EDITORIAL

Financiación de los partidos políticos

Es muy importante que el caso sea investigado a fondo en la Justicia y que se avance efectivamente en esclarecer si estos hechos ocurrieron como se denuncian porque hace a la misma credibilidad del sistema.

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26 abr 2017

Las revelaciones que contiene la biografía sobre Eleuterio Fernández Huidobro publicada por la periodista María Urruzola han provocado revuelo y desatado lógicas reacciones periodísticas, políticas y judiciales. El impacto es razonable, aun en un país que se ha acostumbrado a recibir con impavidez las más monstruosas noticias.

No todos los días se documenta que el principal sector del partido de gobierno financió sus gastos electorales a través de la organización de bandas profesionales de delincuentes que robaban cuantiosas cantidades a instituciones financieras. Cuando se dice que algunos políticos roban se suele pensar en "apropiación indebida" o delitos de "guante blanco", no en que se utilicen armas de fuego contra personas para saquearlas, como denuncia Urruzola en su libro.

Es muy importante que el caso sea investigado a fondo en la Justicia y que se avance efectivamente en esclarecer si estos hechos ocurrieron como se denuncian porque hace a la misma credibilidad del sistema. No todos los días se denuncia que una superestrella pop internacional que se vendió como una mezcla de la Madre Teresa y Mahatma Gandhi, no era más que un vulgar ladrón que no tuvo escrúpulos a la hora de asaltar el poder.

En el plano político se dirime una batalla en la que el propio José Mujica decidió ser protagonista con la soberbia que lo caracteriza, respondiendo que si tuviera 10 años menos contestaba a la acusación en las urnas. No llama la atención que el expresidente no entienda la diferencia entre el mayoritarismo democrático y el estado de derecho, que siempre despreció incluso durante los años de su "des administración".

En buen romance, que no comprenda la diferencia entre ganar una elección y ser acusado de delitos graves explica mucho de su filosofía política de boliche que durante un buen tiempo cautivó a la opinión pública. Que se escape por la tangente al abordar el tema también dice mucho sobre su posible veracidad.

Hay también otro tema de fondo que trasciende al caso extremo en que un sector político se financie a punta de escopeta y es el pésimo diseño institucional que tienen los mecanismos de financiación de los partidos políticos.

En primer lugar, porque los controles son un saludo a la bandera, absolutamente ineficaces y carentes de toda funcionalidad efectiva. Incluso el funcionamiento cotidiano de los partidos es un tema a poner en el tapete y cómo utilizan entre elección y elección los recursos públicos y privados que obtienen.

En segundo lugar, porque las campañas, para los partidos, sectores, candidatos a senador, diputado, edil o alcalde es extraordinariamente onerosa, e implica tener un capital propio importante, endeudarse hasta el día del juicio final en una apuesta sumamente riesgosa, tener una gran capacidad para conseguir aportes de terceros, o una combinación de las anteriores.

El grueso del gasto en las campañas electorales se va en impresión y distribución de listas y publicidad en vía pública y televisión, gastos que en otras democracias son mucho menores con una regulación sensata. A modo de ejemplo, el avance del voto electrónico implantado en parte de la Argentina por Macri ha sido todo un éxito, es infinitamente más barato, seguro y amigable con el medio ambiente. Otro ejemplo interesante en cuanto a la propaganda en medios masivos es el que aplica hace años Chile, con franjas televisivas donde todos los partidos pueden pasar sus mensajes, con el contenido y formato que deseen.

El punto es que la financiación de los partidos políticos es un problema real de nuestra democracia, porque amén de ser un tema poco transparente, opera como una barrera de entrada para quien no está ya dentro del sistema o no cuenta con recursos propios.

Son temas en los que no se suele ocupar demasiado tiempo del debate político, pero sería bueno pensar y debatir sobre estos asuntos para llegar a soluciones que idealmente podrían ser de consenso si se comparte el objetivo de afianzar efectivamente nuestra democracia.

Una campaña electoral más transparente, económica y con contenidos es posible, pero como tantos otros temas en el Uruguay, depende de la voluntad de cambio de los protagonistas. Que quienes hoy son los beneficiarios del statu quo sean los impulsores de estas modificaciones es bastante difícil. Por aquello que reza un viejo dicho: los chanchos no se autofaenan.

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