EDITORIAL

Enseñanza pública y privada

Los actuales liceos privados gratuitos no son una rareza a ser eliminada cuanto antes, sino la prolongación de una tendencia que se remonta al menos hasta 1794, cuando los esposos Clara Zavala y Eusebio Vidal abrieron una escuela privada gratuita en Montevideo.

El año lectivo 2017 pinta mal, porque los sindicatos ya han anunciado una alta conflictividad con el fin de conseguir más dinero. Y es fácil prever que, junto con los conflictos, también aumentarán los ataques a la enseñanza privada.

Eso ha sido típico de estos años: el fortalecimiento de los colegios privados gratuitos (que tienen éxito allí donde fracasan los liceos públicos) y el crecimiento de la matrícula de los colegios privados tradicionales (especialmente notable en primaria, cuyo sector privado crece mientras la escuela pública pierde decenas de miles de alumnos) no han llevado a una sana autocrítica, ni a preguntarse qué hay para aprender de lo que están haciendo los privados, sino a intentar debilitarlos. El gobierno ha sido obediente a esas presiones y ha tomado medidas con costos sociales deplorables, como la reducción de las exoneraciones fiscales que permiten financiar a los colegios privados gratuitos.

En este contexto es bueno recordar que la enseñanza privada no es una anomalía ni un fenómeno reciente que haya venido a complicar las cosas, sino un pilar esencial de nuestra tradición educativa, que ha estado presente desde siempre y ha hecho grandes aportes, sin operar jamás como un enemigo de la enseñanza estatal.

Esta verdad ha quedado semiolvidada, en parte por razones políticas y en parte porque la historia ha sido escrita con un fuerte sesgo estatista. Los hechos se presentaron incompletos y así se creó la falsa impresión de que en este país casi no había educación hasta que intervino el Estado.

Para percibir lo falso de esa reconstrucción alcanza con hacerse unas pocas preguntas. ¿Quién educó a Artigas? ¿Dónde estudió José Pedro Varela? ¿Dónde hizo sus estudios primarios y secundarios José Batlle y Ordóñez? La respuesta a estas y otras preguntas similares es siempre la misma: en institutos privados. La enseñanza de este país fue fundada por la iniciativa privada. Los dos primeros centros educativos (fundados por los jesuitas y los franciscanos) empezaron a funcionar apenas 15 años después de la fundación de Montevideo. Tiempo después se sumaron otras escuelas privadas a cargo de maestros que eran también modestos empresarios (un fenómeno muy frecuente en el siglo XIX, pero que ha dejado pocos rastros). Es probable que la primera escuela de este tipo haya sido la del maestro Manuel Díaz Valdez. La primera escuela oficial se fundó años más tarde, en 1772.

Hacia 1850, en el Montevideo de la Guerra Grande, funcionaban 22 escuelas públicas y al menos una decena de privadas. Algo similar ocurría en la Villa Restauración. En la década de 1870 habían registrados en Montevideo unos 11.500 escolares. De ellos, unos 7.400 asistían a escuelas oficiales, dependientes en ese entonces de la Junta Económico-Administrativa. Unos 3.400 asistían a escuelas privadas pagas y unos 800 a escuelas particulares gratuitas, como las sostenidas por la Sociedad de Amigos de la Educación Popular o la Sociedad San Vicente de Paul.

Contra lo que cuenta una historia casi siempre sesgada, el desarrollo de la educación secundaria en el interior del país no fue inicialmente obra del Estado sino de la iniciativa privada. En 1854 se abrió el Colegio de Humanidades en Salto. A mediados de 1870 (es decir, justo antes de la reforma vareliana) funcionaban como mínimo el Liceo del Plata y el Colegio Franco-Inglés en Paysandú, el Instituto Politécnico en Salto, el Colegio Valdense en Colonia y el Progreso Departamental en Rocha. Muchos liceos que se volvieron institutos oficiales en la primera mitad del siglo XX no fueron fundados por el Estado, sino que fueron estatizados después de haber funcionado como privados. Por ejemplo, los liceos de San Carlos, Dolores, Sarandí Grande, Carmelo, Paso de los Toros, Rosario, Las Piedras, Guichón, Cardona, Young, Santa Clara de Olimar, Pan de Azúcar y San Ramón. El propósito de recordar estos datos no es organizar ninguna clase de torneo. Lo que importa es percibir que nuestra enseñanza ha sido desde siempre el resultado de una combinación de esfuerzos privados y públicos, que no solo coexistieron sino que se enriquecieron mutuamente. Fenómenos como los actuales liceos privados gratuitos no son una rareza a ser eliminada cuanto antes, sino la prolongación de una tendencia que se remonta al menos hasta 1794, cuando los esposos Clara Zavala y Eusebio Vidal fueron autorizados a abrir una escuela privada gratuita en Montevideo.

Como sociedad no debemos cultivar falsas rivalidades, ni suponer que la manera de fortalecer uno de los sectores consiste en debilitar al otro.

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