EDITORIAL

El fallecimiento de Atchugarry

Atchugarry despertó, en medio de una situación desesperante para muchos uruguayos, la simpatía que brotaba de quien se sabía que estaba dándolo todo por el país.

La temprana muerte de Alejandro Atchugarry conmovió hondamente al ambiente político, pero también a todas las personas que lo trataron o que simplemente le tomaron afecto y respeto, al verlo actuar en la vida pública. Existen pocos casos de un reconocimiento tan amplio a la hora de despedir a un político.

La explicación puede admitir distintas causas, pero todas ligadas a las características personales de Alejandro Atchugarry, las circunstancias en que le tocó en suerte tener un rol protagónico en nuestra historia reciente, y los valores que encarnó.

Es indudable que Atchugarry tenía una particular bonhomía que era rápidamente perceptible para su interlocutor. Esa sensación intransferible de que se estaba ante una buena persona, honesta y transparente, supo conquistar a propios y ajenos.

También corresponde subrayar que supo ocupar destacados cargos como diputado, senador o ministro manteniendo una sencillez republicana que le era perfectamente natural, no impostada o fingida como en algunos casos contemporáneos.

Era, además, un hombre inteligente y de ideas claras. No debe confundirse el respeto generalizado que concitó con intrascendencia, falta de ideología o de valores, todo lo contrario. Buena parte del respeto que se ganó en buena ley fue como acérrimo defensor de la libertad, de su Partido Colorado y del jorgismo que abrazó desde joven.

La otra característica de Atchugarry que se ha destacado con razón en estos días es su infinita paciencia, capacidad de diálogo y tolerancia con quien pensaba distinto y una inquebrantable fe y acendrado optimismo en cada persona y en la sociedad uruguaya en general.

La prueba de fuego de este Servidor Público con mayúsculas llegó con la crisis del año 2002. En medio de lo peor del naufragio debió asumir el Ministerio de Economía en las peores circunstancias que recuerde nuestra historia reciente. Fue en esa etapa excepcional, el hombre que supo capitanear el timón del país hacia aguas más tranquilas, salvando además de la propia crisis bancaria, la estabilidad democrática, como reconoció varias veces el presidente Batlle.

Todas las virtudes que destacamos anteriormente brillaron en esa gestión compleja y angustiante. Cada día una nueva noticia ponía al país "al borde del abismo", como tituló a su libro sobre la crisis Carlos Steneri, en un gobierno que muchas veces tuvo "los días contados". Otro título de un volumen sobre el tema, obra de Claudio Paolillo. En su auto viejo, con una sonrisa y natural empatía, Atchugarry despertó, en medio de una situación desesperante para muchos uruguayos, la simpatía que brotaba de quien se sabía que estaba dándolo todo, por el país.

Su inconfundible figura yendo y viniendo de reunión en reunión, buscando consensos, los préstamos necesarios para la salida, la aprobación de leyes, la comprensión de los organismos internacionales, de los sindicatos, de las gremiales empresariales y de los partidos políticos, fueron símbolo de un país que no se dio por vencido. Y al final, luego de muchos padecimientos, salió a flote.

Cumplida la tarea, este héroe discreto, que siempre eludió la fama y le quitó importancia a su inapreciable tarea, se retiró en silencio y no volvió a postularse a ningún cargo público. Sea por su situación personal, la cruda experiencia que le tocó vivir o que no quiso que se pensara que había asumido todo ese sacrificio por el país para sacar rédito político, lo cierto es que nunca más se postuló, pese a las múltiples invitaciones (y exhortaciones) recibidas.

Existen hasta el día de hoy muchas interpretaciones, algunas maniqueas, por cierto, sobre el origen y manejo de la crisis del año 2002, pero ninguna duda de que la figura de Alejandro Atchugarry fue un factor central cuando el país necesitaba un conductor político inteligente, tolerante, abierto y honrado.

La historia se encargará de ponderarlo como se merece, pero su muerte también debe llamarnos a la reflexión. ¿Por qué son tan pocos los políticos respetados por todos los partidos y los ciudadanos? ¿Qué encarnaba Atchugarry para despertar ese aprecio universal? Quizá la respuesta es que representaba las mejores virtudes del país que estamos perdiendo y que muchos uruguayos se niegan a ver desaparecer. Atchugarry representa el Uruguay civilizado, dialogante y solidario que una vez fuimos y que, con prédicas y gestiones disolventes vamos perdiendo. Que su ejemplo no quede en los discursos y que los políticos que están en actividad, realmente se nutran de su ilustre vida al servicio del país.

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