EDITORIAL

Fractura de arriba

En el caso de la fractura por arriba, la de los hijos de nuestras pequeñas élites socioeconómicas acomodadas, el drama es que la tentación de irse al exterior es cada vez más grande.

Quienes se preocupan por la fractura de la sociedad uruguaya siempre señalan datos y realidades vinculados a las clases populares. Sin embargo, esa fractura social también tiene su manifestación en las clases más acomodadas.

Hay un primer dato muy elocuente: a pesar de lo que el discurso militante de izquierda quiere hacer creer, no son tantos los uruguayos que tienen un gran pasar económico. Según el informe de la DGI de 2015 que analizó los resultados impositivos del IRPF y el IASS, los contribuyentes de las tres franjas más altas de IRPF sumados, son menos de 35.000 en total. Se trata de los trabajadores de altos salarios, superiores en ese año a $ 128.000 mensualizados, y que representan solamente 1,5% del total de los asalariados.

Estas entradas de cerca de 5.000 dólares mensualizados pueden ser consideradas altas incluso a nivel internacional. Pero si tomamos como de altos ingresos también a los uruguayos con salarios superiores a unos 3.000 dólares mensualizados en 2015, el total sigue siendo escaso: menos de 80.000 privilegiados sobre el conjunto de 1.321.461 trabajadores.

Como por lo general esos trabajadores cumplen tareas que requirieron culminar estudios universitarios, esas elites uruguayas saben que el éxito económico pasa por tener buen nivel educativo. De alguna forma son fruto del mejor Uruguay, ese que apostaba a poder salir adelante a partir del estudio que permitiera acceder a mejores empleos más remunerados, y que quiere que sus hijos compartan esos valores sociales.

Es así que esos uruguayos de mayores ingresos son por lo general quienes pagan los servicios dos veces. Porque pagan sus impuestos y con ellos colaboran para que haya salud, educación y servicios públicos en general, pero, a su vez, conscientes de que la inmensa mayoría de esos servicios no están a la altura de sus exigencias de calidad, deciden contratar seguros privados de asistencia en salud por ejemplo, y sobre todo, enviar a sus hijos a establecimientos de educación privada.

En efecto, la inmensa mayoría de los estudiantes de educación privada proviene de este grupo minoritario de la sociedad, ya que son muy pocos los que pueden enfrentar sus altos costos relativos. Y ahí está la señal de la fractura social por arriba: quienes logran dar el salto que procura el objetivo de una mejor educación para sus hijos son un porcentaje muy pequeño del total de la sociedad uruguaya.

En Montevideo, que en general es donde se concentran los mejores liceos privados del país, son menos de 30.000 los alumnos de establecimientos privados, sobre algo menos de 265.00 estudiantes en total de todo el país. Si se suman jóvenes de Montevideo y del Interior, los que concurren a establecimientos privados representan solo algo más del 16% del total de los adolescentes que cursan secundaria que, como se sabe, ni siquiera son el 100% de cada generación ya que hay un fuerte abandono de estudios.

¿Es garantía de mejor educación asistir a un liceo privado? No necesariamente, ya que todos los análisis señalan la relativa mayor importancia, en realidad, del nivel socioeconómico de la familia de donde proviene el estudiante. Pero lo cierto es que muchas veces el mayor diferencial de la educación privada es que se cumple el mínimo de tener en tiempo y forma las clases previstas y poder manejar fluidamente una lengua extranjera, de preferencia el idioma inglés.

Con este bagaje superior a la media es que la inmensa mayoría de los hijos de esa pequeña élite de mejor pasar relativo va fracturándose socialmente del resto de sus coetáneos. Porque la socialización juvenil se realiza sobre todo entre pares; porque la fractura también se procesa en la geografía de la ciudad que ya no es, como antes, transitada libremente por doquier; y porque la globalización pone además al alcance de la mano una oferta de estudios universitarios en el extranjero, antes impensable, que abre las puertas a un mundo integrado de exigencia y calidad, internacionalista, completamente alejado del cotidiano del joven uruguayo de familia de ingresos medios que transita como puede por la educación pública.

Una de las peores herencias de esta década frenteamplista ha sido la profundización de la fractura social. En el caso de la fractura por arriba, la de los hijos de nuestras pequeñas élites socioeconómicas acomodadas, el drama es que la tentación de irse al exterior es cada vez más grande. La tragedia es que nunca iremos hacia un futuro colectivo venturoso si nuestros jóvenes mejor formados terminan siendo los más propensos a emigrar.

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