editorial

Historia y memoria

Los grandes intelectuales tienen la virtud de ver más lejos y plantear temas que, con el tiempo, terminan siendo muy importantes para la sociedad. La relectura de un reportaje del diario argentino La Nación al gran historiador francés Pierre Nora en 2006 confirma esta regla.

Pierre Nora, hoy de 84 años, trabajó desde los años sesenta con los principales intelectuales de su país: Michel Foucault, Raymond Aron, Jacques Le Goff y George Duby, entre otros. En La Nación reflexionó sobre los vínculos entre la Historia y la memoria: "Memoria e historia funcionan en dos registros radicalmente diferentes (…) La memoria, por naturaleza, es afectiva, emotiva, abierta a todas las transformaciones, inconsciente de sus sucesivas transformaciones, vulnerable a toda manipulación (…) la historia es una construcción siempre problemática e incompleta de aquello que ha dejado de existir, pero que dejó rastros. A partir de esos rastros, controlados, entrecruzados, comparados, el historiador trata de reconstituir lo que pudo pasar y, sobre todo, integrar esos hechos en un conjunto explicativo (...) La memoria depende en gran parte de lo mágico y solo acepta las informaciones que le convienen. La historia, por el contrario, es una operación puramente intelectual, laica, que exige un análisis y un discurso críticos. La historia permanece; la memoria va demasiado rápido. La historia reúne; la memoria divide". Más adelante en este imperdible reportaje, que ha ganado peso e interés con el paso del tiempo, Nora habla sobre la izquierda europea: "La actual ya no tiene más nada que decir y nada más para hacer. Le queda una sola cosa: indicar lo que está bien y lo que está mal. Entonces se apodera de los temas históricos y trata de convertir la historia en purgatorio de la humanidad".

En 2006, no se había afirmado aun el relato kirchnerista que se apoya en la memoria para revisar con lentes ideologizados y partidistas la historia argentina. Hoy, prácticamente una década más tarde, las palabras de Nora resuenan como un gran diagnóstico de lo que terminó ocurriendo en Buenos Aires.

Pero lo más interesante es que Nora también habla para nosotros. Porque si hubo una constante acción extendida en esta década de gobiernos frenteamplistas, esa ha sido la de revisar la historia para llenarla de memoria. Se ha hecho, por supuesto, desde la tarea de historiadores que trabajan en nuestra Universidad pública. Metódicamente han procurado tergiversar lo ocurrido en la vida política del último medio siglo nacional, en particular con relación a los años sesenta. Pero también se ha extendido el predominio de esa memoria en la formación de los futuros ciudadanos del país, nuestros niños y adolescentes que son adoctrinados, todos los días, en visiones de la historia nacional y del devenir internacional completamente funcionales a los intereses políticos del Frente Amplio.

Entre nosotros, la historia perdió la batalla frente a la memoria. En general, el conocimiento de lo ocurrido en nuestro pasado es superficial, ajeno, secundario y menor. Los pocos que tienen alguna idea de ese pasado, la tienen a partir de los relatos de la memoria de izquierda, que son los que prácticamente monopolizan las versiones de lo ocurrido. Como bien señala Nora para la izquierda europea, esta izquierda nuestra también se ha dedicado a fijar lo que está bien y lo que está mal. Entonces "se apodera de los temas históricos y trata de convertir la historia en purgatorio de la humanidad".

En este esquema, a nadie puede llamar la atención, por ejemplo, que el escuálido conocimiento ciudadano del pasado reciente del país crea, casi siempre, en falsedades como que los tupamaros enfrentaron a la dictadura, cuando en realidad atacaron a una de las mejores democracias del mundo de aquel entonces; o que el Che Guevara "luchó por un mundo mejor", cuando en realidad intentó extender por doquier el modelo de la infame dictadura comunista. Y no puede sorprendernos, porque entre nosotros no se enseña ni se aprende historia, sino memorias de relatos siempre afines a la izquierda.

El problema, como bien sabe Nora, es que la construcción cotidiana de una democracia de calidad exige la formación ciudadana en torno a los valores de la Historia que implican una "operación puramente intelectual, laica, que exige un análisis y un discurso críticos". Dejar que la memoria venza a la historia no es una cuestión teórica que solo atañe a los intelectuales. Es un problema político que daña a la democracia.

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