recorrer el camino de la vía judicial.

La conducta del Sr. Sendic no solo demuestra el desconocimiento de las leyes básicas de la economía (que hasta podría olvidarse si no ocupara la segunda posición en la jerarquía institucional del país) sino un reiterado gesto de soberbia que repercute sobre la credibilidad y estabilidad de las instituciones y el valor de la seguridad jurídica, en un país que ha hecho de este elemento un punto de referencia que en el pasado lo distinguía.

No es admisible que un jerarca de este nivel, aprovechando sus innumerables periplos en el exterior, pueda burlarse de esta forma de la sociedad sin que se le ponga un límite a su capacidad de acudir a tanto "macaneo".

El vicepresidente se nos aparece como muchos de esos jóvenes que en diversos semáforos de la ciudad muestran sus habilidades de malabaristas manteniendo en el aire varias pelotas. Pero a diferencia de ellos, que cuando tienen un tropiezo en su exhibición hacen una reverencia como gesto de reconocimiento, el Sr. Sendic sigue haciendo malabares dialécticos ajeno a toda disciplina institucional y política.

Pero la culpa también es nuestra, porque no hay gobierno ni una abstracción de "Estado" que nos haga ciudadanos. Los uruguayos tenemos que ser y ejercer esa calidad por nuestra propia cuenta, decidiendo, exigiendo y asumiendo nuestras obligaciones antes que se nos sumerja en la categoría de súbditos, a la que el sistema político actual nos quiere condenar. No alcanza con indignarnos. Nuestras diferencias sociales van a ser corregidas cuando la sociedad toda comience a actuar y a exigirle a los gobiernos que aborden los temas con seriedad descalificando a cualquier jerarquía que recurra a la mentira y la demagogia.

Cuando los gobiernos aprendan a tener miedo de la ciudadanía en vez de ser al revés como ahora, recién empezaremos a calibrar con la debida objetividad la forma de gestión que la sociedad se merece. Eso alcanza también a la oposición, porque a ella corresponde rescatar a tiempo muchos de los valores que dignifican y prestigian el servicio público.

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