EDITORIAL

Un horizonte vacío

El presidente Vázquez se resigna directamente a no hacer, en lugar de negociar. Prefiere la nada antes que sentarse a conversar con Lacalle Pou, Larrañaga, Bordaberry y Mieres para impulsar una imperiosa agenda nacional.

En el escenario político de este Uruguay de todos los uruguayos conviven el gobierno y la oposición. Ellos son los principales actores por mandato popular. Si bien el gobierno o su partido, tienen mayoría en el Poder Legislativo, en las actuales circunstancias no le resulta nada fácil al Presidente de la República —que se supone que es el jefe de gobierno— imponer sus criterios sobre el rumbo del país.

Sus primeras y serias dificultades para gobernar están justo dentro de su partido, donde la existencia de grupos distintos, ferozmente ideologizados, complica a la hora de tomar decisiones. No es fácil alinear al MPP, Casa Grande y el Partido Comunista junto con su apéndice el Pit-Cnt, para marchar todos juntos: sus diferencias con el otro sector fuerte, más afín a la línea del Presidente y su Ministro de Economía, por momentos parecen irreconciliables.

A lo largo de estos dos años y medio de gestión de Vázquez muchas iniciativas han quedado por el camino por las exigencias o contrariedad de sus socios. De pique nomás, cuando enfrentó a los gremios de la Enseñanza en un intento de cumplir con su promesa electoral de cambiarle el ADN, se vio obligado a recular con la declaración de esencialidad porque no tenía apoyo. Fue el puntapié inicial, luego vinieron otros: desde el TISA, aquel acuerdo impulsado por la Organización Mundial del Comercio para liberalización de los servicios (que contaba además con el visto bueno del expresidente Mujica) para rematar en los últimos días con el papelón del TLC con Chile, bombardeado nuevamente desde su partido.

Cada vez que desde el mismo FA se ningunea a Vázquez, su reacción es callarse la boca, guardar sus proyectos, encarpetarlos y archivarlos. En ningún momento ha mirado para el costado en ese escenario en busca del apoyo del otro protagonista de la vida política en el país: la oposición, ese grupo de legisladores elegido por el voto de los uruguayos, que pertenecen a otros partidos, pero tienen voz y poder de decisión igual a los legisladores del FA. Imposibilitada de sacar adelante sus propuestas legislativas, la oposición ha centrado su acción en la otra gran función del Poder Legislativo, que es el control del Ejecutivo. Así ha sido sumamente exitosa su tarea en las comisiones investigadoras que se han integrado en este período, con Ancap a la cabeza, pero que también funcionan para el tema de la fallida Regasificadora y las denuncias contra ASSE. Y son las comisiones investigadoras las que se han convertido en el centro de la actividad política del país.

El presidente no ha entendido que fue electo como Presidente de todos los uruguayos y no solamente del Frente Amplio. Su obligación es gobernar para todos y, de ser posible, con todos. Es el mismo error que cometió en su primer mandato, aunque allí la coyuntura favorable del comercio internacional disfrazó su fracaso en los grandes temas que pudieron haber cambiado los destinos del país, como el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos. Tenía bien claro que ese tren pasaba solo una vez, pero prefirió no tomarlo porque su partido le bajó el pulgar y se negó a buscar los votos de la oposición, como si esta fuera ajena a la suerte del Uruguay. Ese pecado de soberbia frenteamplista —o de minimización del papel del Presidente— costó muchísimo, pero no aprendió nada.

Se enoja con la oposición cuando lo acusa de que no tiene agenda de gobierno y arma Consejos de Ministros para contestarle. De repente sí tiene agenda, pero entonces su problema es que no tiene los votos de su partido para impulsarla y aprobarla y, como hizo con el TLC de EE.UU., prefiere no recurrir a la oposición y que los uruguayos se embromen.

Vázquez se resigna directamente a no hacer, en lugar de negociar. Prefiere la nada a sentarse a conversar con Lacalle Pou, Larrañaga, Bordaberry y Mieres. ¿Por qué? ¿Acaso ellos exhiben títulos falsos como líderes de la oposición?

En otro momento podría decirse que ese es solo un problema de Vázquez. Pero en la actual coyuntura no es así: la situación del país no es buena, el gobierno está desesperado en su búsqueda de efectivo por cualquier rincón, se apela de manera implacable a los aumentos impositivos y a las tarifas públicas, pero la torta es cada vez más chica. No hay medidas que anuncien mejores perspectivas para el país y solo porque el Presidente de la República no tiene los votos necesarios en el Parlamento. Sectores ideologizados de su partido se lo niegan y él —para no ser menos— se despoja de sus responsabilidades y se niega a negociar con la oposición. O hay un cambio o solo resta esperar de este gobierno más nada que hasta ahora.

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