EDITORIAL

La verdadera imagen del Che

En el 50º aniversario de la muerte de Guevara, gran parte de la izquierda latinoamericana sostiene el mito de un hombre cuya trayectoria real estuvo signada por el odio, la violencia y el fracaso.

Cuando el Che Guevara entró a Bolivia para organizar la que habría de ser su última aventura armada, lo hizo con un pasaporte uruguayo tras residir clandestinamente en Montevideo durante algún tiempo. No se sabe si para aquel intento de armar un foco revolucionario en el corazón de Sudamérica invitó a algún uruguayo, pero lo cierto es que no figuró ningún compatriota en su última nómina de combatientes.

Sí, en cambio, había un intelectual francés, por entonces muy notorio, Regis Debray, quien lo acompañó en su peripecia final sobre la que escribiría con amargura unas décadas después. En un libro titulado "Alabados sean nuestros señores", Debray retrató a un Che desesperado, enfermo, perdido en la selva boliviana e incapaz de catequizar a los campesinos que hablaban quechua o aimara, pero no español, y por tanto eran incapaces de entender qué era aquella rara idea de crear "muchos Vietnam" contra el imperialismo yanqui.

Frustrado como evangelizador, desprovisto de los apoyos prometidos desde La Paz, abandonado a su suerte en una región inhóspita y con una guerrilla mermada por las deserciones, el Che, según Debray, era consciente de que marchaba hacia la muerte en los primeros días de octubre de 1967. El escritor francés lo describe como un hombre desilusionado, delirante, lleno de rabia y capaz de pegarle un tiro a cualquiera de sus compañeros que intentara escaparse.

"Un guerrillero debe ser una fría máquina de matar". Palabras más, palabras menos, esa frase la repitió el Che como un mantra desde que en los años 50 se embarcó en la aventura cubana junto a los Castro. Fiel a esa idea, pasó a la historia como responsable de los cientos de fusilamientos perpetrados en la fortaleza de La Cabaña, donde aún se exhibe a los turistas el despacho en donde firmaba las penas de muerte.

Por entonces su rúbrica no era simplemente "Che", el alias que después imprimiría en los billetes cubanos durante su desastrosa experiencia como presidente del Banco Central de Cuba. Casi tan desastrosa como su posterior trayectoria como ministro de Industria en donde sus absurdos proyectos —que el pueblo cubano pagó con hambre y carestía— probaron que gobernar no era para él.

Lo suyo era hacer la revolución ya fuera en África (donde no ocultó su racismo y su desprecio por los negros "indolentes y soñadores") o en Sudamérica, su destino final.

Su insistencia en empuñar las armas de modo permanente y de atizar "el odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo", lo habían tornado insoportable para los Castro y su elenco que pugnaban por organizar la economía del país y solucionar los problemas de la gente (algo que hasta la fecha nunca lograron).

Aunque hoy lo reverencian en Cuba (y los escolares deben cantar todas las mañanas que quieren ser como el Che), lo cierto es que su salida de Cuba fue un alivio para la dirigencia castrista que muy poco haría para rescatarlo de su encerrona en la selva boliviana. Una encerrona que él se buscó al enfrentar al ejército boliviano que, respondiendo a su inesperada provocación, terminó cercándolo en Vallegrande y dándole muerte. Ese mismo ejército, que aún recuerda a sus víctimas en los combates contra el Che, debió sentirse humillado en estos días ante los homenajes del presidente Evo Morales por el 50º aniversario de la muerte de un guerrillero argentino que entró a Bolivia a matar soldados bolivianos.

Es que para Morales, como para gran parte de la desorientada izquierda latinoamericana, el Che es un ícono revolucionario, un idealista que dio su vida por la humanidad y un héroe que merece reconocimiento, aunque el resentimiento, la intolerancia y el fracaso hayan signado gran parte de su trayectoria. Para esa izquierda, homenajear al Che en estos días fue como un saludo a la bandera, un modo de pregonar que la mitología guerrillera sigue vigente aunque la realidad la desmienta día a día.

En el libro citado, Regis Debray, compañero de su última aventura, sostiene hoy que ese Che al que se esculpe en bronce, era una persona con instintos suicidas y un jefe propenso a abusar del poder, al punto de imponer a sus propios hombres penas de una crueldad inaceptable. Un revolucionario que enarbolaba la bandera de los derechos humanos si bien jamás los respetó, un político de ideas totalitarias que no creía en la democracia. Verdades todas estas que suelen ignorar muchos de los que lo glorifican como si fuera un modelo de vida y que exhiben su imagen como si se tratara de un santón y no "una fría máquina de matar".

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