Editorial

Evo Morales y la ola que se diluye

El resultado del referéndum en Bolivia, en el cual Evo Morales vio rechazado su intento de una nueva reelección, ha sido tan sorpresivo como impactante. Y que tendrá resonancia en el resto de la región.

Es que el proceso liderado por el antiguo líder cocalero era visto con admiración por sus seguidores en el continente, y con respeto por sus rivales ideológicos. No tanto por el costado retórico del mandatario boliviano, con una debilidad inquietante por decir disparates anticientíficos, idealizar un pasado mítico poco creíble, y salir dos por tres con arengas neocomunistas que ponían incómodo a cualquiera que haya leído algún texto de historia que abarque el último medio siglo de la humanidad. Pero a la hora de gobernar, el pragmatismo de Morales logró obtener concesiones y mejoras significativas para su país en materia de ingresos por extracción de recursos naturales, equilibró las cuentas de un país históricamente quebrado, y hasta se llevó alguna elogiosa tapa en The Economist por su gestión.

Por otro lado, vale señalar que en uno de los países más racistas del continente, la llegada de un dirigente de origen indio al poder tiene un elemento simbólico que es casi tan importante como el análisis de la gestión en sí.

Más allá de todo esto, el pueblo boliviano ha dicho que no a su intento de eternizarse en el poder, aunque ahora desde el oficialismo se hable de "empate técnico". Es el mismo pueblo que le aseguró numerosas victorias en las urnas, lo cual nos lleva a pensar por un lado en la madurez democrática de esa ciudadanía, y por otro, en que algo ha pasado en un país que pese a tener una de las situaciones económicas mejor posicionadas de la región, opta por cambiar y no aferrarse a una receta que le ha sido positiva. Hay analistas locales que hablan de un agotamiento del liderazgo de Morales, de un clima de corrupción enquistado en su entorno, o de que su campaña perdió el tono nacional que habían tenido sus gobiernos, y que se enfocó demasiado en un sectarismo que alienó a muchos de sus seguidores.

Estos son temas internos de Bolivia, que desde Uruguay parece descabellado intentar descifrar. Pero sí es interesante analizar el impacto regional del hecho. Con la eventual salida de Morales del gobierno boliviano, se produce el final de uno de los liderazgos clave de la "ola progresista" que reinó hegemónica en América del Sur en la última década. A esto hay que sumar la no presentación de Rafael Correa a un nuevo período en Ecuador, la precariedad de los gobiernos de Maduro y Dilma en Venezuela y Brasil respectivamente, y la ya concretada caída del kirchnerismo en Argentina. Por todo lo cual no es aventurado pensar que se abre una nueva era para la región.

Esta lectura ya viene siendo realizada desde el gobierno uruguayo, que ha buscado posicionarse de manera más abierta ante el final de varios procesos considerados "amigos". Y que intenta un enfoque más pragmático de las relaciones internacionales en la región, lejos de los conceptos de afinidades ideológicas que marcaron los últimos años. Aunque no todos tiene una visión tan abierta.

Por ejemplo la inefable senadora Constanza Moreira no pierde chance de lamentarse por estos cambios, y ha llegado a comparar el planteo de reelección indefinida de Morales con la longevidad del gobierno de la canciller Merkel en Alemania. Que alguien con un doctorado en Ciencias Políticas no entienda la diferencia entre el poder de un mandatario en un sistema hiperpresidencialista como el boliviano, y el que detenta la líder de un país parlamentarista y regional como Alemania, habla muy mal sobre el nivel de exigencia de algunas casas de estudios de la región.

Pero por encima de voces amargadas, esta situación actual era tan previsible como inevitable. Todos los ciclos políticos tienen sus alzas y sus bajas, y en democracias relativamente sólidas como las de nuestra región, es natural que los pueblos busquen una alternancia entre distintas formas de ver la política y la economía. Así es como funciona el sistema en los países desarrollados, y así es como debería funcionar aquí.

Si algo deberíamos aprender de una buena vez en este continente, es que no hay caudillos iluminados que nos vayan a sacar de la pobreza y el subdesarrollo a golpe de voluntad, ni ogros malvados que aspiren a vernos pobres y sometidos. El verdadero progreso de las naciones se da cuando gobiernos de distintos ángulos ideológicos logran construir políticas de largo plazo que con lógica sedimentaria van empujando a las sociedades en el camino del progreso y la prosperidad. Ojalá que estos cambios en marcha sean una señal de que vamos por ese camino.

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