editorial

La otra guerrilla

Las noticias se van acumulando en estos meses. Los episodios ya no se pueden disimular. Las autoridades relativizan lo que ocurre, o directamente, señalan que no hay que generar alarma pública por la multiplicación de casos. Pero lo cierto es que ya estamos en un nuevo Uruguay en el que organizaciones delictivas ligadas a secuestros extorsivos llegaron para quedarse.

A todos nos cuesta un poco admitirlo. Al gobierno, porque es muestra de cierto fracaso en su política de seguridad. Años mejorando los presupuestos y diciendo que ahora sí la situación está mejor, para terminar con más rapiñas, más hurtos y más asesinatos todos los años, y ahora, además, con estos secuestros extorsivos que exigen pagos de rescates. Y a la sociedad toda le cuesta aceptar esta realidad, porque es una señal fuerte de que aquel viejo país apacible cambió radicalmente, y porque la obliga a mirar de frente este grave problema de la inseguridad que está cada vez peor.

El ministro del Interior la emprendió contra rumores que circulan en las redes sociales sobre secuestros de niños para robo de órganos. Pero, en la misma conferencia, explicó con naturalidad que es muy común que se intente distraer la atención del servicio 911 con llamados falsos que cumplen el objetivo de alejar a la policía de donde efectivamente se cometerá un asalto. Estos llamados dan la sensación, expresada por el propio ministro, de que se está ante grupos delictivos bien organizados que planean muy bien sus acciones.

Esa buena organización tiene su correlato evidente en que también disponen de buen armamento. La reciente crónica de este diario acerca de una noche de furia en febrero pasado en Cerro Norte fue elocuente. Allí, narcotraficantes jóvenes tirotearon con ametralladoras a móviles policiales. Disponían de chalecos antibalas, armas largas, armas semiautomáticas y mucha munición para enfrentar a las fuerzas del orden. Y se mostraron decididos a hacerlo, al punto de que lograron que la policía se replegara.

A las armas de guerra manejadas sin complejos, como si fuera una película de acción, se suma que estas nuevas guerrillas también controlan territorio en Montevideo. En estos meses se han multiplicado las crónicas que narran el silencio de los vecinos de algunos barrios populares que viven temerosos de posteriores represalias de parte de los delincuentes organizados, y que por tanto prefieren callar antes que denunciar las actividades ilegales que cotidianamente ellos ven en sus zonas de residencia.

Algunos casos de desapariciones de personas sin aclarar terminan generando naturales sospechas en la opinión pública. ¿Fueron secuestros que no terminaron bien y se prefiere no informar detalles sobre ellos? ¿Hay alguna organización delictiva detrás de esas desapariciones? Se conjetura sobre enfrentamientos entre bandas vinculadas al narcotráfico que han empezado a implementar estas prácticas de secuestro y pedido de rescate que son muy comunes en otros países del continente. Hubo incluso algún caso concreto en este sentido que fue reseñado en la prensa hace poco. ¿Pero acaso hubo otros casos que no salieron a la luz para no generar alerta pública?

Lo cierto es que entre tanta conjetura hay casos que sí se conocen. Hace unos días, se aclaró en parte el secuestro que había sufrido una joven en el Cerro el pasado mes de marzo, por parte de tres personas armadas y con chalecos, y por el cual en su momento su familia había pagado un fuerte rescate. Se supo además que es una familia que ya había sufrido un secuestro anterior por el cual también había pago otra importante suma de dinero. La semana pasada también, la policía rescató a un empresario en el barrio Marconi, herido de un balazo en uno de sus brazos, antes de que la banda de delincuentes que lo había secuestrado lograra pedir dinero por su libertad.

Evidentemente, estamos empezando a vivir el auge de lo que se puede llamar la otra guerrilla. No es la guerrilla de los años sesenta, motivada por razones ideológicas y políticas, que también robaba y secuestraba para obtener dinero. Esta es diferente. Es una guerrilla más prosaica que, desde el control de ciertas zonas de la ciudad, procura enriquecer a sus miembros con actividades delictivas violentas: secuestros, extorsiones, robos, tráfico de armas y de drogas.

Sin embargo, los daños de las dos guerrillas son igualmente graves y hay que ser políticamente consciente de ello. La extensión de cualquier acción guerrillera pone en riesgo la convivencia democrática del país.

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