EDITORIAL

¿Qué festejan?

Esta semana, con sendos festejos en la sede de su "parlamento" en Montevideo y en nuestro Palacio Legislativo, se celebraron los 25 años de creación del Mercosur. Suena al menos paradójico que en el estado actual en que se encuentra el bloque se celebre algo, cuando su propia existencia está en cuestión, Brasil y Venezuela atraviesan situaciones muy complejas y las posibilidades de "relanzarlo" por enésima vez parecen escasas.

Cuando a comienzos de los noventa se creó el Mercosur las expectativas eran formidables. Se creaba un área de libre comercio muy significativa, en particular para Uruguay y Paraguay, y se abría la posibilidad de negociaciones comerciales en conjunto, en un momento en que el mundo parecía abroquelarse en las negociaciones entre actores fuertes. El lento camino que se comenzó a abrir en la década del setenta con el PEC y el CAUCE, los primeros tratados comerciales con Brasil y Argentina, respectivamente, se expandieron durante la primera administración de Julio María Sanguinetti y finalmente se plasmó, no sin dificultades, durante el gobierno de Luis Alberto Lacalle.

En el Tratado de Asunción de 1991, con decisiva participación uruguaya, se sentaron las bases de un acuerdo comercial que no político, donde cada país miembro tenía derecho a veto, donde funcionarían instituciones internas de resolución de controversias, donde se establecía una verdadera liberación para la circulación de bienes, personas y capitales y donde las posibilidades de que funcionara como una verdadera plataforma de lanzamiento al mundo en el marco de lo que en la época se denominó "regionalismo abierto" se plasmaran. Y al principio pareció que el vástago caminaba.

La década del noventa marcó la única etapa en que el Mercosur se fijó objetivos y, con sus luces y sombras, avanzó. Creció el comercio entre los países miembros y se fueron cumpliendo, razonablemente bien, los plazos fijados. La situación comenzó a cambiar a partir de la devaluación brasileña de 1999, la crisis argentina de 2001 y la uruguaya de 2002. Allí el bloque atravesó una zona de turbulencias de la que nunca se recuperaría. Argentina y Brasil, y en especial el primero, aplicaron políticas de corto plazo lesivas de los acuerdos regionales además de todo tipo de medidas para-arancelarias.

Luego se ingresa en la etapa que estamos hoy en la que los gobiernos de la región desnaturalizaron la esencia del bloque y lo convirtieron en un club de amigos que renunció a sus objetivos económicos para priorizar absurdas afinidades ideológicas. Así asistimos al patético espectáculo de que mientras en los discursos de las estériles cumbres los presidentes de los países del Mercosur se inmolaban por el mantra de la unidad latinoamericana y todo su artificioso folklore, los bienes no pasaban las fronteras nacionales, los puentes estaban bloqueados (literal y metafóricamente) y no se logró un solo tratado comercial.

Desde la suspensión de Paraguay cuando el juicio político a Lugo, donde lo político estuvo por encima de lo jurídico, al decir del expresidente Mujica, ni siquiera se sabe a ciencia cierta qué países integran realmente el bloque o cuándo se aplica y cuándo no la cláusula democrática. No existe al día de hoy politólogo, analista internacional o psicólogo que pueda explicar por qué se le aplicó al Paraguay, que actuó dentro de su Constitución, y no a la dictadura que sufre Venezuela desde hace un buen tiempo, con presos políticos y sin libertad de prensa.

Desde la perspectiva uruguaya el entreguismo de los gobiernos frentistas ha sido inadmisible. Se aceptó la formación del "parlamento" del Mercosur, una aberración por donde se lo mire, y se claudicó al aceptar el quiebre de la regla de una unanimidad, conquista fundamental de nuestro país cuando la creación del acuerdo. Hoy los tiempos marcan que el más grave error de la política exterior del Uruguay en la última década es esperar que el Mercosur resucite cuando sus posibilidades de vida son casi nulas. El tiempo perdido, que otros países aprovecharon para abrirse al mundo, no se puede recuperar, pero cuanto más demoremos en entender por dónde pasa una estrategia de inserción internacional que defienda el mejor interés nacional, seguiremos empantanados.

Los 25 años del Mercosur nos encuentran sin nada para festejar. Este aniversario debió conmemorarse de luto porque todas las esperanzas que suscitó su alumbramiento se vieron defraudadas cuando el acuerdo comercial para potenciar a cada uno de los países se convirtió en un macabro ergástulo del populismo chavista-kirchnerista.

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