EDITORIAL

El fascismo entre nosotros

El socialismo ha pasado a ser una utopía que se resume en despotismo y pobreza. Tan es así que desde la caída del muro de Berlín se buscan alternativas que encaucen la economía de mercado hacia un mayor contenido humanista.

Eso en el marco de un capitalismo caracterizado por su "creatividad destructiva", como lo definiera Shumpeter, que a causa de la revolución tecnológica tiene efectos negativos sobre la equidad social. ¿Qué quiere decir esto? Simplemente que nos enfrentamos a un proceso de sustitución de sueños.

El antiguo imperialismo territorial ya no compensa; el comercio alcanza mejores resultados que las guerras, y la apertura de los mercados avanza de la mano de la tecnología y del rol de la economía de los servicios.

Por otra parte, la violencia con sus efectos devastadores tiene al crimen organizado y al terrorismo como sus principales herramientas. Sin embargo, a diferencia de otros tiempos, sus causas son más étnico-religiosas que económicas o políticas.

En suma, estamos ante la difícil tarea de sustituir nuestros sueños sin renunciar a valores como la dignidad humana, la solidaridad y la libertad en sintonía con la seguridad jurídica. Cuando le preguntaron a Don Manuel Azaña si la libertad hace más felices a los hombres, este respondió: "yo sé que los hace más hombres". Entonces, no es que al ser libres seamos más felices, sino que nos volvemos más humanos. Y de eso se trata hoy, de afirmar que una sociedad funciona armónicamente cuando cada persona es ella misma y debe ser protegida en sus derechos siempre que cumpla con sus obligaciones.

A pesar de eso, en el Uruguay, el Estado y el corporativismo sindical permanecen como bastiones de un superado pensamiento socialista que se resiste a aceptar esta realidad: los menos, por tozudez filosófica, los más, por ambiciones de poder de sus dirigentes, y otros, cada vez más, contaminados por la corrupción.

En resumen, monopolios estatales y Pit-Cnt se mantienen como refugios de poder amparados por leyes que impulsaron, mientras en sus apariciones públicas invocan representaciones que no tienen ni pueden tener. Eso se debe a que los monopolios públicos defienden un concepto antiguo de soberanía para mantener en la órbita del Estado actividades caras e ineficientes, mientras el Pit-Cnt habla del pueblo trabajador en nombre de una lucha de clases que ni Lenin ni Stalin, menos aún sus protegidos satélites, pudieron comprobar.

Lo cierto es que ambos se enfrentan a situaciones terminales: los monopolios porque la tecnología y la transnacionalidad los dejará fuera de competencia; y el movimiento sindical porque el trabajo exige una mejor educación y un criterio de superación individual incompatible con las ideas socialistas que sustenta.

Lamentablemente, esos problemas estructurales ni siquiera pudieron abordarse por los gobiernos del FA, a pesar de que Vázquez definió a la Reforma del Estado como la madre de todas las reformas y que en su actual mandato planteó el cambio del ADN de la Educación.

Los resultados están a la vista. El Estado aumentó sus áreas monopólicas, ingresaron 60.000 funcionarios públicos más, las empresas públicas crearon cerca de 50 sociedades de derecho privado sin control alguno, la corrupción es alarmante y el gasto público aumentó sin admitir que un déficit fiscal de un 4% es insostenible.

Por otro lado, el Pit-Cnt tomó a su cargo el control de la balanza ideológica. Así habla de neoliberalismo y decreta huelgas y paros para evitar "una caída hacia la derecha" del gobierno del FA. Dispone de millones de dólares, inyecta recursos donde políticamente puede beneficiarse, y hasta es permisario de una frecuencia televisiva.

El fascismo está entre nosotros.

Como explicación alcanza con recordar que Mussolini basó su régimen en dos pilares: el totalitarismo y el corporativismo. El Estado era dueño de todo y la iniciativa privada gozaba de una concesión revocable, al tiempo que la lucha de clases se canalizaba a través de corporaciones que integraban en forma tripartita órganos de la economía como nuestros actuales Consejos de Salarios.

Las dos expresiones avanzan a pesar de que su destino no puede ser distinto al de los populismos que hicieron del sector público y de los sindicatos las columnas de un fascismo vergonzante. Y tan cierto es esto, que el pueblo venezolano como el cubano, sometidos a una experiencia colectiva fracasada, esperan por un salvavidas que vaya en rescate de sus sueños individuales que no son otros que vivir con dignidad.

Esta lucha va a tener que darse. En democracia y con tolerancia. No alcanza con ganar una elección si los hilos del poder los maneja un Estado ineficiente y corporaciones obsoletas e ideologizadas.

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