EDITORIAL

Grandeza de espíritu

La iniciativa presidencial de definir con los partidos de oposición las políticas de Estado para enfrentar a la rampante inseguridad ciudadana que sufre el país despierta un natural escepticismo.

Es que no es la primera vez que desde el oficialismo se plantea la necesidad de grandes acuerdos nacionales que, después y en concreto, quedan en nada. Tanto en la primera administración Vázquez como al inicio de la administración Mujica, por ejemplo, fueron elegidos ciertos temas y fijados ciertos objetivos de consenso que luego, cada vez, perdieron impulso con el paso de los años. Incluso ahora, la iniciativa presidencial de reunir ya dos veces a los expresidentes por la eventualidad futura de hallar petróleo, sin fijar aún encuentros con los naturales representantes de los partidos de oposición para discutir sobre el tema, puede ser interpretada, con razón, como un ninguneo mezquino a los actuales dirigentes de los partidos tradicionales.

Además, el escepticismo crece cuando se tiene en cuenta que los gobiernos de izquierda siempre han fijado estas iniciativas con relación a los partidos de oposición en un marco más general que abarca lo que se ha dado en llamar el diálogo con "actores sociales". El concepto es conocido y ubica con igual legitimidad al diálogo con los partidos políticos por un lado, que son los representantes del pueblo electos por votación libre y secreta, y al diálogo con sindicatos, asociaciones, grupos de presión, ciudadanos movilizados, organizaciones no gubernamentales, etc., por otro lado, que forman parte de esa amplia definición de "actores sociales". Por cierto, casi siempre los resultados de los diálogos sociales han sido ideológicamente afines a posiciones del gobierno.

Finalmente, el escepticismo se agrava cuando los partidos de oposición trabajan ya en el Parlamento y ven allí cómo, desde hace más de una década, el partido de gobierno se maneja esencialmente con su mayoría propia y, en general, no busca alcanzar acuerdos con ellos en temas relevantes. Sobre todo en lo que refiere a seguridad, hace años que distintas iniciativas han sido planteadas por parlamentarios blancos y colorados para ser aprobadas, y ninguna de ellas ha contado con el apoyo del Frente Amplio.

Incluso más: en la campaña electoral de 2014, mientras que los candidatos blancos y colorados señalaron con claridad que el país estaba enfrentando un problema de seguridad muy grave, el candidato Tabaré Vázquez consideró que eso era una exageración y que, si él ganaba, iba a mantener la línea llevada adelante por el equipo de Bonomi, como efectivamente hizo.

Con todo este contexto bien conocido por los partidos de oposición, la pregunta que naturalmente muchos se hacen es: ¿para qué prestarse a participar de un llamado a un acuerdo que no es más que una teatralización que no tiene sustancia concreta, cuando en realidad muchos signos dejan pensar que el oficialismo no tiene firme voluntad de acordar nada con los representantes de la otra mitad del país?

La respuesta pasa por la gravedad de la situación de inseguridad. El aumento año tras año de rapiñas, hurtos y asesinatos son datos irrefutables. Pero además ha terminado de verificarse un cambio en nuestra sociedad. Se trata de un cambio en nuestras vidas, en todas nuestras decisiones cotidianas que hoy reflejan el condicionamiento constante del miedo y del peligro a sufrir el golpe de la delincuencia contra uno mismo, contra algún familiar o algún amigo, en nuestra casa, en el automóvil o en la calle, y a cualquier hora.

Es un cambio que el oficialismo debía reconocer. Así, el llamado del Presidente a la oposición trajo implícita la aceptación de esta muy grave situación. De ella solo saldremos con decisión y en conjunto.

La respuesta debe por tanto superar las tentaciones de criticar el pasado, pasar facturas políticas y reprochar al gobierno por el tiempo perdido. La oposición debe mostrar grandeza de espíritu y disponerse sincera y lealmente a llegar a acuerdos que permitan revertir esta situación de inseguridad que cada vez está peor. Por supuesto, esa grandeza de espíritu no significa dejar de lado ideas y propuestas propias. Al contrario, como en toda negociación, una política de acuerdos precisa que se reconozca la legitimidad del adversario, a la vez que se acepte la pertinencia de al menos algunas de sus opiniones. De ambos lados.

Estamos en una encrucijada muy grave en materia de seguridad. No hay más tiempo que perder. Llegó el momento de que todos los partidos actúen con grandeza de espíritu.

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