EDITORIAL

Hayek, Vitette, y la petulancia

Al recibir su premio Nobel de Economía, Hayek pronunció un discurso titulado “La pretensión de sabiduría”, que calza como un guante para describir algunas conductas y reacciones del mundillo periodístico por estos días.

¿Qué vincula a un profesor austríaco de Economía, a un ladrón de joyas supuestamente redimido, y a un grupo de periodistas con complejo de superioridad? A primera vista parecería que no hay ningún nexo palpable. Pero, como pasa tantas veces en la vida, a poco que uno agudiza el ojo y abre la mente, las conexiones empiezan a surgir.

El pasado domingo, El País publicó un disfrutable perfil de un delincuente. Nada nuevo en el mundo periodístico o literario desde los tiempos de La Odisea, El Lazarillo de Tormes o A sangre fría. El protagonista de la pieza era un ladrón de joyas que, tras un roce con la fama debido a su carrera delictiva en Argentina, ahora vive en su natal San José, donde regentea nada menos que... una joyería. A Tom Wolfe se le caería la baba.

La nota tenía información, humor, anécdotas, ironía, mordacidad. Y, sobre todo, ausencia de moralejas obvias, respetando la inteligencia del lector. O sea, todo lo que un editor podría reclamar a un periodista en un caso así. Y el público, el único y verdadero juez en esta profesión, la consumió y comentó con avidez.

¿Todo el público? Pues no. Parafraseando a René Goscinny, un grupito de irreductibles periodistas que se resisten ahora y siempre al sentido común, reaccionó con dureza al trabajo de sus colegas/competidores. Algunos, de valía profesional pero a los que el enfoque cascarrabias de la vida se les parece haber adelantado 20 años, pontificaron que se trataba de una apología del delito, una nota complaciente que ensalzaba a un asesino, e incluso sugirieron que El País se había "vendido" al entregar dos páginas a tal figura. Resulta por momentos asombroso lo que la bilis mal canalizada puede hacer con la gente inteligente.

Otros quisieron compensar el haber llegado tarde a concretar exactamente la misma nota (¡oh casualidad!) con la exacerbación de un rol justiciero, increpando al delincuente al punto de que su entrevista quedó trunca a la primera pregunta. Luego quisieron "empatar" el notorio fracaso profesional con una declamación petulante de principismo periodístico. Es curioso. En algún momento de la historia que pasó desapercibido para la mayoría de los mortales, la universidad de Columbia debe haber adjudicado varios premios Pulitzer a profesionales uruguayos, que ahora se creen con derecho a decirle a sus colegas cómo hacer su trabajo, a dar lecciones de moral, y a considerarse más importantes que las audiencias para las que trabajan. Algo que invita a preguntarse a quién le ganaron algunos, que se comieron el personaje de ser la elite de esta profesión.

Pero salgamos de este valle tan profundo para ir a lo más alto de la cumbre intelectual. Resulta que el pasado lunes hubiera cumplido 118 años Friedrich Hayek, uno de los pensadores políticos más relevantes de la historia y paladín del liberalismo. Por lo tanto, casi inexistente para la academia uruguaya.

La obra de Hayek analizó el surgimiento del nazismo, fenómeno que, explicó, sólo fue posible en países con sectores intelectuales tan densos como Alemania o Austria, gracias a la hegemonía de pensamientos socialistas que despreciaban al individuo y creían que una teocracia de planificadores iluminados llevaría al mundo al paraíso. Cuando la Academia Sueca lo galardonó con el premio Nobel de Economía en 1974, Hayek realizó un discurso memorable titulado "La pretensión de sabiduría".

Allí criticó el afán soberbio de quienes se dedican a las ciencias sociales al pretender extrapolar criterios de ciencias duras a su actividad, sin reconocer que el ser humano es mucho más complejo y que no hay leyes absolutas que puedan regir su comportamiento. "El reconocimiento de los límites insuperables a su saber debería ser una permanente lección de humildad para el estudioso de la sociedad, que debería prevenirlo de pretender convertirse en socio del irrefrenable ansia de control que padece el ser humano, y que solo lo transforma en tirano de sus pares". Hayek también advierte allí contra las "mentiras y charlatanismo" de quienes creen que por haber dedicado años a estudiar la vida en sociedad, pueden fijar leyes absolutas, planificar comportamientos y diseñar la existencia de sus conciudadanos, cuando la complejidad de la interacción de las personas es imposible de ser abarcada por incluso el más capaz de los cerebros. Aclarando que a lo largo de la historia, es la interacción libre y espontánea de las fuerzas humanas lo que ha generado el verdadero progreso.

Soberbia, charlatanismo, ambición de control, petulancia. ¡Qué bien le haría al Uruguay en general que Hayek se estudiara más en sus centros académicos! Sobre todo en los periodísticos.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)