EDITORIAL

Una envidia sana

Cuidado porque sin esas transformaciones, sin un país decidido a enfrentar sus problemas serios, los jóvenes en masa irán a otros lugares a buscar el premio a su soñada excelencia. Y quizás no tengan que ir muy lejos.

Lo que está ocurriendo en Argentina genera una sana envidia. Es verdad que los argentinos han pasado por situaciones durísimas en lo económico y en lo institucional. Y es verdad también que solo ellos son los causantes de sus peores males. Pero lo que suscita la envidia más grande es la naturaleza, la dimensión de los temas y de las batallas que están dando, mucho más allá del color partidario de los contendientes. Parece como si se estuviera estableciendo una discusión sobre fundamentos, sobre valores trascendentes, sobre perspectivas de largo plazo más allá de la peripecia electoral. Es como si la política light del eslogan y de las discusiones sobre temas baladíes, hubiera dejado de lado por un momento el espacio a temas duros, profundos, y políticamente incorrectos. Veamos algunos ejemplos. Uno de los que primero más llama la atención es la afirmación permanente de conocer y difundir siempre la verdad. Hay un planteo ético aquí que va mucho más allá que la reapertura del Indec, o la difusión de todas las cifras de la pobreza, o el reconocimiento de todos los problemas. Y que encuentra su prueba fuerte si se quiere en la concreción de la autopsia de Maldonado con 55 testigos de todas las querellas. Enfrentar la verdad, no soñar con atajos, no engañarse ni engañar: es continua la apelación de Macri y los suyos a enterrar la viveza para eludir el esfuerzo, y simultáneamente soñar —así lo plantean— con el premio debido al esfuerzo en el trabajo y no a las avivadas conocidas. Verdad, excelencia, transparencia en todo: en las licitaciones, en las declaraciones patrimoniales, todo está apareciendo en internet. Revalorización del Parlamento con reconocimientos a los aportes de legisladores de oposición, independencia del Poder Judicial que él y solo él, está haciendo marchar a la cárcel a unos cuantos chorros. Y respeto absoluto a la libertad de prensa sin financiamiento de la política a medios amigos del poder.

Todo parece formar parte de una refundación ética de la Argentina que emerge desde sus profundas raíces de enorme categoría, quizás dormidas. Y en lo económico, el discurso de Macri de anteayer, vuelve a invitar a lo que parecía políticamente tan incorrecto como hablar de honor, de virtud, de verdad, de honradez, de espíritu de iniciativa. En efecto, invitó a la ausencia de déficit, explicó que no se pueden seguir endeudando, planteó una reforma fiscal para bajar impuestos, enfocó una reforma previsional para hacer que la gente trabaje más, planteó como aventura el animarse a seducir y dejarse seducir por el mundo confiando en sus capacidades, volvió sobre la educación; en una palabra, planteó un amplio panorama de reformas, pero, al igual que lo viene haciendo desde hace tiempo, de un modo atractivo y capaz de hacerlo crecer cada vez más en la consideración pública.

Véase el contraste con nosotros. Cuáles son los temas en agenda. Por supuesto no hay ninguno de fondo, de valores trascendentes, de transformaciones hondas. El gobierno discute sobre timoratos acuerdos de libre comercio lleno de temores. Discute sobre una —solo una— inversión y no sobre las condiciones generales para que muchos inviertan. En materia fiscal nadie propone nada. El gobierno sigue con su lógica de rascar la lata y no plantea ninguna reforma sobre el gasto, como si todo estuviera bien, como si el Estado no fuera lo gigante que es. Macri denuncia —y gana elecciones— el escándalo de los empleados públicos de más e invita a resolver ese problema de a poco, en una suerte de reforma ética del trabajo. Aquí en cambio, con 70 mil empleados públicos más en 300 mil, a nadie se le ocurre pensar en los efectos de esta barbardidad que es la verdadera política social del gobierno, el aumento del empleo público sin tasa ni medida. Y después, qué más: discutimos sobre el uso de tarjetas corporativas, sobre un pozo de petróleo, sobre un conflicto entre futbolistas, y no hay un solo proyecto consensuado para la educación; en definitiva bloqueo y pamplinas. Si en el país nadie lidera una reforma del Estado para que pese menos, una reforma tributaria para pagar mucho menos, una política exterior nueva de apertura en serio, si no se desarma la burocracia inútil, si se sigue tras una parálisis de base ideológica, el problema no es que estaremos estancados más allá de la lotería de una buena temporada turística.

Ese estancamiento se da en tanto otros avanzan y nosotros relativamente estamos peor. Cuidado, porque sin esas transformaciones, sin un país decidido a enfrentar sus problemas serios, los jóvenes en masa irán a otros lugares a buscar el premio a su soñada excelencia. Y quizás no tengan que ir muy lejos.

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