EDITORIAL

Epidemia de títulos falsos

Cuando surgió el cuestionamiento al vicepresidente de la República Raúl Sendic por hacer uso de un título que no poseía (incluso que no existe en la Universidad dónde decía haberlo obtenido) resultó sumamente chocante.

El Uruguay no estaba acostumbrado a que una figura pública, menos aún de la relevancia política del involucrado, pasara por la vergüenza de ostentar un título universitario que no posee. Entre las ideas y vueltas del caso Sendic, novela que incluyó el reconocimiento y luego la retractación del vicepresidente de su falta de diploma, quedó el sabor amargo del insólito apoyo del partido de gobierno por el hecho y la falta de una disculpa a la sociedad en su conjunto.

Pero luego, sorpresivamente, fueron surgiendo otros casos del mismo tenor, entre los de la diputada Susana Pereya que no poseería título de "maestra" y el del senador Leonardo de León que no poseería el título de "Ingeniero Agrónomo" que se atribuía. También recientemente saltó el caso del subdirector técnico del Instituto Nacional de Rehabilitación Gustavo Belarra que no era sociólogo. En este caso de todas formas, debe destacarse la dignidad que no tuvieron otros, de renunciar debido al escándalo.

Por estos días, para completar el collar, se supo que nada menos que el flamante secretario político del Frente Amplio y director del Impo, Gonzalo Reboledo, también hacía gala del título de una carrera de la que nunca se recibió, esta vez, de sociólogo. Reboledo pidió disculpas pero atribuyó a otras personas el error, aunque quedó claro que el mismo muchas veces se presentó, incluso por escrito, como sociólogo.

¿Cómo puede ser que hayan saltado todos estos casos (y algunos más) en tan poco tiempo? ¿Qué lleva a una persona a mentir sobre su estatus profesional? Sin dudas el afán de lucir un título de "doctor" sigue teniendo su imán pese a la debacle cultural que padece el Uruguay. En especial para quien sigue la carrera política, parece que el ser llamado "licenciado", "profesor" o "doctor" sigue considerándose ventajoso y algunos no dudaron en aprovecharse de la candidez de los uruguayos.

Ahora, la razón por la que saltan tantos casos al mismo tiempo tiene que ver precisamente con esto último, hasta hace poco nadie dudaba de la palabra de alguien que se presentara como abogado, sociólogo o licenciado en genética, pero el caso Sendic demostró que ya no se puede confiar ciegamente ni en el vicepresidente de la República. A partir de allí, algunos periodistas comenzaron a corroborar a través de internet ,simplemente, quienes decían ser lo que no eran y fueron apareciendo.

Es lamentable que estas situaciones ocurran porque contribuyen a degradar la actividad política y con ella a la democracia. Según una encuesta recientemente difundida por la consultora Factum, el ranking de instituciones que despiertan mayor confianza entre los uruguayos está encabezada por los bancos con un 65%, seguida por la policía con un 52%. Cierran la lista el Parlamento con 26%, los sindicatos con el 25% y los partidos políticos con 22%. Hace poco el Latinobarómetro también mostraba una preocupante caída en el respaldo a la democracia entre los uruguayos.

Flaco favor le hacen entonces a las instituciones, los políticos que mancillan esa noble tarea que bien comprendida es el servicio público a la sociedad y no a la inversa, como últimamente han creído varios personajes del gobierno. Gracias a sus conductas indignas quedan todos en el lodo, igualándose para abajo los apelativos a los partidos y los políticos, pagando justos por pecadores.

En un país, además, en que nos hemos acostumbrado a que no importa cuál sea la falta o la incapacidad, nunca jamás se renuncia a un sillón y a un sueldo muy por encima del que podrían conseguirse en el sector privado. Lejos están los tiempos en que el servicio público era una carga que quien la asumía lo hacía al costo de renunciar a su profesión, por un tiempo al menos, para contribuir con el país. Cada vez más, parece que en la política nacional campeara un proceso de selección inversa por el que la gente capaz le huye a esa actividad y los que quedan y se perpetúan degradan la función y se sirven de los cargos en el Estado.

No es un tema menor, en la reversión de este fenómeno y en la mejora de los cuadros políticos y técnicos en el Estado se juega buena parte de la mejora de la calidad de vida de los uruguayos y de la calidad de nuestra democracia. La degradación avanza rápido y es necesario reaccionar con buenos ejemplos, sinceridad de miras y el genuino patriotismo que hoy cuesta encontrar.

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