EDITORIAL

¿Ideología o gestión?

No todo es un problema de gestión, las ideologías también importan. Porque no da lo mismo un gobernante republicano y liberal que uno fascista o comunista, aunque entre estos últimos las diferencias pueden ser imperceptibles.

Este fue uno de los temas que trató la murga La Mojigata en el carnaval que acaba de terminar, abordando, por cierto con inteligencia, un asunto relevante en nuestro país en los últimos tiempos. Como en tantos temas pueden existir extremismos donde se pueden encontrar pocas personas, vale decir, la defensa de ideologías en forma ciega y con prescindencia de la realidad por un lado, y los portavoces de que al final del día todo es una cuestión de buena o mala gestión y las ideologías no importan.

La mayoría de los mortales se ubican en posiciones intermedias, pero en muchos de ellos cercanos a algunos de esos extremos en particular parece haber crecido sensiblemente el número de yihadistas de la gestión.

Este discurso se basa en que, en definitiva, los ciudadanos coinciden en buena medida en cuales son los resultados deseables que debería obtener un gobierno, por ejemplo, mayor seguridad, mejor educación, construir viviendas, bajar impuestos, brindar más planes sociales, bajar el endeudamiento, mejorar la inserción internacional del país, entre otros. Por lo tanto, lo que debería hacer el gobierno (supongamos, el gobierno nacional) es realizar una buena gestión para lograr esos objetivos y poco importa si es de izquierda o de derecha. Vendría a ser una puesta al día del pragmatismo que el líder chino Deng Xiaoping graficó en su célebre frase: "No importa de qué color sea el gato, lo importante es que cace ratones".

La ideología de la gestión suele apuntar sus dardos a malos gobernantes de pésima gestión, como podría ser el intendente Daniel Martínez, que prometió bajar el boleto y no ha parado de aumentarlo desde que asumió, demostrando una inutilidad manifiesta. Raúl Sendic, María Julia Muñoz, Wilson "José Pedro Varela" Netto, Víctor Rossi o Danilo Astori también les han dado buenos argumentos.

Evidentemente quienes priorizan la gestión tienen una parte de la razón, hay despilfarro de recursos públicos y una falta de ideas colosal que se arregla con honestidad, sentido común y un poco de respeto por el sufrido contribuyente uruguayo. Pero no tienen razón en otro punto central, que es que el propio orden de prioridades de lo que debe gestionarse mejor surge del debate público de distintas opiniones que pueden ser igualmente respetables.

Más arriba describíamos algunos objetivos deseables para todo gobierno, pero a la hora de los bifes la cruel realidad nos pone límites que van más allá de la gestión. El lector atento habrá notado que algunos son contrapuestos: ¿cómo bajar impuestos y reducir el endeudamiento al mismo tiempo? ¿O cómo hacerlo gastando más en vivienda o en planes sociales? A la hora de priorizar un objetivo u otro pesan las visiones que se tengan de la realidad, en buen romance, las ideologías.

Por otro lado, que existan amplios consensos sobre cómo encarar una reforma educativa o la inserción internacional de Uruguay no quiere decir que no existan diferencias. O que temas como si se deben mantener los monopolios púbicos, priorizarse los impuestos directos o los indirectos, gravar más al gran capital o no sean cuestiones que se puedan resolver con una ecuación matemática.

Es cierto que la democracia uruguaya le da muy poco lugar a los técnicos, a las decisiones basadas en elementos objetivos y a cálculos racionales, y esa es una de sus mayores debilidades a la hora de lograr resultados siendo eficaz y eficiente. Pero no es cierto que todos los temas de debate público se puedan eliminar simplemente gestionando bien. Muy por el contrario, el momento que vive el mundo es una demostración palmaria de que las ideologías importan y que no da lo mismo un gobernante liberal que uno fascista o comunista (aunque entre estos dos últimos las diferencias sean imperceptibles).

Se debe mirar y analizar la realidad sin anteojeras ideológicas, por cierto, y sacar conclusiones en base a hechos verificados y verificables, y a partir de allí trabajar a consciencia en búsqueda de las mejores soluciones. Pero hasta en la propia elección de dónde miramos está presente la ideología, así como en las prioridades y en la defensa de valores que, afortunadamente, para muchos son irrenunciables. Por el bien del país, bienvenidos los buenos gestores, pero que sean también defensores de la democracia liberal, de los derechos individuales, de la soberanía nacional, de la independencia de poderes, de la libertad económica, del derecho de propiedad y del Estado de Derecho. En definitiva, de la misma dignidad de cada ser humano.

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